INDEPENDIENTE, CON BRILLO Y CONTUNDENCIA, GOLEÓ A ESTUDIANTES EN LA PLATA
Por Independiente, por Estudiantes, por Pastoriza, por Bilardo, por los viejos buenos duelos… Estaba cantado: este partido iba a hacer historia porque parecía escapado, valga la redundancia, de la sabrosa historia del fútbol. La gente así lo entendía, así pedía jugarlo. Y, en definitiva, así lo vivió.
Fue una tarde histórica la de La Plata. Por Independiente y su arranque apabullante y su sobredosis de goles. Por Estudiantes y ese empuje que no le alcanzó. Por Pastoriza y su mística, ese raro fantasma que no se ve pero se siente. Por Bilardo y sus fallidas ganas de darlo vuelta. Por ser este vistoso, tenso y emotivo 4-1 otro gran duelo de colección.
¿Por qué lo ganó Independiente? Porque, buceando en sus propios éxitos añejos, recuperó aquella buena memoria futbolera y, no conforme con eso, resucitó por 45 minutos la magia de Bochini. ¿O acaso en ese primer tiempo brillante Damián Manso no pareció el Bocha por cómo usufructuó la camiseta 10?
Justamente en Manso —debió salir en el entretiempo por un dolor en el cuádriceps— fue en quien Independiente empezó a ver la luz que lo conducía al triunfo, con punta incluida. En un equipo que de entrada se vio acorralado por Estudiantes y que por eso se fue acomodando para responder de contrataque, Manso era gambeta en medio de tanto roce. Era deleitar a propios y enloquecer a extraños. Era la llave ante tantas puertas cerradas.
A Manso le hicieron el penal (Aquino, luego de que el Piojo recibiera de Losada) que el capitán Quinteros transformó en el 1-0. Fue el 10 quien se la robó a Krupoviesa y alargó para Ríos (tras el despeje de Docabo, Christian Giménez remató al 2-0). De ahí su condición de figura: a diferencia de los jugadores que entran en el segundo tiempo para cambiar un partido, antes de irse lesionado él definió el pleito, sin tanta ayuda de los compañeros y con distracciones inentendibles del fondo local. El daño a Estudiantes ya se lo había hecho: el León había quedado malherido.
Estudiantes, que ayer no sacó provecho de la capacidad goleadora del Tecla Farías, salió a quemar las naves en el complemento. Y estuvo cerca de enderezar el rumbo. Pavone le arrimó más peligro a Navarro Montoya —bien atajando el Mono, flojo en las salidas con el pie— del que antes le había arrimado Maceratesi. Con algún destello de Carrusca, más aportes espaciados de Sosa y un Fabbri que de a ratos jugaba de 9, encontró el descuento enseguida con una pelota parada: corner, mediavuelta de Colotto (previo agarrón a Bottaro) y gol.
Con el equipo local yendo más a los ponchazos que como los manuales mandan, Independiente redobló su apuesta al contraataque. Firme en el fondo, con Olarra impasable de arriba, el equipo del Pato era un avión pasando al ataque. Y eso que algunos jugadores sintieron el esfuerzo copero del jueves (4-2 al Cienciano).
Poco gravitante al comienzo, Jairo Castillo comenzó a tener chance al por mayor. Y a desperdiciarlas, claro… Porque atrás, Estudiantes estaba regalado. Dudaba. Pifiaba. Y, si iba al choque, perdía. Encima, a los 34 se quedó sin Aquino, por doble amarilla.
Docabo hacía lo que podía, como en esa de los 42 que le tapó a Castillo. Pero el rebote le quedó a Giménez, que eludió al arquero y definió con clase al lado de un palo (la jugada arrancó con Luppino perdiéndola ante Hugo Morales). Y a un minuto del final, Zurita pasó por primera vez al ataque, la tocó atrás y Losada, otra de las figuras, hizo el cuarto.
El Independiente de Pastoriza fue contundente y agradable para la vista. Y se volvió con triunfazo, punta e ilusiones. Sin desconocer, claro, que no es cosa de todos los días hacerle cuatro goles a un equipo de Bilardo.
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