HASTA PRONTO, JUEGOS
Ya está. Los Juegos Olímpicos de Atenas son historia. Formarán parte para siempre de esa enorme secuencia que arrancó justamente aquí hace casi tres mil años, y que también en esta ciudad tuvo su bautismo moderno en 1896, cuando todavía no existían la televisión, la desesperación por el éxito y la tentación de vincular deporte con nacionalismo. La mayor parte de los atletas ya está en sus países gozando de la fama o sufriendo las consecuencias de actuaciones fallidas. Algunos, cosas del mundo moderno, estarán sumándose a sus equipos lejos del calor de su gente. Y Atenas funciona todavía con la inercia de un cierre inolvidable, mientras los encargados de la seguridad bajan la guardia después de un procedimiento impecable pero un poco caro (1.200 millones de euros) y los voluntarios, los pocos que todavía transitan las instalaciones, se desesperan por conseguir un souvenir de cada visitante. En ese ambiente de modorra y fin de fiesta quedan retumbando preguntas, sensaciones, desafíos resueltos y pendientes.
Estados Unidos volvió a ser el dueño del medallero, aunque con apenas tres oros más que los chinos (35 a 32). Los norteamericanos no sólo tuvieron a la gran estrella de los Juegos, el nadador Michael Phelps (seis oros y dos bronces), sino que las 103 medallas conseguidas hablan de una hegemonía que por ahora no parece amenazada. China, segunda en el medallero, les dará aún más batalla en Beijing, donde recibirá al mundo en cuatro años. El despliegue mostrado por los chinos en Atenas, con centenares de periodistas, representantes en casi todos los deportes y una participación monstruosa en la ceremonia de clausura, sugiere que los 7.200 millones de euros gastados por la capital griega serán nada en comparación con lo que viene.
Acaso los chinos no tengan las mismas dificultades que esperan a los griegos: los Juegos costaron casi el doble de lo que se suponía, y mucho tuvo que ver con eso la necesidad de defenderse de la amenaza terrorista. En cuanto a las sedes construidas, tal vez los pequineses tengan más suerte que los atenienses, cuyos dirigentes evalúan qué harán con los enormes estadios construidos y con edificios enormes como los de los centros de prensa. Acaso alguna de las multinacionales auspiciantes se apiade de ellos y alquile esas oficinas ubicadas en plena zona comercial de las afueras de la ciudad.
Los 11.099 atletas de 202 países cumplieron con varias de las cosas que de ellos se esperaba. Hubo 37 récords del mundo batidos en ocho deportes y 97 plusmarcas olímpicas quebradas, y sus desempeños ofrecieron instantes de emoción genuina: el atletismo, la gimnasia, el basquetbol, la lucha y el voleibol fueron deportes de finales apretados y actuaciones inolvidables. Aunque también defraudaron: la catarata de controles positivos que vaticinó Jacques Rogge, el mandamás del COI, sólo se redujo a 25 casos, lo cual habla demasiado bien del comportamiento de los atletas o demasiado bien de quienes compiten contra los controles con varios metros de ventaja.
Los 3.581.000 boletos vendidos sobre 5,3 millones ofrecidos sugieren que el público seleccionó: le dijo sí a la natación, al atletismo, a la gimnasia, al waterpolo. Fluctuó en el basquetbol, el voleibol, las pesas, el ciclismo y la lucha según la actuación de sus atletas. E ignoró al hóckey, algo al fútbol, a la esgrima, al tiro con arco, al remo y a las canoas, disciplinas que se salvaron del papelón por la presencia de fanáticos europeos a los que Atenas les queda a la vuelta de la esquina.
También el deporte argentino repasa lo ocurrido a partir de un dato inobjetable: logró su mejor actuación desde Londres 48, cuando sumó tres oros, tres platas y un bronce. Los oros del fútbol y el basquetbol y los bronces de la nadadora Georgina Bardach, Las Leonas, las tenistas Suárez-Tarabini y los veleristas Espínola-Lange dejaron a la delegación en el puesto 38, algo pobre si se lo ubica en el contexto mundial y meritorio si se recuerda cómo se piensa y se trabaja el deporte en el país.
En medio de la resaca de una ciudad que retoma su ritmo, y entre periodistas que ensayan balances en salas de prensa semivacías, acaba de comenzar un nuevo ciclo olímpico. Vienen cuatro años en los que las marcas de indumentaria, las únicas habilitadas para hacer publicidad con los cuerpos de los atletas, seguirán peleando por el liderazgo. Cuatro años en los que las grandes cadenas televisivas lucharán por la cesión de derechos mientras inventan nuevas formas de estar cada vez más cerca. Cuatro años en los que miles de silenciosos deportistas transpirarán en doble turno, reclamarán en vano apoyo oficial, servirán a fines políticos inconfesables, confundirán y harán confundir el deporte con el país en el que nacieron. Cuatro años en los que decenas de atletas cambiarán de nacionalidad y competirán por un país que no es el suyo, mostrando que el mundo se globaliza y las medallas no siempre hablan de excelencia deportiva. Porque hubo en Atenas un portugués, Francis Obikwelu, que fue plata en los 100 metros y nació en Nigeria, y un italiano, Nikola Radulovic, que fue plata en básquet y nació en Zagreb, y un equipo entero, el griego de béisbol, que nació en Estados Unidos.
Se fueron los Juegos Olímpicos. El circo desmonta sus cosas, deja todo un poco revuelto y se lleva lo que sirve a Beijing. Y aun sabiendo todo eso, no queda otra cosa que esperar los próximos. Se inventaron pocas cosas más atrapantes.
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