"JAMÁS TRAICIONARÍA EL VALOR DE LA MEMORIA"
No es casual que la casa que, literalmente, lo vio nacer, hoy lo refugie en la vida. No es que se haya quedado. Es que hace unos años ha elegido volver. Volver a su tierra, a su viejo caserón de la infancia, a activar los recuerdos, a ejercitar la memoria. Y ahí, en esa combinación de verbos, lugares y actitudes, se sustenta la figura de un hombre que puede ir, irse, regresar o no, o elegir no estar si se quiere, porque, a esta altura de su sabiduría, bien sabe para dónde va. Y entonces Pepe Soriano sonríe cuando se entera que la TV, el medio del que tomó distancia, mañana lo tendrá nuevamente en pantalla. “Yo no negocié nada con ningún canal, ni pedí nada. Hice un trabajo independiente que me enorgullece y alguien resolvió que se viera. Digamos que llego de un modo sesgado. Se abrió una puerta sin que haya golpeado”, confiesa el actor que transitó sus 54 años de carrera a fuerza de coherencia. Un militante que rompió el molde.
A 6 años de su último papel televisivo (en la comedia Trillizos), mañana a las 23.30 reaparecerá como protagonista de 6-Holocausto, el filme que articula ficción y testimonios sobre las víctimas de ese genocidio. “Esas son las historias que me gustan contar, historias humanas, de dolor… Historias que hay que recordar. Y, si es posible, con la menor cantidad de efectos y envoltorios brillantes. Eso está bueno, pero a veces confunde. Si yo hablo del Holocausto quiero que se sepa qué ocurrió verdaderamente. Como si hiciera algo sobre la dictadura militar. Tiene que quedar en claro que hubo 30 mil desaparecidos. Y eso obliga a no olvidar. Yo jamás traicionaría el valor de la memoria”, sentencia aferrado a sus convicciones, con un tono firme que diluye la suave melodía que el equipo de música desgrana de fondo. Hasta hace un rato, la música se dejaba oír. Ahora hay una voz que no amerita distracciones.
De camisa y zapatillas negras y una agilidad que puede poner en duda los 76 años andados, Soriano abre las puertas de su casa y ventila sin egoísmo alguno los secretos por los cuales parece sonreír la Santa Rita que se trepa por la medianera. Toma café, regala chocolates y un puñado de frases que hacen foco en su oficio, pero dan cuenta de un estilo en la vida. Una vida que comenzó en este lugar, cuando las maderas que ahora están en el techo antes formaban parte de la pinotea del piso. Una vida que siguió por Europa cuando su ideología lo alejó de la complacencia y lo llevó a soportar el exilio como pudo. Una vida que lo hizo volver “cuando necesité reencontrarme con mi gente, con lo que soy. A mí me encanta la Argentina. Aquí quiero trabajar… pero no a cualquier costo, claro”.
Cuando habla de a cualquier costo se refiere a las concesiones que no quiere hacer para trabajar en la televisión de este tiempo: “Ahora se busca mucho el impacto, no se cuidan los contenidos, no se cuida a los artistas, por momentos se desprecia la calidad. En el 64, por ejemplo, hicimos Hamlet en Canal 13, con Alfredo Alcón, Bárbara Mujica y Juan Carlos Gené. Yo a veces pregunto, si pudimos armar eso hace 40 años o pudimos hacer Romeo y Julieta con María Herminia Avellaneda, ¿por qué no podemos representar clásicos o probar con adaptaciones de Mario Benedetti?”.
– ¿Y qué te contestan?
– No, qué va, no te contestan nada directamente.
– Pero, ¿llevaste propuestas?
– Mirá, cuando volví de España, en el 93, un señor del que no recuerdo el nombre, un tipo que pisaba fuerte en la televisión, me convocó y me preguntó qué quería hacer. Humildemente, le dije que yo, a lo mejor, quizás, tal vez, tengo la posibilidad de llegar a Gabriel García Márquez, que es un autor que puede plantear gran interés en el público. Y ¿sabés qué me dijo? No, gracias, nosotros no trabajamos esa línea. Me dio una serie de nombres locales que yo no conocía. La cuestión es que no me llamó nunca más.
Flamante ganador del ACE por su papel en la obra Visitando al Sr. Green, reconoce que “esta tele no me interesa. Y tampoco me convoca y no porque yo sea caro. Creció demasiado el costado del negocio y como el concepto que manda es absolutamente comercial, yo no tengo mucho que hablar ahí. Cómo iba a ir a discutir de un teleteatro con Macri padre, si él fabricaba automóviles o se ocupaba del correo. Como se hablan de cosas distintas, ya no hay mucho diálogo posible. Sé, de todos modos, que hay excepciones. De hecho, la productora de 6-Holocausto (Insignia) está hurgando en temáticas sociales, en el compromiso, son muchachos que nivelan para arriba”.
Más allá de los treinta programas que realizó en la Argentina, la pantalla chica española también lo tuvo como una de sus figuras, como cuando participó en Los gozos y la sombra. “Tardábamos un mes por capítulo. Interesaba mucho el tiempo de elaboración. Ahora, por ejemplo, a mí me resultaría imposible estar en una telenovela”, comenta y compara: “Imaginate que ahora te piden una nota. Si la tenés que entregar esta noche porque el diario cierra hoy a las 12 es una nota, pero si te dan una semana es otra nota. Quizás más rica, quizás mejor o no. Pero vos tenés chance de probar, de elegir. La búsqueda, la creatividad, la manufactura de las cosas requieren su tiempo. La telenovela argentina, hoy, es el antitiempo”.
Mientras la pileta del fondo deja correr el agua de recambio, el atardecer le suelta la mano a los ocres y sus perros se entregan al mimo, Pepe confiesa que “en los 70, entre tanto daño que nos hicieron a algunos actores de mi generación, cuando nos prohibieron, supe encontrarle la vuelta a este laburo. Ayudado por mi amigo Gené surgió El loro calabrés (el unipersonal con el que repasa su vida), al que vuelvo, como ahora, como una necesidad afectiva”. Esas historias sonarán en unos días en Cuba, país al que viajó ayer con su esposa y Victoria (la menor de sus tres hijos) para participar, además, en el festival de cine de La Habana.
El loro calabrés no es sólo el título de la obra con la que diluye fronteras. Es el reencuentro con su oficio. Es la magia de quien puede compartir su vida con el público a través de la palabra. Es la creación cuya milonga final repite una frase que ahora está estampada en un mural de su cocina: Ojalá que como el trigo, sepamos ser pan un día. Vaya si él lo sabe.
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