Hua Hum
El cielo, cómplice de la belleza, se ha azulado más de la cuenta para acompañar a los que quieran llegar al paso de Hua Hum y acercarse a una cascada que se promociona con pompas. Será cuestión de probar. Son 45 kilómetros de un ripio endiablado en unas partes, húmedo y menos hostil en otras, donde el sol no da nunca y el agua de deshielo cae a la ruta.
Es una distancia breve como para albergar tanto. Que los cerros nevados lo custodian todo, que según golpee el sol éstos lucen de uno otro color lo hemos contado varias veces ya. Igual, no deja de sorprender. Pero todo junto aquí es demasiado. El Lago Lácar ha escondido playas arenosas como las de un mar calmo y el bosque se torna tan denso que a veces techa la ruta de verde.
Al cabo de un buen rato estaremos, casi extasiados, en el límite con Chile. Se supone que todo termina allí. Sin embargo, empieza. Después del control aduanero hay todavía unos kilómetros que pertenecen a la Argentina. Cien metros después del paso, hacia la izquierda, comienza un camino que más es una huella, pedregosa y ondulada. Por entre el toldo de arrayanes o cipreses se cuela el sol y dificulta la visión.
Hay que sortear un puente que al menos avisa que no se podrá pasar si uno lleva más de 2 toneladas. Lo nuestro no es para tanto y ahí vamos. El puente enclenque se refleja en el lago que hay bajo su base y las tablas crujen. Uno teme que los cimientos en este lugar donde lleven 3 mil milímetros por año estén putrefactos. Felizmente el temor es infundado. Sigamos.
Ahora el río Nonthué nos acompaña los pasos. Pronto un vergel que se hace pasar por playa de estacionamiento indica el arribo a la tan mentada cascada. Pero la cascada no aparece, aunque ya se siente su ronroneo. Los carteles anuncian que una caminata en ascenso de dificultad “media” es el nuevo precio a pagar para verla. No será cuestión de quedarse en la orilla, y allá vamos.
Un pasadizo circundado por una arboleda de cuentos de hadas son la escolta. La subida es ardua pero la oxigenación del lugar hace que enseguida el viajero agotado cambie el aire. La cascada se hace oír con más insistencia. Se dice de ella que trae agua del lago Queñi, de más arriba, y que la vuelca abruptamente en un salto de 40 metros para hacer nacer el río que estamos bordeando.
De pronto, una vuelta más del camino y está ahí. Una espuma líquida imponente, verde o turquesa, azul o celeste, según la tome el sol. Un marco fastuoso de morros verdes donde jamás ha de haber pisado hombre alguno. La naturaleza tal como fue concebida. Una presión hipnótica que retiene por horas a los que saben bien mirar. Y ningún japonés cerca, lo que indica que la soledad del hombre es tal que parece engrandecer más el sitio.
Émula de los saltos de Iguazú, esta catarata está ahí, también sola, como el que mira. Hay que volver porque cae la tarde y el retorno sin luz solar puede ser peligroso. Todavía azorados desandamos el camino, pasando otra vez por este cruce aduanero que una vez se hizo bien famoso. Pero los motivos serán temas para mañana. Hoy no cabe un ápice de asombro más en la mochila del cronista, después de la Cascada de Chachín.
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