HEREJÍAS VICTORIANAS
Corría el siglo XIX y Gran Bretaña se encontraba en el apogeo cultural de la era que encabezaba la adusta Reina Victoria, cuando en las tierras de Irlanda, en la ciudad de Dublín, nacía un 16 de octubre de 1854 Oscar Wilde. El pequeño Oscar, creció en el seno del matrimonio de Sir William Wilde, renombrado científico y de lady Jane Elgee, pareja que conformaban una familia muy culta y liberal para su tiempo.
Desde sus primeros años, Oscar Wilde recibió la influencia de su madre, quien bajo el seudónimo de Speranza escribía artículos políticos, resaltando sus ideas nacionalistas y feministas. Jane, era una mujer poco frecuente para los estrictos cánones de su época: leía con avidez, traducía novelas y escribía versos.
Considerando la precoz sensibilidad del futuro escritor y dramaturgo, y su no menos temprana inclinación por la poesía, los biógrafos de Wilde, resaltaron siempre la influencia materna, que lo llevó a ser educado en los mejores colegios de Dublín y luego en el Oxford más exquisito, el de los estetas mayores.
EL CIELO CON LAS MANOS
Desde su primer libro “Poemas”, de 1881, se notó un claro intento por romper con los convencionalismos de aquella sociedad, sin embargo saboreó rápidamente las mieles del éxito. Su primera obra teatral, “Vera o los nihilistas”, se representó en Nueva York en 1882 donde cosechó calurosos aplausos. En la cúspide de su buena fortuna, visitó los Estados Unidos y realizó una serie de conferencias que profundizaron su fama.
Luego de esta gira por Norteamérica, Oscar Wilde se estableció en Londres y se casó con una adinerada y hermosa mujer irlandesa, llamada Constance Lloyd, con la que tuvo dos hijos. A partir de entonces, se dedicó exclusivamente a la literatura.
Entre sus obras más importantes se cuentan los relatos titulados “El príncipe feliz” y “El fantasma de Caterville”. Sus piezas dramáticas como “La importancia de llamarse Ernesto” o “Salomé” y su única novela, “El retrato de Dorian Gray”, una melodramática historia de decadencia moral, que se convertiría en un verdadero clásico de la literatura del siglo XIX. Todas estas obras consolidaron su prestigio literario.
En los periódicos londinenses plumas de la talla de George Bernad Shaw escribían críticas como esta, sobre sus obras teatrales: “Oscar Wilde es el único dramaturgo inglés verdaderamente completo. Crea su espectáculo con todo: con el espíritu, la filosofía, la trama dramática, los actores y el público, el teatro entero. Por ejemplo una de sus mejores obras como “Un marido ideal” es un asunto peligroso, porque toma desprevenidos a los críticos. Ríen con los dientes apretados ante sus epigramas, como un niño que se ve obligado a divertirse en el mismo momento en que desearía abandonarse a un acceso de rabia y llanto”.
ME HAN OFENDIDO MUCHO Y NADIE DIO UNA EXPLICACIÓN
En 1895, mientras estaba en la cima de su carrera, se convirtió en la figura central, del más sonado proceso judicial del siglo, que consiguió escandalizar a toda la clase media y alta de la Inglaterra victoriana, aferrada todavía a retrógrados esquemas de pensamiento.
Todo el conflicto comenzó cuando el marqués de Queensberry, un hombre divorciado y pendenciero, que la historia lo recuerda como el creador de las reglas del boxeo, desaprobaba la relación sentimental de su hijo con el dramaturgo, y su ira fue en aumento cuando Lord Alfred Douglas abandonó Oxford y una incipiente carrera como diplomático, para pasarse los días en las mansiones campestres que Wilde alquilaba para escribir sus comedias.
Según cuentan las biografías de Oscar Wilde, el marques decidió arremeter contra el dramaturgo llamándole “asqueroso sodomita” en todos los lugares que se lo encontraba. Hasta que un día, Oscar Wilde perdió la paciencia con los insultos del noble y lo demandó por calumnias e injurias, sin saber que con aquella acción su suerte estaba echada. El furioso marqués había pagado detectives que recopilaron numerosas pruebas contra el autor de Salomé y las presentó ante la justicia.
Se le declaró culpable, y fue condenado a dos años de trabajos forzados. Según indicaron varios estudiosos de la vida de Oscar Wilde, en el dictado de esta condena al escritor, confluyen la hipocresía moral, el cinismo político y la prepotencia colonialista. En aquel momento Oscar Wilde perdió toda su fortuna y prestigio. Además, su familia y la mayoría de sus amigos le dieron la espalda. “Sólo me quedaron el dolor y conocer la piedad”, confesaría Wilde durante aquellos días.
El prestigioso novelista irlandés James Joyce describió con estas palabras como vivió la sociedad Victoriana la condena al artista: “Su caída provocó los gozosos aullidos de los puritanos. Al saberse la sentencia, la multitud congregada ante la audiencia se puso a bailar en la calle embarrada. Se permitió a los periodistas entrar a la cárcel y a través de las rejas se cebaron en el espectáculo de la vergüenza de Oscar Wilde”.
Salió de prisión arruinado material y espiritualmente, y pasó el resto de sus escasos y torturados días en París, dónde murió un 30 de noviembre de 1900, solo, pobre, bajo un manto de olvido y con un nombre falso. Y de esta manera, el mundo, perdió a uno de los artistas más inquietantes de todos los tiempos. Hombre del que alguna vez Jorge Luis Borges señaló en un ensayo que se encuentra en el libro “Otras inquisiciones”, lo siguiente: “Leyendo y releyendo, a lo largo de los años, a Oscar Wilde, noto un hecho que sus aduladores no parecen haber sospechado siquiera: el hecho comprobable y elemental de que Wilde, casi siempre, tiene razón”.
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