JULIO CHÁVEZ EN SU DEBUT COMO AUTOR
Todavía resuenan los ecos de “Un oso rojo”, último film de Adrián Caetano, que le valió a Julio Chávez el Cóndor de Plata por su actuación. Ahora, nuevamente el actor sale a enfrentar un nuevo desafío: presentar una pieza de su autoría que él mismo dirige. “Maldita sea” es el título de la obra que se estrenará hoy en el teatro Payró.
Quien conoce la trayectoria de este actor, que estuvo asociado tanto a los grandes títulos del teatro universal como a los más importantes cineastas nacionales, sabe que Julio Chávez es un artista que siempre ha escapado del bullicio de las luces de promoción. La crónica lo registra solamente cuando su actividad lo expone a la luz de la opinión pública. Fuera de eso, es de un ascetismo inusual en un medio donde ser el centro de atención pareciera ser un ejercicio más de los actores. Por eso, este debut autoral representa para él mucho más de lo que aparenta.
Comenzó siendo muy joven y ahora a los 47 años, su mirada delata una armonía general. Julio Chávez es distinguido como actor de cine, teatro y TV (comenzará a trabajar en una miniserie para HBO que le demandará cinco meses), docente, pintor, escultor, y ahora autor y director, actividades que tienen un sólo punto en común: la necesidad de expresarse.
“Son mis actividades -dice-, pero ninguna es un hecho exclusivo o inédito o inesperado, porque me ocupan desde hace muchos años, te diría que todos los días de mi vida. Tanto la pintura, que lo hago desde los 23 años, como la actuación, como escribir (desde los 32), como dirigir. Lo que es muy nuevo es la decisión de salir como director y autor. Esta decisión de dirigir, en realidad, es la forma de mostrar lo que hago, como para un ensayista es la decisión de editar. Sucedió en un momento, ni buscado, ni evitado, sino cuando tenía que ser. Fue una sucesión de hechos, uno de ellos la habilitación de mi estudio en Gorriti, que es un lugar de entrenamiento, donde hago mis cosas. Ahí estrené en privado tres materiales míos. Esto dio lugar a que “Maldita sea” sea el que sale a la calle. En cuanto al oficio del director y del autor estoy haciendo lo que corresponde que haga. Justamente creo que exponerme de esta manera va a hacer que se abra el campo para mi formación. Hay una cierta exposición, una mirada de los otros. En fin, el estar en un espacio distinto, con técnicos diferentes, en una sala a la que no estoy acostumbrado, supongo que me irá fogueando como director y hará que pueda chequear mis materiales fuera de mi espacio.
-Si la dirección es una prolongación de la docencia, ¿la pintura lo puede ser de la dramaturgia, donde sólo se expone la obra sin la participación del artista?
-Sí, hay un hecho así. Hay un cierto desarrollo que te da la pintura y hace que tu ojo de director se vaya poniendo en foco en relación con la impresión y con la expresión. Siento que en la dirección y en la autoría se resumen un poco estos oficios que he intentado adquirir. No siento que sea el inicio de un lenguaje especial, sino que es el espacio que me habilita a seguir intentando que el lenguaje adquiera formas, que se desarrolle, y que aquello que está entre mi mirada y lo que puedo plasmar en la realidad esté mejor enfocado.
“El vestidor” y “Un oso rojo” han sido excelentes trabajos donde asumió un serio y muy exigido compromiso actoral.Vale recordar que para el film de Caetano debió aumentar 14 kilos de peso. “No sabés lo que me costó bajarlos. A mi edad, engordar no es un problema, pero adelgazar… Cada kilo son tres meses de sacrificio, pero…”, dice mientras muestra su figura.
-¿Tu último trabajo en un escenario fue “El vestidor”. ¿Extrañás la actuación?
-No. Podría estar un año sin actuar. Lo que no podría estar es un sólo día sin expresarme. Tengo la impresión de que esta obra y la película de Caetano fueron regalos después de muchos años de yugarla, de intentar aprender. Es muy difícil aprender y al mismo tiempo estar bien. Uno aprende un oficio con buenos momentos y malos momentos. Por ahí viene esa manzana deliciosa, producto de un intenso trabajo, y que está bien disfrutarla. Pero no hay una predilección por actuar. Me gusta muchísimo entrenar, escribir, dirigir. Me he organizado una vida que es mi propia identidad: mi agenda. Todo el día, todo el tiempo estoy preparando una exposición o escribiendo o dirigiendo. Eso justamente aliviana al actor.
Con el pincel en la mano
En 1998 expuso sus pinturas en el Centro Cultural Recoleta. Este año hizo una exposición de elementos escultóricos, mueblecitos que construyó con un material que parece madera, aunque no lo es. “Es la ilusión del objeto que he creado. Parece lo que no es”.
-¿Hay una interrelación entre el arte plástico y el arte escénico?
-En lo escultórico hay una cierta teatralidad, una evocación, una ilusión. Haciendo mueblecitos pienso en el teatro y haciendo una obra también recuerdo a la pintura. Recién había una toalla amarilla en escena y pedí que se redujera el tamaño porque acaparaba toda la atención. Es una relación donde el ojo es el intermediario entre el adentro y el afuera y tenés que mantener esa dialéctica, intentar ajustar ese ojo y que no se engolosine. Lo mismo pasa con el lenguaje, cuando abunda o no, cuando se intenta hermosear innecesariamente. Pasa con cualquier elemento que tenga que ver con la expresión o con cualquier otro al que se quiere dar forma. Yo diría que hay un lenguaje específico de lo que se trata, pero en definitiva empezás a sentir que hay muchos puntos en común, una dialéctica, algún problema. Es un tema que me apasiona.
– Decís que siempre estás en permanente aprendizaje. ¿Lo hacés con algún maestro?
-Ya dejé de entrenarme con el maestro. Lo hice durante 16 años con Augusto Fernandes y llegó un momento en que me di cuenta de que tenía que agarrar el bolsito e irme de la casa de mi “padre”. A mí no me tuvieron que echar, pero no fue fácil. Decidí seguir mi camino un poco solo.
-Hay otro espacio de soledad que requiere el pintor y el autor.
-Sí, muy diferente a los otros. Son actividades solitarias. Me resulta muy grata esa combinación de volver de un lugar tan público como es la actuación a un espacio privado y que esa necesidad de expresión no cambia sino que está en otro espacio. Lo mismo sucede con la actuación, porque aunque se presente ante el público hay todo un trabajo que es privado. Hay un tema me preocupa y me ocupa mucho: no hay que olvidar que cada personaje es un ser humano. Porque a veces la labor del actor está inserta en un microclima tan particular que a veces lo humano no entra, entra el oficio, que puede ser muy bueno, pero uno descubre cuando hay humanidad y cuando hay oficio.
El tema de la obra
“Maldita sea” es una obra sobre el maltrato. Es una sucesión de acciones “maltratadoras” contra el otro. Que no comunican ni satisfacen ninguna necesidad. Esto sucede en un ámbito familiar, sin que represente una alegoría social. Familia como una de las formas de la convivencia, de la obligación de uno de vivir con el otro. La convivencia, el lenguaje, el estar unidos por cuestiones de nacimiento o casamiento. Después está la subjetividad tosca e individual de cada uno y la lucha por imponerse al otro, pero sobre todo con el maltrato
Este contenido no está abierto a comentarios

