JUAN CASTRO CONVOCÓ A UNA REUNIÓN DE CONSORCIO QUE TERMINÓ A LOS GRITOS
El informe central de la última entrega de “Kaos…” tuvo que ver con la osteogénesis imperfecta. En rigor de verdad, no fue la enfermedad (que implica una terrible debilidad en los huesos) el foco del asunto sino más bien la problemática que vive a diario Franco, un estudiante de Ciencia Política cuyo edificio no cuenta con la rampa de acceso necesaria para su silla de ruedas. En su lugar hay en cambio dos escalones que se convierten para él, necesariamente, en un par de cotidianos obstáculos.
Visiblemente conmovido por esta historia, Juan Castro presentó la crónica que incluyó, en el primer segmento, las particularidades con las que a diario debe lidiar Franco. Desde el padecimiento de las veredas sin rampas y las calles rotas hasta sus testimonios más personales sobre relaciones afectivas. El segundo tramo tuvo que ver con su vivienda y a partir de ahí el objetivo fue claro: conseguir que los vecinos de ese edificio se pusieran de acuerdo para transformar en rampa los escalones de acceso (algo que, sin éxito, había pedido el propio damnificado).
Juan Castro interceptó a varios de los entraban y salían del inmueble durante toda una tarde y los interpeló claramente: “¿vos estarías de acuerdo con poner una rampa para Franco?”. Las reacciones en general parecieron obvias: “sí, sí, claro”, “bueno, sí, es cuestión de arreglarlo con la Administración”, “sí, muy bien, me parece muy bien”. A los que no fue encontrando, Juan Castro los fue llamando por el portero eléctrico y ahí empezaron los primeros roces. “Ese chico es inquilino y esas cuestiones se resuelven con los propietarios” dijo desde los agujeritos una voz bien latosa.
El conductor, sin embargo, fue encontrando algunas adhesiones y fue entonces a la búsqueda de los administradores. Encontrados que fueron, Castro volvió otro día (ya de noche) al edificio y junto a ellos emprendió la convocatoria: 1ro. “A”, 1ro. “B”, 2do “A” y así sucesivamente se fueron tocando los respectivos timbres y se convocó a todos al hall central para discutir la cuestión.
La verdad es que no fueron muchos los que bajaron, pero aún así se consiguió material que no dejó de ser revelador para la audiencia. Especialmente se destacó una señora, empecinada en no querer hacer reformas en el edificio porque “no me gusta hacer reformas” (sic). “Además siempre alguno lo ayuda a subir o a bajar” agregó. “Bueno, lo ayudan porque solo no puede, es obvio que lo van a ayudar” agregaba con mucho sentido común Castro. El acuerdo sin embargo no llegaba y la situación se iba tornando cada vez más tensa. A las discusiones típicas de toda reunión de consorcio se le sumó directamente la agresión personal.
“Qué nota tenés con Franco, claro que vende esta historia” le decía en tono burlón la señora (que, encima, tenía cara de mala). “Romper el mármol ¿para qué?, si después se va a ir” le reprochaba al conductor. “Pero ¿dónde está su humanidad, le preocupa el mármol o que este chico viva atrapado en su edificio?” replicaba indignadísimo Juan Castro, que iba subiendo de temperatura. En el ínterin iban bajando más vecinos. Algunos llegaban bostezando, otros con cochecitos y bebés en brazos y el conductor los iba poniendo en autos mientras no aflojaba la riña con la señora en cuestión, que también incluyó la lectura del reformado Código de Edificación.
“¿Que esta historia vende? Usted es un monstruo, no tengo nada más que hablar con usted”, dijo Castro y dio por terminada la discusión, no sin antes echar de la reunión (y de su propio hall) a la señora propietaria. La imagen final, por si faltaba algún remate, fue la puerta del edificio con Franco en su silla de ruedas esperando que algún transeúnte pasara y lo ayudara a bajar…
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