Hay casi 1.000.000 de chicos afuera del jardín
Cuando cae el sol en la plaza Congreso, Martín y Camilo llevan sus mundos sobre ruedas. El de Martín viaja en una mochila veloz, donde tiene un libro de actividades, un cuaderno para que la familia esté al tanto de lo que hace y crayones de colores. El mundo que empuja Camilo es en blanco y negro: un montón de diarios apilados en su carrito de supermercado, para vender a 20 centavos el kilo. Martín acaba de terminar su día en la sala de cinco años del jardín, donde jugó al fútbol, practicó la eme, disfrutó de un cuento, compartió una torta y comió cereales. Camilo también tiene cinco, pero recién arranca su jornada. Juntará materiales reciclables, llegará hasta el McDonald’s de Callao y Bartolomé Mitre para esperar las sobras y dormirá por ahí. Con el alba tendrá que marcharse, como canta Sabina.Al día siguiente, Martín y Camilo volverán a cruzarse en la plaza, donde el otoño ya comenzó a desplumar a las palomas. Caminarán con la mochila y el carrito, sus autos hacia el futuro. Si la vida fuera una carrera, uno arrancó en desventaja.En la Argentina hay casi un millón de chicos excluidos del jardín de infantes, según fuentes independientes y oficiales consultadas por Clarín. Son cuatro de cada diez chicos, que forman una multitud, la ronda más gigante que hoy no se puede formar. El norte del país lo sufre más que el centro y el sur. Es una deuda social que le copia los rasgos al mapa de la pobreza.Los números oscilan según quién los presente, pero ninguno desmiente la realidad: la sala de cinco años, que es la única obligatoria por la Ley Federal de Educación de 1993, deja hoy afuera del nivel inicial a 63.985 chicos. Es ilegal. Y alcanza con imaginar una cancha llena, en un recital de los Rolling Stones, para medir la dimensión de esa cantidad.Al sumar a los chicos de tres y cuatro años, la cantidad llega, como mínimo, a 853.297 niños, según las estadísticas más actualizadas del Ministerio de Educación. Extraoficialmente, los funcionarios aceptan que la cifra real bordea el millón. Las salas de tres y cuatro años no son obligatorias, pero sí fundamentales para el buen comienzo de la vida de los niños. Otras tres entidades, la Unión Nacional de Asociaciones de Educadores de Nivel Inicial (UNADENI), el Instituto de Investigaciones Pedagógicas Marina Vilte de la CTERA, y la organización no gubernamental Periodismo Social, también estiran el cálculo hasta un millón de chicos sin lugar en este primer trampolín de la educación.Es serio: es allí donde aprenden valores solidarios y hábitos saludables de higiene y alimentación; comienzan a expresar emociones, sentimientos, ideas y opiniones, y a dialogar, compartir y comprender a los otros.Según la Convención sobre los Derechos del Niño, que en la Argentina es ley, todos los chicos deben contar con facilidades y oportunidades para que puedan desarrollarse "hasta el máximo de sus potencialidades". Martín, el de la mochila con rueditas, tiene su chance; Camilo, el del changuito cartonero, no."El acceso a la educación en esta etapa de la vida de los niños constituye un derecho fundamental y representa una posibilidad irrepetible (es el único nivel educativo que no puede hacerse a cualquier edad) de aprendizajes sociales, culturales, emocionales, intelectuales y físicos", dice una investigación del Capítulo Infancia de Periodismo Social.Patricia Miranda, coordinadora del equipo de Nivel Inicial del Ministerio de Educación, entiende también que la posibilidad de hacer el jardín "deja una marca en la biografía escolar del niño en función de su éxito en los primeros grados de la primaria y hay investigaciones que dan cuenta de que un chico que no accede, tiene mayor fracaso escolar que un chico que acude"."Tenemos la meta de universalizar la sala de cinco, pero sabemos que no alcanza y que sería muy importante, para que se cumpla con el derecho a la educación, que estos niños tengan acceso a las salas de tres y cuatro años", explica la especialista. Es una prioridad que confirmó el ministro de Educación, Daniel Filmus, en una columna que escribió para Clarín (ver pág. 38).En los años 40, el jardín era una institución no muy concurrida. Juan Domingo Perón extendió su alcance entre 1946 y 1955, en la concepción de un Estado benefactor. En la provincia de Buenos Aires, todas las salas del preescolar llegaron a ser obligatorias en 1946, por la Ley 5096, hoy sin vigor. En la década del 90, el jardín recobró impulso, pero la falta de controles sobre la oferta de servicios educativos generó un modelo desigual y fragmentado para la educación inicial, donde hay chicos que vuelan como aviones en las computadoras y el inglés y otros que sólo van para tratar de pescar una copa de leche.Según UNICEF (Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia), "a la edad de tres años, el 81,7 por ciento de los niños argentinos del estrato más rico accede a jardines de infantes, en tanto que sólo el 17,7 por ciento de los niños más pobres lo hace. Esta tendencia se mantiene a los cuatro años (accede el 93,8 por ciento de los niños de clase media y alta y sólo el 40 por ciento de los chicos pobres), edad en la cual la conveniencia del aprestamiento para el aprendizaje es considerada de enorme valor para la escolarización futura".Por el alto nivel de alfabetización de la población (97,2%), la amplitud de la educación primaria y la paridad entre los sexos, la Argentina ocupa el puesto 23 de los 127 países que prometieron cumplir los objetivos educativos que la UNESCO fijó en Dakar hace seis años, entre los que figura "extender y mejorar la protección y educación integrales de la primera infancia, especialmente de los niños más vulnerables y desfavorecidos".El compromiso tiene plazo: 2010, año del Bicentenario de la Revolución de Mayo. Para esa fecha, todos los niños deberían estar escolarizados, nadie afuera del jardín, la primaria y la secundaria, según anunció el presidente Néstor Kirchner en su discurso ante la Asamblea Legislativa.La Argentina ha mejorado y está bien ubicada en el ranking latinoamericano de asistencia de chicos de cinco años al jardín, al nivel de México, Chile y Brasil y por encima de Paraguay, Bolivia, Costa Rica y Guatemala. Pero la falta de servicios educativos suficientes que hay aquí se vuelve a notar al comparar los números del país con los de Europa.Francia y Bélgica, por ejemplo, tienen a todos sus chicos de tres, cuatro y cinco años adentro del jardín. España, Italia, Inglaterra y Holanda, además tienen completas sus salas de cuatro, según un informe del Instituto Internacional de Planeamiento de la Educación-Buenos Aires de la UNESCO. En la Argentina, siete de cada 10 chicos de tres años no va al jardín, cuyas puertas también están cerradas para el 40 por ciento de los chicos de cuatro años. Sólo sorprenden por la baja tasa de escolarización Finlandia (28% para salas de tres y cuatro) y Suecia (54% promedio), pero es porque, en ambos países, la escolaridad obligatoria comienza a los siete años.Puertas adentro, la geografía tamb
ién es despareja. San Juan, la tierra del máximo prócer de la educación argentina, Domingo Faustino Sarmiento, cumple con el 100 por ciento de la cobertura del preescolar, al igual que Tierra del Fuego, Santa Cruz, Chubut, Mendoza y La Pampa. También tiene una alta tasa de escolarización la Ciudad y la provincia de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos, Jujuy, La Rioja, San Luis y Salta, donde nueve de cada diez chicos tienen su sillita. A penitencia van, en cambio, Chaco y Santiago del Estero, donde al nivel obligatorio sólo entran siete de cada diez chicos, o menos."Para revertir esta situación, evidenciada en la existencia de un millón de chicos víctimas de lo que podría llamarse injusticia educativa, hace falta una inversión muy grande. En su gran mayoría, son pibes de sectores populares, que tendrán un déficit con respecto a los pibes de clase media y alta de la misma edad. Esto es el dibujo de la desigualdad social, que provocará que estos pibes tengan dificultades de aprendizaje", advierte a Clarín Juan Balduzzi, miembro del Sindicato Unico de Trabajadores de la Educación de Buenos Aires (SUTEBA).Mónica Batalla, presidenta de la Asociación de Educadores del Nivel Inicial, señaló además que "muchos de estos nenes están con un currículum oculto, porque tienen una escolaridad que en nuestro país no está blanqueada, pues está dada por ONGs, instituciones intermedias, madres cuidadoras o incluso por los planes asistenciales, como alternativa de escolaridad no formal, que tiene la desventaja de no estar controlada ni monitoreada"."No tenemos en el país una ley de control de guarderías y jardines de infantes privados sin reconocimiento oficial. Hay una suerte de vacío legal para los espacios educativos no formales, por el cual hay lugares que pagan impuestos y se inscriben como comercios y no cumplen con los requisitos mínimos de educabilidad", agregó Batalla.Martín, el que va contento al jardín, repasa hoy una lección que lo invita a imaginar historias. Y enseguida se le ocurre una: que va por la plaza Congreso y lo invitan a un partido de fútbol. Le toca de compañero un tal Camilo, con quien tira pases y taquitos como si fueran Ronaldinho y Messi. Arman el arco con una mochila y un changuito.
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