Inquieta a Gran Bretaña la ola de ataques racistas tras el Brexit
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El 27 de agosto, Arkadiusz Józwik conversaba en polaco con un grupo de amigos junto a la entrada de una pizzería al paso de Harlow, en el condado inglés de Essex, cuando fue atacado por un grupo de 12 adolescentes. Józwik, que había vivido en Gran Bretaña durante cuatro años, murió a causa de las heridas que recibió en la cabeza.
Al fin de semana siguiente, la comunidad polaca organizó una marcha en su honor por las calles de Harlow. Pero apenas horas después, otros dos polacos fueron gravemente heridos en un pub de la misma ciudad.
“Fue un ataque brutal y horrible”, afirmó Trevor Roe, uno de los responsables de la policía de Essex. Uno de los hombres tiene un tajo en la cabeza, y al segundo le rompieron la nariz. Como sucedió con Józwik, los dos fueron golpeados por un grupo de cuatro o cinco personas alrededor de las 3.30 de la madrugada. Pero el verdadero monstruo que guió la mano de los agresores fue el odio racial.
Los miles de ataques que se registran cada semana en Gran Bretaña ocurren en un contexto de aumento del racismo y la xenofobia que se produjo después del referéndum sobre el Brexit.
Las últimas cifras publicadas esta semana por el National Police Chiefs’ Council muestran que sólo en la última semana de julio hubo un aumento del 49% en los ataques de ese tipo (1863 incidentes), comparado con el mismo período del año pasado. La semana siguiente, el incremento alcanzó al 58% (1787 casos).
Las cifras, sin embargo, podrían ser mucho peores. Según Jack Dromey, “jefe de policía” en el gabinete fantasma del Partido Laborista durante tres años, “muchas víctimas tienen miedo de confesar públicamente, de modo que el número de agresiones podría ser muy superior”.
Hace dos semanas, la ONU declaró que el problema de los crímenes racistas no declarados persiste en Gran Bretaña.
Aunque lamentable, la situación actual no tiene nada de sorprendente. Los defensores del “leave” (partir) en el referéndum del 23 de junio centraron su campaña en el peligro de la inmigración y, en particular, de los procedentes de Europa del Este, que llegaron al país desde la ampliación de la Unión Europea (UE) en 2004.
Esos políticos pro Brexit echaron leña al fuego del miedo y los prejuicios de los británicos, utilizando la idea populista de que los problemas sociales y económicos del país “sólo podrían resolverse recuperando el control de las fronteras”.
Ahora, sumidos en un estado de incertidumbre e incluso de desilusión ante la falta de fechas precisas para la salida de la UE o de resultados instantáneos, muchos de esos electores manifiestan su frustración a través del odio y el racismo.
Chivo expiatorio
Si bien el blanco de esos ataques son todas la llamadas “minorías visibles”, el principal chivo expiatorio de los xenófobos son ahora los polacos, que se transformaron en pocos años en la primera comunidad de inmigrantes de Gran Bretaña, pasando de 81.000 en 2004 -año de la adhesión de ese país a la UE- a 831.000 en 2015.
Desde entonces, los polacos superaron en número a los indios (795.000 personas), que durante años formaron la principal comunidad de inmigrantes, seguida por otros ex territorios pertenecientes a la corona, como Paquistán, Irlanda, Bangladesh, Sudáfrica o Nigeria.
A esos grupos de migrantes se incorporaron recientemente otros países de Europa del Este, como los rumanos o los lituanos. En 2005, por primera vez, los 220.000 rumanos superaron en Gran Bretaña a los bangladesíes (217.000).
Contrariamente a estos últimos y a los indios, los recién llegados se encuentran mucho más dispersos en territorio británico. Mientras el 36% de los indios y el 42% de los bangladesíes viven en Londres, solo un 20% de los polacos residen en la capital.
En todo caso, la gravedad de las agresiones de Harlow tomó el rango de problema diplomático agudo entre Polonia y Gran Bretaña. Mientras el futuro status de los ciudadanos de la UE en territorio británico post Brexit sigue en el limbo, el ministro polaco de Relaciones Exteriores, Witold Waszczykowski, exigió a Londres que lance “una campaña de información para explicar que el Brexit no significa que la gente será expulsada u obligada a partir”.
Es verdad que la fuerte presencia de ciudadanos de la UE -cerca de tres millones en total- pesará sensiblemente en las futuras negociaciones sobre la salida de Gran Bretaña del bloque. Consciente de ello, ya en julio la primera ministra Theresa May había condenado las agresiones racistas post Brexit, al calificarlas de “vergonzosas”.
La semana pasada, en Varsovia, el ministro británico de Relaciones Exteriores, Boris Johnson, afirmó que “Londres es la ciudad más acogedora y más multicultural del mundo”, y que “no hay lugar para la xenofobia”.
Nadie sabe si esa contramarcha de quien fuera uno de los principales ideólogos de la campaña por el Brexit alcanzará para convencer a sus vecinos europeos.
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