HOGAR DULCE HOGAR
El barrio estaba conmocionado. Era sólo cuestión de ir acercándose a la manzana delimitada por Boyacá, Juan Agustín García, Gavilán y San Blas para darse cuenta que en La Paternal no sería un día más. Pancartas festejando la cita esperada, pintadas con la fecha marcada y muchísima gente con camisetas y banderas.
Todo de rojo y blanco. Todo de Argentinos Juniors. Hinchas grandes tratando de recordar los viejos tablones. Otros más jóvenes con sus hijos en brazos contándoles que en esa cancha a la que estaban por entrar había debutado Diego Maradona.
Había sido Angel Labruna el que había iniciado el exilio. El DT quería una cancha más grande para que Argentinos pudiera jugar a su manera. Y vaya si tenía razón. A la par del destierro se iniciaba la época más gloriosa de Argentinos con las conquistas del Metro 84, Nacional 85 y la Libertadores del mismo año.
Mientras, en La Paternal, los viejos tablones se fueron quebrando. El campo de juego se pobló de yuyos y ya no hubo lugar ni siquiera para que entrenaran los chicos. Ni siquiera eso.
Y el fútbol dejó de aportar alegrías. Apenas el rápido regreso a Primera en 1997 con la conquista de la B Nacional. El retorno al barrio comenzó a convertirse en una obsesión. Hubo muchas promesas incumplidas, más frustraciones y otro descenso. El día esperado tenía que llegar…
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La cuestión era volver. Volver al barrio, volver a la cancha, volver a sentirse locales. Cuando las puertas se abrieron a las 16, ya mucha gente esperaba ansiosa. “Señores yo soy del barrio, barrio La Paternal, señores yo soy del Bicho, el Tifón de Boyacá”, cantaron. Comenzó el desfile de murgas y al son de los redoblantes, las 23 mil personas que llenaron el flamante estadio, entonaron el himno que se hizo esperar veinte años: Y ya lo ve, y ya lo ve somos locales otra vez”. Argentinos estaba otra vez en su casa.
Y el regreso vino con un agregado emocional. Fue volver a ver a los héroes que convirtieron a Argentinos en una potencia nacional y sudamericana. Fue aplaudir a rabiar una rabona del Bichi Borghi. Fue vibrar con las corridas del Pepe Castro y Ereros. Fue palpitar con un penal de Videla, como aquel que le dio la Libertadores a Argentinos ante América de Cali en 1985. Fue recordar al pibe Fernando López, aquél que en 1992 casi pierde la vida en un accidente automovilístico, y que ayer también dijo presente y fue parte de la fiesta.
Pasó el primer partido de fútbol, pero las emociones recién comenzaban. Mientras los propios jugadores se sacaban fotos con la flamante cancha de fondo y los pibes del Sub 20 entraban en calor, José Pekerman se emocionaba hasta las lágrimas. “Mis ojos todavía no pueden creer lo que están viendo. Yo jugué en esta cancha y entrené a un montón de pibes que ahora brillan por el mundo”. Y los pibes del actual manager del Leganés se dieron el gusto de jugar al fútbol en la cancha que vieron destruirse mientras comenzaban a jugar en inferiores.
Semillero del mundo se llamó el equipo y no faltaba razón. Cambiasso, Sorin, Placente, Markic, Gancedo y siguen las firmas. Si hasta D”Alessandro, que se crío a tres cuadras de la cancha, jugó un rato con la camiseta de Argentinos.
El final fue desordenado con hinchas invadiendo la cancha para llevarse un trofeo. El mejor de todos se lo llevaron los que se quedaron en las tribunas (“que boludos que son, no parecen del Bicho, la puta que los parió”, les cantaron). Los que desde temprano se pasearon por el barrio redescubriendo rincones. Los que cantaron por la vuelta. Los que volvieron a la cancha que no pisaban hace 20 años y los que la sintieron propia por primera vez.
La espera terminó. El exilio y el peregrinaje llegaron a su fin. Argentinos está de vuelta en la Paternal. Su casa reabrió su puerta. Y en ella podría colgarse un cartel que resume el sentimiento general: Hogar, dulce hogar.
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