Igualitos al Corredor
Paula tiene 14 años. La misma edad que tenía Leticia, su mamá, cuando la tierra se puso a temblar como ante cualquier primera vez. Si bien Paula vivió muchos terremotos porque en la zona de Caucete –aunque a veces de modo imperceptible- la tierra tiembla 20 veces por día, Paula sabe mejor que nadie la sensación que precede a un temblor.
La mamá de Paula está segura que fue ella la que le transmitió a su hija la secuela psicológica del terremoto. “Yo no tuve traumas, pero de los 70 muertos que hubo he visto 50. Y creo que esto me ha hecho pasarle inconscientemente el miedo a mi nena”, dice esta docente que le ha dado a Paula dos hermanitos que también tienen miedo que la tierra se sacuda como aquella vez.
Dice Paula –mientras cocina una torta para los forasteros- que ella sabe muy bien cuando se producirá un sismo. Es un segundo antes, pero ese segundo se parece a todos los años que ella tiene ahora. “Hasta los grillos se callan y los perros empiezan a llorar”, la ayuda su mamá en el relato. Paula frunce el ceño y se estruja una mano con otra como si un temblor estaría por venir.
Tras el silencio, con el que se solidarizan los árboles, declarándose en huelga de ramas caídas, sobreviene un rugido desde abajo del suelo, como si todos los tigres del mundo se pusieran a gritar al unísono. Después todo se mueve o todo se cae y todo se hace polvo, como aquella mañana de 1977, cuando –ahora cuenta Leticia- “la calle se hacía olas de asfalto y de la tierra salía un agua hirviendo y olorosa”.
Después vino la reconstrucción. La oficial y la del pueblo. Y ahí aparecen las semejanzas con el pos inundación de Santa Fe. Los lobos se pusieron traje de cordero un par de días y los solidarios lo fueron más. Si bien un terremoto es impredecible y una inundación no (¿verdad Lole?), el después tiene similitudes.
Desde el discurso, en Caucete, el gobierno instruyó a los medios sobre lo que había que decir y lo que no. Me lo están contando y me recuerdo al ministro Carranza, rodeado de grabadores, diciendo que “había desencontrados” y que “había que tener mucho cuidado con lo que se decía para no alarmar más aún”.
Claro que en el país mandaba Videla por entonces, y en nuestro pago Reutemann. O sea, si algún osado hablaba de más en Caucete lo pasaban a degüello y en Santa Fe –gracias Lole- apenas se tenía que ir a trabajar a otra parte. Pero el discurso fue el mismo, en dictadura militar o democracia reutemista: tergiversar para confundir y cultar para desinformar.
Y misma fue la ignominia de la reconstrucción. Con el dinero como extorsión y la ayuda material vinculada a los vaivenes de la política. Deolidia Martínez, especialista en salud mental de CTERA dice que “no han quedado trabajos en Caucete de esa índole”, quizás porque los milicos lo hubieran impedido, con la perorata de que “hay que mirar para adelante y nada más”, así como nos dijeron a nosotros que, testarudos y convencidos, seguimos echando la vista al pasado, para remorderle las conciencias a los que incluso serían capaces de hacer temblar la tierra, como todos los días en Caucete.
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