Hombres sensibles de San Luis
Luis dice que es “chorrillero”. Del Chorrillo, el pueblito que queda a la vuelta da la esquina de San Luis y que ha de llamarse así por ese viento frío que a veces visita a los puntanos y los obliga a meterse adentro de las casas que construyó el Adolfo para no salir volando. Y Luis se mueve todo el tiempo como su viento pero, a su pesar, no es frío como el Chorrillo, sino un tipo cálido como el Zonda.
Les presento a Luis Vilchez, el tipo que fue al supermercado como vas vos, o como voy yo, pero a la vuelta escribió: yo considero que reír/es más hermoso que llorar/y me parece altamente/positivo ver a un niño/calentito en la estufita/del hogar de amares/que un niño trabajando/con tres años de desgracia/en sus espaldas/o pordioseando la limosna/de la insensibilidad/
Yo creo que hay que hacer/un semillero de nacionalidad/y buscar soluciones/para estabilizar la poesía/de este mundo humano/hundido en la deshumanización/de la alegría/Mudo mundo que le quita la paz a estos versos/que hoy escribo/y la comida al iño que anoche vi/en el súper mercado Padilla.
Luis Vilchez abre las puertas de su casa, presenta a sus hijas y su compañera que más se le parecen una extensión de su cuerpo, invita cerveza y da su declaración de principios: es poeta panfletario, lee a Roberto Jorge Santoro, ama a Silvio Rodríguez, cuestiona los poetas de café que no se comprometen con ese hombre nuevo que no se cansa de buscar.
Luis Vilchez hace una revista con Mónica, su poeta/compañera/amada/amor, ha escrito dos libros de poesía que ha atado y pegado él mismo prolijamente con la colaboración de una máquina que inventó un poeta amigo y tiene otro inédito, que va a venir, porque no hay otro remedio que creerle a un poeta que afirma algo con semejante convicción.
En San Luis, donde el cemento de la obra pública suele esconde la mugre de los hombres socios de un poder feudal que espanta, vale detenerse a conversar con tipos como Luis Vilchez, porque los hay, claro, pero sobre todo porque demuestra que siempre es posible inventarse un oasis de aires floridos donde todo parece oler a podrido.
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