INDEPENDIENTE VIVE CON UNA CABEZA
Por respeto a la historia o sencillamente por piedad, aquellos viejos duendes de la Copa sobrevolaron Avellaneda. Para transformar una derrota dolorosa y preocupante en un empate que, al menos, ayuda a respirar. Y que por poco no termina en victoria. Para disimular falencias —de las grandes— y evidenciar aciertos propios y flaquezas ajenas. Para seguir en carrera. Aunque al momento del análisis, el alivio deba quedar de lado para dar paso a la imprescindible autocrítica. Independiente se fue encerrando en las limitaciones de su planteo y en el mérito del esquema rival, y sólo su amor propio, el empuje de su gente y aquellos duendes de las viejas batallas le dieron el punto que al final merecía.
Hubo de entrada un planteo que condicionó el desarrollo. Y no fue, curiosamente, el del oponente que cerró los caminos y achicó espacios con pulcritud. Se habla del erróneo diseño propuesto por Pastoriza: cuatro defensores en línea y con escasa proyección, dos volantes de marca, otros dos absolutamente desconectados entre sí y un generador de juego con pocas luces y menos compañías. Si la idea del técnico era poblar el propio campo y prevalecer en la pelea por la posesión, la cosa no funcionó: un empecinado Quinteros y un Carrizo al que esa camiseta parece quedarle demasiado grande perdieron ante cuatro uruguayos prolijos y ordenados. Errático Manso, activo pero impreciso Ríos, nada abastecido Castillo, Independiente se fue yendo en intentos poco punzantes, mientras Nacional se afianzaba en su idea y, con delanteros funcionando como pivot, acumulaba méritos como para ponerse arriba.
No mienten las anotaciones del primer tiempo: para Independiente, un tibio cabezazo de Carrizo; para la visita, un cierre agónico de Eluchans ante Romero y una gran réplica que arrancó en un quite de Aparicio y por poco termina en gol de Mello.
La lesión de Eluchans sobre el cierre de la etapa condicionó el desarrollo. Pastoriza ubicó a Losada en el lugar de Ríos, a éste en el de Giménez y al chaqueño como improvisado marcador de punta. Y así fue Independiente. Losada fue conducción por derecha, y cada arranque suyo desairó la decisión de Pastoriza de no incluirlo de entrada. Es cierto: cuando más cerca quedó del 1-0, porque lo tuvo primero Manso y enseguida Ríos, fue Nacional el que anotó a los 7 gracias a una escapada de Rariz que conectó el veterano Luis Romero. Pero el del segundo tiempo fue otro Independiente. Le puso el pecho a la ansiedad de su gente —que pasó de alentar a exigir—, porque ya no compartió el control de la pelota y empujó hasta fabricar tres claras situaciones de gol.
Pudo resolverlo Nacional en su única contra. Pastoriza sacó a Manso (¿por qué no Carrizo?) para poner al grandote uruguayo García, que erró dos goles casi hechos. Hasta que alguien le hizo un guiño al equipo lleno de historia, convirtió al más silbado en héroe por un rato por un cabezazo y casi coloca a Losada, figura de su equipo, como el muchacho de la película en el suspiro final. Fue empate. Para que el Independiente de las mil noches de Copa respire. Aunque necesite urgentes replanteos.
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