HEREJÍAS DE MAYO
“Y sin embargo todo el mundo quiere respirar y nadie puede respirar; y muchos dicen respiraremos más tarde. Y la mayor parte no mueren porque ya están muertos”. Frase rescatada de uno de los murales de la facultad de Nanterre.
Una insurrección estudiantil espontánea, horizontal y antiautoritaria, estallaba en Francia hace 37 años constituyéndose como una señal inequívoca de las fisuras irresolubles de una “sociedad opulenta” que se resquebrajaba y como una alternativa al modo de vida impersonal y aislado propuesto por la racionalidad tecnológica-científica.
La situación de esplendor económico-técnica parecía hacer impensables las tensiones al interior de la que se decía una “sociedad opulenta”. Quizás las artes vanguardistas fueron las únicas manifestaciones que anticiparon este colapso que acumulaba experiencia histórica con la Revolución Cubana, la guerra de Vietnam y las torturas francesas en Argelia.
El periodo de posguerra, que Eric Hobsbawm denomina “La edad de oro” (1947-1973), se había caracterizado por una fantástica transformación tecnológica, social y cultural sin precedentes y un crecimiento económico que condujo a una etapa de enorme prosperidad para los países capitalistas desarrollados. El pleno empleo se generalizó en los años sesenta, pero cada vez más las nuevas tecnologías emplearon de forma intensiva el capital y eliminaron o sustituyeron la mano de obra: los seres humanos sólo serían necesarios como consumidores.
Pero la antigua ética del trabajo había sido paulatinamente desplazada desde los años treinta por una moral del consumo. El desequilibrio entre el aumento de la producción y la capacidad de los consumidores para absorberlo, como también la progresiva decadencia del dominio estadounidense a partir de la década de los sesenta pusieron en crisis al estado de cosas existente. La explosión de la agricultura con el consecuente retroceso y caída del campesinado fueron otras de las características estructurales de época. Paralelamente, se producía un auge de las profesiones para las que se requerían estudios secundarios y superiores.
La educación: el epicentro de la crítica
En consonancia con lo anterior, se produjo un repentino estallido numérico en la matrícula universitaria. El estudio se asociaba, y no sin razones, a la ascensión social y al éxito económico. El número de estudiantes franceses al término de la Segunda Guerra mundial era de menos de 100.000, superaba los 200.000 en 1960, y en el curso de los diez años siguientes se triplicó hasta llegar a los 651.000 , lo que originó una tensión entre la masa de estudiantes y la capacidad institucional para soportarla.
Al mismo tiempo, los referentes intelectuales (Marcuse, Sartre, Bourdieu, Foucault) alimentaban la necesidad de un cambio ejercitando agudas críticas sociales. Los debates que complejizaban lecturas marxistas esquemáticas de las relaciones entre la base y la superestructura eran cotidianos y encendidos. Louis Althusser había publicado en 1964 su célebre obra “Ideología y aparatos ideológicos de Estado. Freud y Lacan”, donde, entre otras cosas, denunciaba el carácter funcional de la escuela (que interpretaba como el Aparato Ideológico del Estado más importante de nuestra época) con respecto a la ideología dominante. La institución educativa se orientaba a generar mano de obra capacitada funcional a las relaciones de mercado dadas, canalizando a una masa de estudiantes desde las ciencias humanísticas hacia los saberes técnicos. Esta tendencia fue propulsada con reformas de gobierno impulsadas por el general De Gaulle, presidente francés durante el curso de estos acontecimientos que terminarían con la deslegitimación y consecuente fin de su mandato.
La función social de la educación se encontraba en el blanco de las críticas. No es sorprendente entonces que los años sesenta fueran la década de disturbios estudiantiles por excelencia.
“La emancipación será total o no será”: ¿la revolución que no fue?
Los incidentes comenzaron en 1968 en La Facultad de Letras y Ciencias Humanas de Nanterre, una de las Facultades de la Universidad de París, creada para descongestionar La Sorbona. Paradójicamente, que el impulso rebelde procediese de grupos no afectados por el descontento económico estimuló a otros sectores a pedir a la sociedad mucho más de lo que habían imaginado. La oleada de huelgas de obreros no se hizo esperar. El lunes 13 de mayo se realizó en Francia la toma de la Sorbona por parte de los estudiantes y la primera huelga general unánime de todos los sindicatos. Frente a esta situación se presentaban dos opciones: la toma revolucionaria del poder, o el trayecto de nuevas reivindicaciones económicas relativas al salario, horarios, etc. La CGT y el PCF (Partido Comunista Francés) guiaron a la acción de masas hacia estas reivindicaciones tradicionales. Los jóvenes, cuyas aspiraciones iban más allá de las reformas por vías parlamentarias, reprocharon al PCF por haber desaprovechado las condiciones revolucionarias. Los obreros centraron sus intereses en reclamos económicos que pactaron con De Gaulle firmando los Acuerdos de Grenelle, lo cual fragmentó la lucha. Los estudiantes, en cambio, anhelaban una reforma cultural no circunscrita a lo meramente económico (la de los obreros) ni a lo jurídico (como en 1789). Buscaban conquistar la libertad humana transformando de raíz las relaciones sociales, y si no tuvieron una incidencia política más seria fue porque su eficacia descansaba sobre su capacidad de actuación como señales y detonadores de grupos mucho más difíciles de inflamar.
Pese a los desencantos coyunturales, tuvo repercusiones más allá de las fronteras, en contextos de crisis sociales diversas. Marcadas de alguna manera por el mayo del 68 se desataron rebeliones estudiantiles en Estados Unidos y México en occidente, en casi toda América Latina, como así también en Polonia, Checoslovaquia y Yugoslavia en el bloque socialista. Eran trasnacionales al desplazarse y comunicarse ideas y experiencias más allá de las fronteras nacionales con facilidad y rapidez en una época a partir de la cual, paradójicamente, el elemento trasnacional por excelencia sería el capital.
Eric Hobsbawm sostiene que “(…) 1968 marcó el fin de la época del general De Gaulle en Francia, de la época de los presidentes demócratas en los Estados Unidos, de las esperanzas de los comunistas liberales en el comunismo indoeuropeo y (…) el principio de una nueva época de la política mexicana” . En los países dictatoriales, los estudiantes solían ser el único colectivo ciudadano capaz de emprender acciones políticas colectivas.
Las manifestaciones de Mayo en la Francia de 1968 pusieron en crisis la supuesta evolución de los países capitalistas centrales mediante estrategias que combinaron el trabajo intelectual y la crítica del orden social existente de forma sincrética, aunque de modo efímero. Produjeron un borramiento de las fronteras de los reclamos políticos específicos para constituirse como un postulado ético que pudo haber sido querido por todos. Quizás quede de aquellos días más que nostalgia.
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