Hola “la 40”
Cruzar desde Salta a Jujuy por la ruta 40 requiere de serenidad suprema. La ruta mítica no está en buenas condiciones, pero paga con un paisaje puneño atractivo y con una vedette entre las dos provincias más norteñas: las salinas grandes. Claro que no será nada sencillo transitar por allí.
En San Antonio de los Cobres, la última estación del tren a las nubes, comienza la odisea apasionante. Si uno piensa que muchos obreros recorren los 60 kilómetros de ripio endiablado rumbo a las Salinas, apenas a cambio de 250 pesos por mes, a quemarse la vista y la vida, no debería quejarse. De modo que no lo haremos.
Igualmente, el acceso a la ruta, mal señalizado y precario, atravesando un arroyuelo que ha sido víctima de la escarcha madrugadora y tiene sus aguas cristalizadas, no hace suponer un viaje halagüeño. Estamos en la Puna y si queremos ir a las Salinas, habrá que sortear los escollos.
San Antonio de los Cobres ya es recuerdo. Se queda con sus calles quedadas en un tiempo que para algunos fue y para otros será siempre como antes. Ahora puede jactarse de tener telefonía y hasta un cajero automático, pero no se crea que a los que marcan el pulso, los coyas que los pueblan, les seduce mucho la idea de tener esas máquinas desconocidas que usan los forasteros para sacar dinero y gastarlo en un lugar injustamente turístico.
También se queda en San Antonio de los Cobres tanta impronta policial – militar. No es para menos. Cuando aquello no era este pueblo de que ahora tiene 5 mil habitantes, allí sólo poblaban los lugareños, los gendarmes y los militares, que siguen haciéndolo saber con carteles de piedra dibujados sobre las montañas.
Ahora ya no se ve demasiado. El polvo de la ruta 40 que levanta el auto de un cronista tapó a San Antonio y el vientote de la Puna se hace sentir. Igualmente, nada se ve donde nada hay. Saludar una llama o a un burro, que abundan en la región, suena divertido donde poco divierte. Hay sol como si los finales de mayo fueran una alucinación y la máquina que debe marcar el camino parece que no pasa a menudo.
De pronto el camino se bifurca. Dobla a derecha o izquierda pero no dice hacia donde conduce uno u otro sendero. Uno debe elegir como si se tratara de una ruleta rusa y pedirle a la pachamama o a quien corresponda que ponga a alguien en el camino para que indique si va en la dirección correcta.
Unos kilómetros más adelante el azar juega de nuestro lado. Un rancho que de lejos es una marca marrón, de cerca delata la presencia de pobladores. Aunque nada es gratis en la Puna, el señor que atiende, tras cobrar propina, al menos indica que vamos por la buena senda. Seguiremos entonces, rumbo a las Salinas Grandes.
Y no puede faltar mucho, comentamos, un poco para darnos ánimo. Es que el piso ha dejado de ser ripioso y comienza a blanquearse levemente, a la vez que se alisa como si alguien hubiese deslizado allí jabón. En efecto, pronto los ojos se pondrán demasiado incómodos, cuando el paisaje a cielo abierto se convierta en una blancura incendiaria.
Son las Salinas Grandes y es la siesta, un horario poco apropiado. Pero uno habrá de pasar pocas veces por allí, y será cuestión de entrar. Por un camino donde apenas cabe a lo ancho un auto pequeño se puede acceder al corazón de un lugar que extrañamente está administrado por capitales nacionales. Igualmente, la paga a los obreros, no dista demasiado de lo que una multinacional podría tener como política.
Como pasajero rumbo a un infierno blanco el viaje apasiona. Trabajar allí es todo lo contrario. La sal acumulada en terrones interminables se presenta también en forma de paneles hexagonales, como si hubiesen sido construidos por abejas gigantes. Para que el turismo se acerque han edificado una confitería de paredes y mesas de sal porque no hay que dejar ningún aspecto de lado cuando se trata de recaudar.
Estamos inmersos en una de las salinas más grandes de Sudamérica. Queman los ojos los copos de sal a la distancia y los terrones del piso se espejan para colorear de chocolate la cara de los visitantes. Es demasiado sí, pero será cuestión de marcharse porque luego aguarda la Quebrada de Humahuaca y allí la vista necesita de plenitud.
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