INDEPENDIENTE LO DEFINIÓ CON DIEZ MINUTOS DE FURIA
Primero hay que creer. Tener fe, cimentar la ilusión y mantener viva la llama de ese fuego sagrado que desde hace un tiempo parece lejano, tibio en la piel, pero que es una tradición de esa camiseta roja. Para Independiente fue menester recuperar la confianza, hacer base en una circunstancia auspiciosa como ganar y después generar el crecimiento en lo futbolístico, en lo táctico, en los desempeños individuales y colectivos. Por eso el arranque, con esos dos goles casi hechos con carbónico que, en definitiva, definieron el partido, sirvió para devolver la alegría, para arrancar de las gargantas el grito sagrado del fútbol… Fueron dos tantos que llegaron cuando el partido entregaba un par de certezas: Almagro iba a presionar la salida de Independiente, con Sparapani, su jugador más creativo, tirado a la derecha. Independiente iba a moverse con Riggio por la derecha y con Federico Insúa más tirado a la izquierda, jugando por momentos de media-punta. Almagro casi no tuvo tiempo de desarrollar esa estrategia sin ser vulnerado en el resultado. La embocó Sebastián Carrizo desde afuera del área tras un rebote en Omar Gallardo que confundió a Martín Bernacchia. Fue el primer gol del ex Talleres en su quinto partido en Independiente. Un tanto que además de marcar la ventaja le devolvió la alegría a los hinchas luego de ese conmovedor minuto de silencio donde la figura del Pato Pastoriza volvió a caminar por la Doble Visera hecha dolor, recuerdo y agradecimiento. Y en el menú de sensaciones había un segundo plato elaborado por el
chef de Independiente. Por el que cocina las mejores gambetas, los amagues multicolores, los cambios de ritmo y las pausas menos pensadas. Volvió Federico Insúa y volvió la ilusión en la mitad roja de Avellaneda. Regresó el 10. Fue una ráfaga, otra jugada rápida, de posesión encarando hacia el área que coronó con un zurdazo seco, duro, que pegó en Joel Barbosa y se convirtió en otra carambola para desgracia de Bernacchia y felicidad de los locales. Y de allí en adelante, durante casi veinte minutos, con el impulso lógico y casi categórico que supone dos goles de ventaja, Independiente completó el menú con un par de jugadas del Pocho, que no tuvieron la consecución deseada en Castillo y Flores, que recibían siempre de espaldas al arco. Por eso, sobre el final del primer tiempo, volvió a crecer Almagro, aunque careció de sorpresa para llegar al arco rival.
Independiente plasmó la ventaja en el primer tiempo y la capitalizó en el segundo. En una cancha cansadora, ante un rival que no pudo ser protagonista, ejerció el control del juego bajo la consigna de mantener a sus rivales lejos de su arco. Y a medida que Insúa fue perdiendo aire (ayer fue su primer partido en Independiente tras su retorno y jugó hasta los 40 minutos del segundo tiempo) quedó más acotado en el plano ofensivo, pero con la confianza intacta en lo defensivo porque Orteman, Carrizo y Riggio tenían todo bajo control en el mediocampo y siempre estaba latente la posibilidad de un contragolpe. El postre fue un recuerdo hecho gratitud y llegó con el tercer gol de Jairo Castillo (su remate rebotó en dos jugadores de Almagro), quien se sacó la camiseta y dejó ver una remera con la inscripción Pato en el pecho…
Primero hay que creer y después crecer. Independiente ganó con claridad y, lo más importante de cara al futuro, recuperó a Federico Insúa, bastión del equipo que le dio el último campeonato, la última gran alegría, esa que ahora vuelve a asomarse con tibieza por la Doble Visera.
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