Hay que ir a la casa de Rosa
Hay 400 aserraderos que convierten a Machagai en la capital de la madera pero, para sacarle la viruta a este pueblo de madereros y aborígenes hay que ir a la casa de Rosa. Ha llovido demasiado para un sitio de unas pocas calles asfaltadas. La mayoría de las arterias se anegaron y parecen haber visto pasar el tren del tiempo sin interesarse por subir.
Machagai –en toba “tierra baja y anegadiza”- es la capital del Departamento 25 de Mayo. Y está bien que preserve su nombre aborigen. Es que, más que un tercio de su población tiene sangre toba o wichí o mocobí en sus venas.
Desde cierto pensamiento centralista puede que uno se imagine que una localidad de 15 mil habitantes, enclavada en la pobreza del ombligo chaqueño, no tiene grandes cosas para contar. Sin embargo, hay que ir a la casa de Rosa.
La ruta 16, una carpeta de asfalto nuevo que apenas muestra que el progreso ha llegado cuando uno da de cara con una estación de peaje, es una diagonal que atraviesa el Chaco cuan espina dorsal rumbo a Salta. Y a medio camino, cuando parece que el viaje es rumbo a la eternidad, se alza Machagai. Tanto ha llovido aquí que a las calles pavimentadas se les ha subido barro como para que se acuerden que alguna vez ellas también fueron pobres. En una de esas vive Rosa.
El ferrocarril en desuso es un mojón y la cooperativa, que a diferencia de los rieles sí que funciona, es una herramienta memoriosa de un lugar que supo jactarse de tener a representativos dirigentes de las ligas agrarias cuando la tierra estaba mejor repartida y más cuidadita. No será difícil ir a lo de Rosa porque todos la conocen. Aunque es factible que no tantos conozcan su historia, que es la historia de todos.
Dice un vecino diligente que la casa buscada queda donde la mano extendida que señala se termina y sólo se ve barro. Con tal de ver a Rosa el cronista se encomienda a la huella profunda de una tierra renegrida. El auto chilla su esfuerzo y se flamea como un junco en un día de viento que bien puede ser este, en el que por fin ha llegado el frío al Chaco.
Es curioso pero, siempre que la naturaleza se opone o se resiste a franquear el paso, suele ocultar grandes bellezas detrás. Una veces esa belleza es el paisaje y otras la gente que lo habita; como Rosa.
-¿Esta es la casa de ella, verdad? Dice que sí con la cabeza un hombre que atiende un taller mecánico. Sonríe y se anuncia como el yerno de la mujer que hizo que Machagai figurara en todos los periódicos en los días anteriores. Pero Rosa es una mujer mayor y hay que dejarla descansar, para que mañana se presente como se presentó un día en medio del campo, sin que la convoquen, para ser testigo involuntaria de una de las heridas más grandes que le provocaron al Chaco.
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