HUMPHREY BOGART POR TRUMAN CAPOTE
Si uno escucha atentamente le vocabulario de cualquier persona, se dará cuenta de que se repiten ciertas palabras que son como claves de su personalidad. En el caso de Bogart, cuyo mordaz diccionario personal resulta absolutamente imposible de publicar, dos de esos hitos verbales eran “inepto” y “profesional”. Dado que era un hombre muy moral (exagerando un poco podría decirse remilgado), empleaba “profesional” como medalla de platino para ser otorgadas a las personas cuyo comportamiento él aprobaba. “Inepto”, lo contrario de un espaldarazo, significaba en el, un disgusto casi lacerante. “Mi viejo” dijo en cierta ocasión refiriéndose a su padre, que había sido un respetable médico de Nueva York, “murió con una deuda de diez mil dólares y yo tuve que pagar hasta el último centavo. Un tipo que no provee de lo necesario a su mujer y a sus hijos es un “inepto”. Ineptos eran también los hombres infieles a sus mujeres y los que estafaban a hacienda, todos los quejitas y los chismosos, la mayoría de los políticos y los escritores, las mujeres que bebían y las que despreciaban a los hombres que bebían. Pero el inepto más inepto era el hombre que no sabía hacer su trabajo, que no era, con el estilo más meticuloso un “profesional” de aquello a lo que se dedicaba. Dios sabe bien que el lo fue.
No importa que jugara al poker hasta el amanecer y tomara coñac como desayuno: siempre llegaba a la hora al estudio, arreglado y sabiéndose a la perfección el papel que interpretaba (que era siempre el mismo por supuesto, aunque no hay nada más difícil que seguir despertando interés a pesar de repetirse). No, Bogart nunca tuvo un ápice de “inepto”. Fue un actor sin teorías (bueno, tenía una: que debía cobrar mucho), sin mal genio, aunque no desprovisto de temperamento, y como comprendía que la supervivencia artística depende de la disciplina, permanece, ha dejado una huella. .
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