INDEPENDIENTE GANÓ POR PUNTOS PERO TUVO FUERZA DE NOCAUT
A veces este juego pone la piel de gallina. Pero toda la piel, eh… La del cuerpo y la del alma. Y cuando hay tanto de por medio, cuando todo se sintetiza en la palabra clásico, un gol y el consecuente triunfo alcanza. Alcanza y sobra para destapar semejante desahogo. Y así fue el final. Rojo, bien rojo, por todos los rincones. Con los jugadores abrazándose con fuerza. Con la gente saltando y cantando sin parar. Con todo Independiente gritando, gritando, gritando como para que Racing, todo Racing, se sintiera dentro de la mismísima garganta del diablo.
Sólo el maravilloso mundo del fútbol, con sus folclóricas rivalidades, es capaz de escribir un epílogo así. Con un color y un fervor que pareció un broche demasiado grande para tan pequeño partido. ¿Pero quién pensó en desmenuzar el desarrollo de los noventa minutos en ese final de Avellaneda? Unos por tanto, y otros por tan poco, no estaban para andar rebobinando un encuentro chato, de vuelo bajo, que había ofrecido más imprecisiones que ideas. Los de Independiente, porque a esa altura del domingo tenían el pecho inflado de placer. Los de Racing, en cambio, porque se quedaron con el corazón hecho pedazos.
Y ahí siguen ahora, con muecas tan diferentes… Los de Independiente, con sonrisas de jactancia y recordando que el domingo anterior le habían ganado a Boca. ¿Qué importa hoy que entre un triunfo y otro haya quedado una derrota ante Gimnasia? Los clásicos todo lo pueden. Y si no, que lo digan los de la vereda de enfrente, los de Racing, que enhebraron ayer su quinta derrota al hilo. Pero como fue justo ante Independiente, el dolor vale doble. O triple. Vaya a saber uno por cuánto se multiplica…
Lo cierto es que Independiente ganó y el 1-0 abrió las puertas para un festejo mayúsculo. Lo que no abrió ninguna puerta, ni para unos ni para otros, fue el juego propiamente dicho. Porque fue malo el partido. Porque se corrió mucho y se pensó poco. Porque los nervios se impusieron a esa lucidez necesaria para construir juego asociado. Y por decantación, llegaron poco a los arcos y la pelota quedó sumergida entre despliegues de mediocampo.
Independiente, en este contexto, manejó mejor la pelota. Sin el brillo que pueden imprimirle Insúa y Losada al funcionamiento colectivo. Pero el equipo de Daniel Bertoni fue más prolijo, estuvo más concentrado, resultó más eficaz en las entregas. Y terminó ganando por puntos la pulseada. En el primer tiempo, un cabezazo de Abraham que tapó Lucchetti en la línea y un disparo alto de Barrado fue todo el riesgo que generaron. Después se abrió el partido. Al menos desde el costado emotivo.
Fue con el gol de Jairo Castillo, uno de los tantos jugadores que andaba desaparecido en acción. El colombiano recibió de Lorefice y metió el 1-0. Y el gol se encargó, solito, de profundizar las respuestas anímicas. En este sentido, creció Independiente y se derrumbó Racing. El buen juego siguió sin aparecer. Pero Fernando Lorefice y Sebastián Carrizo se adueñaron definitivamente del medio. Y Jorge Martínez se impuso por su lateral. Y los cambios, mientras le dieron nuevos aires a Independiente (con el ingreso de Martín Fabro, por ejemplo), aportaron más de lo mismo en Racing.
Tuvo incluso chances de aumentar Independiente pero resolvieron mal Fabro, Losada y también Insúa. A cinco del final Tomás Charles le cometió un penal a Araujo. El árbitro Gustavo Bassi, que hasta ese momento había dirigido bien, sancionó la falta pero fuera del área. Y todo siguió igual, entonces. Se fue expulsado Muñoz Mustafá por doble amarilla. Y punto. En esos instantes postreros Racing fue y fue hasta el arco de Navarro Montoya. Con su orgullo a cuestas, con la vista nublada, con los pelos de punta fue por ese empate esquivo.
Pero no hubo caso. Independiente se quedó con el clásico. Y Racing, reflejado en el desamparo de Fillol, se quedó sin nada.
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