Hacha brava
En el Impenetrable chaqueño la policía mandaba a antojo, en sociedad con el gobierno. Y si se trataba de apalear indios, la ley se hacía deporte preferido. Un día llegó a la sala de primero auxilios de la Misión de Nueva Pompeya un mataco malherido por un suboficial cabrón que se quedó en la puerta esperando acaso la rutina de la muerte de otro aborigen. Mientras Guillermina asistía al aborigen, el Negro salió a la calle.
A punta de pistola se le plantó frente a las narices al policía abusador. Le gritó que se fuera de allí y que no volviera nunca más. Los que resolvían quien podía vivir y quien no pudieron matarlo. Pero tanto coraje les refrescó que eran unos cobardes. El policía dio media vuelta y se fue. Ese día, para siempre, los matacos supieron que el Negro había unido su vida a ellos y que la causa de ellos también le pertenecía al Negro.
El Negro es Orlando Montero. Y la vida Guillermina está incompleta si un capítulo no le pertenece a él, el inseparable de la ex monja, el que compartió el monte, el exilio, la derrota con ella; el que comparte los hijos, la finca, la vida, las ideas que llevan como un pedazo de sí mismos y son incapaces de abandonar. El Negro, ex seminarista, militante, exiliado, es un pedazo de los sueños revolucionarios de los 70 que bien se merece un reconocimiento en un país que se empeña en contar siempre el mismo costado de la historia.
La marcha de Montero se inició lenta, según el ritmo de su Entre Ríos natal, en un hogar de un albañil amante de la pesca y las tardes en el río Gualeguay, donde las reivindicaciones se llamaban ¡Perón Viejo! y las privaciones se contaban como los dorados o las bogas que daban las aguas marrones, calmas. Pero después el pibe que era se fue a Buenos Aires y empezó un vértigo para nada entrerriano.
El Negro fue al seminario. Estudió y militó. Pero la militancia junto a los obreros portuarios no tenía nada que ver con un cristianismo de teoría que se decía puertas adentro y se omitía en la calle. Entonces se hizo peleador. Y cuando lo echaron, se hizo más peleador todavía. Tanto que fue a Cuba a ver cómo esos jóvenes barbudos hacían otro país, tanto que volvió a la Argentina y fue al monte para forjarlo él también.
Desde entonces, siempre estuvo con Guillermina. Apoyándola cuando ella trastabillaba o levantándose él de la mano de la fuerza arrolladora de la garganta de ella. Y desde entonces no han parado de luchar. En el exilio, antes que la comodidad o el confort, eligió –como en el Chaco- el lugar cerca de los más humildes, sea en Brasil, sea en Perú, con la idea de que un buen día todo va a cambiar, o de que al menos si es preciso hay que morir en el intento.
Ahora el Negro, cuando se acuerda de aquellos tiempos, se ríe con picardía de niño. A lo mejor, para que la vejez no se le venga encima nunca.
Ahora el Negro, cuando tala los álamos mendocinos, rememora el quebracho del Impenetrable. A lo mejor para mostrar que el olvido es el camino peor.
Ahora el Negro, cuando pisa los 70, tiene algunos problemas en la vista. A lo mejor, para no mirar lo que han hecho con ese país que soñó con transformar.
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