Intoxicados y ofendidos
Jorge Rodríguez es un padre de familia que trabaja como albañil y vive en la zona oeste de la ciudad, más precisamente, en barrio Alfonso. Días atrás el hombre hizo una pequeña provista -en el almacén de la esquina-, y entonces no olvidó comprar un bombón -helado-, para su hijo adolescente.
De vuelta en casa Rodríguez y el muchacho cenaron juntos, y juntos, en la penumbra de una habitación, se sentaron ante el televisor. En eso estaban, distendidos, cuando el chico atacó el postre. Rasgó el envoltorio de papel, lo llevó a la boca y lo saboreó con deleite. “Viejo -diría en seguida-, Mira qué bueno, ahora este helado viene con una especie de granizado. ¿Querés probar?”.
Rodríguez entre distraído y cansado como estaba al cabo de una larga jornada de trabajo, aceptó el convite. Mordió y tironeó con los dientes. Algo elástico y fibroso resistía ahí adentro. Sospechó lo peor, sintió un escalofrío, pero venció la repugnancia y encendió la luz.
No era una rata, pero padre e hijo estupefactos, intercambiaron unas pocas palabras tratando de explicarse el uno al otro qué podría ser aquello, ese cuerpo extraño que asomaba del bombón. Por fin, ambos se pusieron de acuerdo, eso era lo más parecido a la pata de una rana. La pata que quedaba, porque la otra, seguramente había sido tragada por el muchacho que -demasiado impresionable-, se descompuso en el acto.
Rodríguez consiguió tranquilizar a su hijo y le aconsejó que se fuera a descansar. Luego regresaría al almacén para exhibir el helado portador de tan desagradable sorpresa y también, para pedir las explicaciones del caso. El almacenero, ante la oprobiosa evidencia, pidió disculpas y llamó a fábrica.
Tras ello, Rodríguez se retiró y todavía rumiando su malestar y desconcierto impuso a su hermana acerca del extraño suceso. Entre ambos decidieron conservar la evidencia en el freezer, pero antes registraron una toma de video del curioso bombón con patas.
El día después empezaron los problemas. El chico empezó a manifestar síntomas alarmantes: vómitos, náuseas y mareos. Y aquello ya no era sugestión. Al sanatorio llegó deshidratado y con un cuatro de gastroenteritis del que habría de salir recién unos días después.
Con el alta médica que devolvió al chico a su casa, llegaron empresarios que, con intenciones poco claras, entrevistaron a los Rodríguez. En principio, éstos recuerdan que los heladeros pidieron disculpas, lo que estuvo bien, pero en seguida reclamarían el bombón para llevarlo con ellos.
Rodríguez nos contó que en el mismo momento sospechó una maniobra artera. íPara qué lo querían?, preguntó. “Esto es un sabotaje y necesitamos la prueba para sumariar al que lo hizo”. El albañil que recordó haber perdido cuatro días de trabajo mientras duró la internación del chico, se mantuvo en la suya.
Entonces fue que uno de los empresarios se salió de las casillas y en un arranque de sinceridad dijo claramente cómo veía las cosas: “Mire, de mi bolsillo no va a salir nada. El que tiene que pagar es el que hizo esto y eso va a ser después que lo eche, pero si usted no colabora…”.
El albañil hizo un repaso de la situación y se mantuvo en sus trece. La situación no daba para más y el empresario -cuenta Rodríguez-, perdió la línea. “íQuiere saber lo que me dijo? -preguntó- Me dijo que los negros inundados del oeste durante meses comimos moscas, cucarachas y hasta ratones y que por eso ninguno de nosotros se había muerto. ¿Hacía falta eso?”.
Ahora Rodríguez acudió a un abogado para que tome su caso y lo presente en Tribunales. También estuvo con nosotros para que lo ocurrido tome estado público: “No voy a dar nombres, no viene al caso, pero me pregunto -dijo-, ¿dónde están los controles y quién responde por esto?”.
Finalmente, Rodríguez deploró que a la intoxicación de su hijo siguiera el insulto como única respuesta. Mientras tanto la rana freezada espera su turno para ir a la Justicia.
José Luis Pagés
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