"HAY QUE TENER LA PACIENCIA DE SABER ESCUCHAR"
No son los dedos, que se mueven a toda velocidad sobre el teclado del acordeón. Ni tampoco el pelo que baja y sube al ritmo de su cabeza. Ni los ojos cerrados en conexión con la música. Lo que llama la atención es esa sonrisa que le ocupa la cara cuando la música se hace como un lamento. Y es así: Raúl Barboza sonríe cuando algo le duele, cuando cuenta algo triste como la muerte de su hermano bebé, tiempo antes de que él naciera; o cuando recuerda que un día, desesperado porque ya no había una moneda para el pan, salió de la casa prestada en París con su acordeón rumbo al subte y llegó allí pero pegó la vuelta porque, con 50 años, le dio vergüenza tocar en los andenes.
Hace ya mucho tiempo de eso. En estos 16 años Barboza logró pasear su chamamé por los grandes escenarios del mundo y hasta recibió del Ministerio de Cultura y Comunicación de Francia la Orden de “Caballero de las Artes y de las Letras”.
Llegará a la Argentina en los próximos días para el estreno de una película en su honor: Raúl Barboza, el sentimiento de abrazar, de Silvia Di Florio (ver recuadro) y para presentar su último disco, Cherógape. Desde París reactualiza por teléfono la charla que tuvo lugar hace unos meses, en su departamento sobre la calle Lavalle donde Olga, esposa, agenda prodigiosa, manager y agente de prensa, le cebó interminables mates. Y él habló lento, en ese medio tono guaraní con el que lleva 66 años tratando de burlar el desatino de haber nacido en el barrio porteño de La Boca. Es que a él, el chamamé, le llegó desde el vientre de su madre.
“Mi mamá, doña Pilar, contaba que cuando algún amigo venía a casa a tocar con mi papá y era chamamé, yo bailaba adentro de su panza, pero ni me movía cuando había un tango u otra música. No podría haber sido de otro modo, porque mi papá es curuzucuateño y mi mamá, que nació en Santa Fe, se crió en Curuzú Cuatiá y ellos me transmitieron todas las cosas que conciernen al guarán. Guarán viene del guaraní, una lengua que muchas personas desprecian. Guarango viene de allí, porque las mujeres decían ‘che señora’ a la patrona, y no era signo de mala educación porque che quiere decir mi, pero vaya usted a explicarles. Así fue que empecé a tocar desde muy chico. Tenía 8 años cuando mi papá me regaló mi primer acordeón. Supongo que me trajo un acordeón porque el bandoneón era muy caro. Se lo compró a un vasco que salía a vender la leche casa por casa directa de la vaca. Le decían don Pito, porque era panzón como el pito de un vigilante.”
¿Cuántas horas tocaba?
Para mí era un juego. Mi papá, don Adolfo, nunca me obligó a tocar y a mí me gustaba. Así que yo, entre jugar a los indios y los policías, y a la pelota, también me gustaba jugar al acordeón. Pero desde muy chico comprendí que con el acordeón podía ayudar económicamente a la familia. A los 9 años tocaba en los bailes, en el campo, con mi papá y la gente me daba monedas. Aprendí a tocar solo, y después aprendí guitarra y acordeón cromático. Mi papá me decía que tenía que utilizar los matices, controlar las velocidades de la música, tocar con sentimiento, con silencios y tocar despacito y después encararle fuerte. Y también aprendí mucho escuchando a Montiel, Damasio Esquivel, Tránsito Cocomarola, Piazzolla.
¿Se fue a Francia porque aquí no tenía posibilidades?
Es que muchas veces me ofrecieron ganar mucho dinero si yo hacía concesiones con la música, salir de mi tenor musical y hacerla bien popular, como la gente estaba acostumbrada. Yo no entendía por qué no les gustaba, pero a la vez siempre había tenido el tupé de soñar con que si la vida me daba tiempo, quizá podría lograr que el chamamé se escuchara no sólo en los bailes sino también en los teatros. Recuerdo que un día, tendría 25 años, se lo dije a mi madre. Ella no dijo nada, sólo sonrió. Ahora creo que debe haber pensado “¡Pobre Raúl, qué lástima la desilusión que va a tener!” Pero lo cierto es que por aquel tiempo la gente del guarán decía: “Raulito toca muy bien, pero no es chamamé lo que él toca”, mientras que la gente no chamamecera decía: “Raúl toca muy bien. Lástima que toque chamamé”. Así que opté por ganarme la vida trabajando en otra cosa. Estuve muchos años en Retiro, como despachante de mercaderías que iban en tren hacia el interior. Un lugar chiquito, con un calor infernal y un señor muy bueno, don Berisso, que era mi jefe. Después, con un amigo compramos un taxi, un viejo Plymouth, con la ruedita atrás que no tenía baúl, y estaba más tiempo en el taller que en la calle. Y un día me invitaron para ir a acompañar a los hermanos Cena, un dúo de cantores chamameceros. Fue la primera vez que fui a una gira larga, a Presidencia Roque Saénz Peña, en el Chaco. Tenía 21 años y fue toda una aventura recorrer tocando en los bailes. Ahí conocí las comunidades aborígenes: los tobas, los huichi y los mocovíes, conocí al cacique Catán al que Tránsito Cocomarola le hizo una canción que se llama Cacique Catán. Y me encontré por primera vez en un lugar donde todo el mundo era más o menos como yo.
Así pasó el tiempo. Fue Olga la que, cansada de que no pudiera dedicarse a la música, un día dijo basta: “Tenés 50 años; es la última oportunidad que te da la vida para empezar de nuevo. Si no lo hacés ahora, no lo hacés nunca más.” Y él le hizo caso. Armaron las valijas, compraron dos pasajes de avión a París y, con el acordeón y unos pesitos ahorrados que a lo sumo le alcanzaban para dos meses, cruzaron el Atlántico. No les fue fácil, pero gracias a una recomendación de puño y letra de Piazzolla, se le abrieron las puertas del mítico Trottoir de Buenos Aires. “Una generosidad, chorros de elogios inesperados porque jamás había tenido amistad que justificara una carta desde Nueva York; nos habíamos cruzado dos o tres veces en toda la vida”, dice Barboza. Piazzolla era una autoridad musical, su carta se difundió en los principales diarios de París y Barboza convocó masivamente a la prensa.
El asegura que no tuvo ni una mala experiencia en París. Nunca fue tratado con descortesía. Grabó un disco que fue considerado el Mejor disco del Año y recibió el Grand Prix Charles Cros, el mayor premio que se entrega a la música y que decidió compartir con todos los chamameceros.
¿Por qué?
Porque yo sé lo que sufrieron mi papá y los músicos que venían de Corrientes a ser maltratados en Buenos Aires. Y que de lunes a viernes trabajaban como peones en las esquilas o, como mi papá, que fue peón obrero; y Montiel, que trabajaba en el Frigorífico Pando porque era buen jinete. Con mucho sacrificio y disciplina, formando grupos, insistiendo en ser lo que cada uno fue, ellos impusieron una música que en Buenos Aires nunca fue bien aceptada. Y yo aprendí de esa gente a tocar, mejorar… y de alguna manera yo soy un brazo de esa gente, la continuación. Nosotros vivimos de nuestra música, modestamente, y cuando vengo a tocar a la Argentina busco mis músicos aquí. Ellos trabajan en otras cosas, no les alcanza para vivir de la música. Para el indio siempre ha sido igual. Nada ha cambiado. Argentina próspera-indio pobre; Argentina pobre-indio pobre. Para ellos no ha cambiado nada. Nosotros nos horrorizamos por la gente que ha perdido sus ahorros (entre los que están mi hermana, y los parientes de mi mujer y muchos amigos que han perdido todo lo que tenían porque han sido engañados), pero aceptemos que nuestros hermanos autóctonos nunca han tenido la posibilidad de ahorrar nada. No han perdido nada porque no tienen nada. Y, sin embargo, en ellos encuentro una sabiduría que no encontré en ningún libro.
¿Una palabra que resuma esa sabiduría?
Paciencia. Cuando uno tiene paciencia es porque está queriendo tener algo, o sea que la paciencia es el reflejo de la espera o de la concreción de algo. Tener paciencia para dejar que el fruto madure antes de comerlo. Tener paciencia hasta que el animal que tenemos que cazar para comer, venga. Paciencia con la flecha, esperando que venga el pescado. Tener paciencia, no hacer ruido, no ahuyentar la posibilidad. Tener la paciencia de saber escuchar: es mucho más difícil escuchar que hablar. Es difícil quedarse callado y tener paciencia para saber comprender el dolor del otro, la cólera del otro. Tener paciencia para no ser coleroso. Una vez le preguntaron a un gran músico, cómo había hecho para ser un gran cantor: “Paciencia, paciencia, y paciencia”. Y es lo que enseñan nuestros ancestros: ser pacientes. Y amar la vida, y respetarla.
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