Halcones y palomas
Favio, el guía de la excursión, es tan convincente para contar como lo es este cerro Currumahuida que empezamos a faldear, entre alerces y otro tipo de vegetación casi siempre exótica y exuberante. Es apenas media mañana y el sol de a ratos se toma un descanso, de a ratos se entromete furioso entre el verde. La escalada no será tan pronunciada, lo que supone un alivio.
Resignaremos tocar la cima del Currumahuida para trocarlo en un paseo más a las posibilidades de un mero cronista con un estado físico poco cuidado. Igualmente hay que subir. Es el precio que hay que pagar para tutearse con una panorámica de Lago Puelo. Favio insiste en detallar lo que el camino nos ponga delante. A la derecha una planta de maqui, de propiedades curativas, con la que se hace el curanto. A la izquierda el silbido de una ave que puede traer malos o buenos augurios según desde donde trine.
En un momento determinado la escalada nos pone más cerca de la cima del Cerro Tres Picos, que se aparece al sur, siempre nevado. Es apenas una ilusión óptica porque la distancia es sustancial. Igual, es un buen lugar para una panorámica del Río Azul, que más tarde intentaremos atravesar. Este hilo de agua suele ensañarse con Puelo y, cuando crece, deja aislados a unos cuantos pobladores de la ribera.
La zona está alambrada, como casi toda la Patagonia. Los troncos de los árboles que han caído llevan una marca en rojo que delimita la pertenencia de los distintos aserraderos, según en el sitio en el que estén. Igualmente, no habrá que entusiasmarse porque subir es complicado pero bajar tiene lo suyo. Después de un recodo, y tras un par de horas de caminata, hay un parador con una cabaña abandonada que suele servir de guarida a los que buscan la cima.
Ahí se termina la primera parte de la excursión. Han quedado atrás algunos riachos mezclados con el verde y, como la nieve tarda en irse más arriba, aquí abajo los cerezos y los ciruelos tardan en dar flor. Igualmente, Favio está seguro de que en breve darán una fruta tan exquisita que quien suba podría empacharse a más no poder. Ya se viene el descenso.
Es por un sendero más empinado y algo traicionero para con las pantorrillas. Después, habrá que cruzar Puelo hacia el Río Azul que, en vivo y en directo es más potente que visto desde el cerro de enfrente. Tanto que será necesario un bote de las familias de la zona para el cruce. Hay más alambres que denotan la propiedad privada y más verde que se asemeja a los más bello posible.
Después de un almuerzo frugal, los senderos que se bifurcan conducen a tantos sitios como uno tenga tiempo y fuerzas de recorrer. El que Favio nos tiene reservado como postre es el mirador de una catarata por la que jamás puso un pie el hombre. Está tan escondida que no habrá modo de hacerlo. Sólo sirve mirar y lo que se sienta allí será intransferible porque no hay modo de graficar tanto.
Ya es suficiente. Han dado las cinco de la tarde y, diez kilómetros de caminata después volvemos a cruzar el río, ahora por una pasarela que aparece como firme pero advierte que no tolera el paso de más de ocho personas. El sol, que a la mañana fue tímido, ahora se torna prepotente y ni tiene ganas de meterse detrás de la Cordillera a descansar. En cambio, uno tiene una actitud diferente. Necesita el reposo. No obstante, el sueño tardará en llegar todo lo que demande acomodar las sensaciones.
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