JAIME ROOS DESATO UNA FIESTA EN EL LUNA PARK
Los “once” salieron del camarín-vestuario, saludaron a la tribuna y formaron para los fotógrafos. Después el capitán se ubicó en el centro, dio indicaciones furtivas con la cabeza y, más que conducir, se dedicó a disfrutar el show que enloqueció a más de 6.000 espectadores.
El disfrute de Jaime Roos —un obsesivo confeso— se sustenta en el relajamiento que provoca un show archiprobado que, como su álbum en vivo Concierto aniversario, funciona como un grandes éxitos inapelable. La propuesta es festiva desde la primera murga hasta la última milonga. En el medio son dos horas y media de la cosmogonía Roos, ésa que integra la temática del barrio, el mostrador y el fútbol con el amor espiritual (Si me voy antes que vos), el paso del tiempo (Adiós juventud), la melancolía penumbrosa de tres vidas rotas (Las luces del estadio). El pincel nunca se desvía al trazo grueso; más bien se desliza por sutilezas, como la frase dicha como casualmente en el puente que une Las luces del estadio con la bellísima melodía de Se va la murga: “¿De-qué te-reís?”.
Entre las tragedias que habitan en los pliegues de las historias que cantan las estridentes y entonadísimas voces murgueras (notable Freddy Bessio), el costumbrismo de sainete de Calle Yacaré, la crítica fina de Milonga del pelo largo (de Dino Ciarlo), El hombre de la calle o La hermana de la Coneja, la épica futbolera de Cuando juega Uruguay, Al Pepe Sasía y Cometa de la farola, Jaime Roos cuela dos diamantes que en ese contexto de fervor refulgen de un modo distinto, quizá con la austeridad que suelen tener las canciones de arquitectura perfecta: Piropo y Milonga de Gauna (que escribió para El sueño de los héroes, de Sergio Renán).
El concierto del viernes fue el primero de la larga despedida de Jaime Roos de este show y de buena parte de este repertorio para encerrarse a terminar su nuevo disco. Roos ha dicho que le gustaría algún día hacer pequeños recitales con los “temas escondidos”, los lados B, las canciones que se deslizan por su generosa discografía como señales de un universo artístico de una calidad infrecuente y del que este show es apenas una síntesis apretada y digerible. De todos modos, sería injusto pensar al uruguayo como condenado a sus hits, simplemente porque esos hits y esa repetición de gestos ocurre con temas de la talla de Los olímpicos, Amándote, Colombina, Los futuros murguistas, Durazno y Convención.
Punto máximo de una minuciosa conquista que comenzó hace más de 15 años en boliches para cien personas, el Luna Park es otro hito consagratorio en la historia de Roos en la Argentina. A esta altura, a las palabras conquista o visita habría que eliminarlas: hablando de Montevideo, Jaime Roos logra penetrar el alma porteña. Las canciones funcionan como un juego de espejos, guiños oblicuos que —como la Milonga del pelo largo— se potencian por ejemplo sobre la calle Bouchard, con ese tipo envuelto en una frazada como un canelón, que tiene frío y no se queja. Ya no se queja.
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