“IN VINO, VERITAS”
De la arcilla a la botella
“Entonces dijo Dios a Noé: “Sal del Arca, con tu mujer y tus hijos y las mujeres de tus hijos (…), y a partir de estos tres hijos de Noé se pobló toda la tierra. Noé se dedicó a la agricultura y fue el primero que plantó una viña, pero cuando bebió vino se embriagó y quedó tendido en medio de su carpa”. (Génesis IX, 20)
Estudiado, adorado, respetado y aún temido desde las profundidades remotas y con propósitos ocultos en la bodega de la humanidad, el vino asombra por el ensalzamiento entre el brebaje y sus mitos.
Si su materialidad propia de líquidos sugerentes traspasa un cúmulo de sensaciones intuitivas, ¿cuál es esa otra parte del objeto que significa el vino?
Mirar al trasluz una copa cristalina repleta de rojo intenso, vivo y cubierto. Mezclar el aroma donde las frutas dirigen una sinfonía opulenta. Oler la seducción. Sentirlo. Envolverse. Besarlo. Olvidarlo. Perderse.
La instancia de partida ya como excusa, o un pilar. El sostén de la contradicción. La contrapartida de su serena claridad de ser. El propio acto de saborearlo engendra la oscuridad presente en su designación. El vino como existente contornea innumerables evocaciones más allá de la aparente sustancia que lo afirma.
Vestigios de especies salvajes de viña primitiva, como la “vitis vinífera”, calmaron en tiempos añejos la sed aterciopelada. Dionisios se lo regaló a los griegos. Para los sumerios, la diosa Gestín quería decir “madre cepa”. En Egipto el dios del vino era Osiris, y el fruto de la uva eran las “lágrimas de Horus”. Baco recibió las veneraciones populares de los romanos. Noé tuvo su plantación de viña propia, y el ascético Jesucristo hizo del vino un milagro.
Mitología y religión siempre establecieron una simbiosis fundacional con el vino. Preguntarse quién vino antes sería rondar el brevísimo lapso entre el huevo y la gallina.
Previo a la escritura, la rueda y, quizás, el fuego, el conocimiento técnico de la vinificación resultó la vanguardia de las producciones anteriores a la aparición del evolucionado Homo Sapiens.
“Es posible imaginarse a un hombre de la Edad de Piedra depositando unos racimos maduros en algún tipo de recipiente -pote de arcilla, bol de madera u odre de piel- y dejándolos fermentar. (…) Después de unos días, el líquido obtenido será una especie de vino. ¿Quién fue el primero que bebió ese zumo excitante y delicioso? No lo sabremos jamás, pero él vivió posiblemente la experiencia de la primera resaca”, resume la ‘Enciclopedia Larousse del Vino’.
Deidades alucinadas
“El vino es la defensa de la verdad, tal como ésta es la apología del vino”
(Sören Kierkegaard)
La efectividad de los actos religiosos se vio altamente favorecida gracias a la incorporación de bebidas fermentadas a su ritual. La embriaguez fue, entonces, el primer contacto de nuestra especie con Dios. El inexplicable suceso de la revelación. El brindis fiel a Su Salud.
En los inicios de la vinificación, los terráqueos fueron sorprendidos por la confusión del mosto extasiado; y, con él, los ejes témporo-espaciales se vieron distorsionados por una realidad tanto más agraciada y enigmática.
Perplejos y casi obnubilados como por cánticos de sirena, la certeza inmediata de un ser superior inspiró sus creencias. Tanto en las contingencias de los cultos, los sacrificios y las fiestas de homenaje a los dioses, como en la magia y la adivinación, el vino fue un paladín necesario para estimular “más allá” a la fe.
“La vida es una borrachera y la muerte su resaca”
(Mika Valtan)
Hay quienes afirman que el vino es una bebida simple, común y corriente, ya que consiste en un jugo de uva fermentada, resultado de una transformación biológica sencillamente natural. Predicadores de la fortuna que la pérdida de vigencia legendaria conlleva por el transcurso en paralelo del culto científico in crescendo, profesan bajo la enología la desaparición de lo nebuloso; el fin de las fantasías tradicionales del vino.
Sin embargo, otros tantos eluden el ocaso de la persistencia de su parte no bebible. Beethoven le dio más tintes al vino. Dicen que dijo: “La música es una revelación superior a toda ciencia y filosofía, el vino que inspira para nuevos procesos creadores. Y yo soy el Baco que extrae este vino glorioso para la humanidad y la emborracha espiritualmente”.
En el cristianismo, el vino es dogma: pecado que no devino. Es la sangre inmortalizada de Cristo, amén al placer histórico de su Vicario en las viñas del Señor. Y para el resto —nosotros, las no-deidades—, el vino tinto es, por su composición y los valores nutricionales, la substancia más parecida a la sangre humana.
Fuente de inspiraciones tan polémicas como variadas, el mérito cultural del vino se acerca cada día más a lo simbólico-identificativo. Disminuye su valor relativo puramente físico. La espiritualidad del vino es legendaria. La transformación de la glucosa de la vid en alcohol, y el recorrido de ese brebaje por nuestras venas resulta, tal vez, la condición primaria de su propia metafísica. La exculpación de la perplejidad que su resaca despierta.
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