Hola Misiones
Amanecer en la capital de Misiones suele requerir de un periodo de adaptación, aún para quien se precie de ‘todoterreno’. Pero el entrenamieno no cuenta para un santafesino. No, porque el calor y la humedad, dos conspiradores amigos, se asemejan aquí, en el Alto Paraná, allí, en la ciénaga de Garay.
Posadas, que en noviembre cumplirá 170 años, es una adolescente que crece alargando sus extremidades hasta albergar -con sus suburbios- unos cuatrocientos mil habitantes. El portón de acceso de la provincia que es un jardín de tierra colorada y vegetación selvática arde. Culpa de la lluvia que se puso remolona por mucho tiempo, los campos se quemaron y los diarios vomitan la blasfemia de los productores.
Kirchner también dejó su calor hace unos días, cuando cerca suyo se peleaban por abrazarlo y un poco más lejos de su vista se peleaban, pero con la policía, los obreros que querían decirle al presidente algunas cosas que el gobernador Rovira quizás no deseaba oir.
La más oriental de las cabeceras de provincias argentinas tiene mucha agua a un costado, en el río que la vincula a la paraguaya Encarnación, pero poca para dejar caer del cielo. Sin embargo, sabe perdonar la impuntualidad y recibe la lluvia. Se mojan los cascotes colorados del suelo que dejan a Posadas como una enorme cancha de tenis con casas, todas bajas, porque casi no hay edificios en el pedacito de suelo en donde viven muchos que vinieron a quedarse desde otras latitudes, otros muchos que tienen raíces fuertes como las del lapacho y no se quieren ir, más otros que han de querer partir pero no pueden o no se animan.
De hermanada que está con el Paraguay, la ciudad no esconde contrastes. El parque automotor es prueba cabal. En un semáforo, donde una artista callejera ofrece sus encantos a cambio de una moneda que ha de andarle escasa, una Gran Cherokee espera junto a un Renaul 4, gastado, que todavía tiene la patente de seis dígitos, con la letra “N” refugiada tras la mugre colorada de la tierra.
Rusos, alemanes, ucranianos, polacos, locos, testarudos, pioneros, soñadores, emprendedores, llegaron a lo que se llamaba Trincheras de San José, hace tanto que nadie es capaz de recordar cómo era lo que ahora se recibió de ciudad. Pero eso sí, todos coinciden, abriendo los brazos ampulosamente, que se parecía a una nada así de grande.
La Catedral de Posadas tiene influencias arquitectónicas italianas y francesas, los boulevares homenajean en sus canteros centrales a los ucranianos y los polacos, los vendedores de chipá mantienen presentes a los guaraníes. Las caritas de la calle rememoran a los alemanes. Es que estamos en la tierra de los que siempre están viniendo, de los nietos de fundadores o bisnietos de dueños del encanto de la tierra.
Ya es de noche en Posadas. Antes de irse a dormir nos deja las primeras pinceladas que se piensan en un boliche frente a la plaza, donde un par de músicos obsoletos y desafinados le cantan baladas a la lluvia y a las señoras solas. Nada que no pase en ninguna ciudad.
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