INSISTEN EN QUE EL CRIMEN DEL JOVEN BOLIVIANO FUE UN ACTO DE XENOFOBIA
El Ministro del Interior, Aníbal Fernández, calificó el asesinato brutal del joven boliviano de 24 años, Beimar Mamani, como un hecho “de repugnancia” y lo condenó como un acto “de fuerte comportamiento xenófobo”. Dijo también que se trató de “una muerte a manos de bestias contratadas para ejercer la fuerza y demostrar que son los reyes de la noche”, y advirtió que “Argentina no es un país cualquiera. Aquí no se condena a nadie ni por portación de cara ni por su condición social”.
El asesinato de Mamani fue provocado, según denunciaron sus amigos y familiares por personal de seguridad (“patovicas”) del boliche de música tropical, Fantástico Bailable de Plaza Once.
Anoche, poco antes del cierre de esta edición trascendió que cinco individuos de la empresa Conducta SRL,cuyos servicios habían sido tercerizados por Fantástico Bailable, fueron identificados por la Justicia como los presuntos agresores de Mamani. La orden para su detención estaba a punto de ser librada.
Después de la donación de sus órganos decidida por sus familiares, los restos de Mamani, fueron trasladados a la Iglesia Santa María Madre del Pueblo del Bajo Flores para ser velados. El muchacho había nacido en Potosí (Bolivia), vivía desde hace seis años con Reny Delgado (21) con quien tuvo dos hijos: Yanina Belén (5) y Tomás (3). Mamani será enterrado hoy a las 15 en el Cementerio de Flores.
“Las últimas palabras que Beimar le dijo a mi hija, Reny, cuando llegó a casa a las 4 de la mañana del sábado, fueron, ‘Patovica, Negra…’, ‘Patovica, Negra…’. Su forma cariñosa de nombrarla siempre era “Negra” y aún sintiéndose tan mal como se sentía no olvidó del amor por ella”, contó a Clarín, Julia Lascano (43) la suegra de Beimar. La mujer dijo también que cuando vio a su yerno cubierto en sangre, llamó por teléfono a su madre, Teófila Fernández. “Cuando mi consuegra me llamó, le conté a mi marido. El se enojó me dijo: ‘¿¡Qué anda haciendo tu hijo en esos boliches?!’. Y yo salí así como estaba. Corriendo y en camisón. Apenas lo vi, le pregunté: ‘¿Qué pasó, hijito? ¡¿qué te hicieron?!’ y él se agarró la cabeza y respondió bajito, ‘Patovicas’ y ‘Palo’. Entonces, lo miré y le dije, ‘¿Pero es que no pensaste en tu hijo antes de ir allí?’. Y esa fue la última vez que vi a mi hijo abrir los ojos. Miró hacia donde estaba su chiquito y los volvió a cerrar. Luego corrimos al hospital”, relató la madre.
A su lado estaba su esposo, Timoteo Mamani, muy triste. “No vamos a parar hasta no ver al asesino de nuestro hijo en la cárcel. Queremos justicia. Hubo discriminación porque los muchachos del grupo de Beimar, todos bolivianos, preguntaban por qué sólo a ellos los habían echado, y no a los que habían comenzado el problema. Nadie respondió. Los patovicas están para proteger a la gente, no para asesinarlos”.
La charla con la familia de Beimar transcurrió bajo el sol implacable que castigó ayer a Buenos Aires, frente a la villa 1-11-14 donde viven. Entre el grupo de chicos que jugaban al carnaval y se corrían con bombitas de agua, estaba Tomás Mamani, el hijo de Beimar. Por la mañana, los parientes y vecinos habían cortado la Avenida Cruz. Exigían justicia. Aún las llantas quemadas despedían su hedor.
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