Just do it
Fue en Bolivia. En Villazón, la localidad fronteriza con La Quiaca. La calle por la que se entra a Villazón, después de hacer aduana, es una feria gigante donde, en ambas veredas y también sobre el pavimento, los hermanos bolivianos se ganan la vida vendiendo baratijas, comida, ropa, sábanas, útiles escolares, cubiertas, dulces, bebidas, bisutería y –lo que motiva esta historia- zapatillas.
Muchas mujeres pasan zapatillas al lado argentino, de contrabando. Las llevan debajo de las faldas amplias de la indumentaria que es tradicional en la cultura coya. Yo no quise infringir ninguna ley. Necesitaba zapatillas. Antes había sido víctima de la publicidad en varias otras regiones. Después de unos cuantos vinos, en soledad, mirando fútbol por televisión, cualquiera cree que mañana podrá comprar las que promocionan los deportistas.
Pero al otro día se de de cara con la realidad. Nadie puede gastar lo equivalente a medio salario de empleado público –por citar un cargo abundante en Santa Fe- solamente por un par de zapatillas. Las mías no dan más. Dos pares había traído al viaje, además de alpargatas y cholas. La primera pérdida fue en Misiones. No resistieron la tierra colorada. Se agujerearon y me dejaron el pie rojo como si hubiese jugado contra Nadal en polvo de ladrillo.
Las otras comenzaron a despegarse en la escalada al Cerro San Lorenzo, en Salta. Ocho años habían cumplido. Y con cholas o alpargatas no se puede pasar el invierno cordillerano, de modo que tuve que invertir. El cartel de los sabuesos de la AFIP apostados en la aduana decía que “se pueden pasar hasta 150 dólares”. Respiré tranquilo. No pensaba gastar tanto por las zapatillas.
Allí fui. Traicioné la industria nacional y me mandé por los callejones de Villazón. Como si se tratara de un mandato celeste, los primeros negocios que aparecieron en ambas veredas, después de los que cambian dinero, fueron los que vendían zapatillas. Quería unas discretas. Como quien se consuela a sí mismo por no haber podido comprar las Nike o las Puma, me dije que al menos las que había allí no eran coloridas.
Probé una y otra, mientras chequeaba los precios. 20 pesos me dijo el hermano boliviano, atentamente, mientras me hurgaba con el dedo índice en el talón unas contundentemente negras, con suela como huella de tractor y unos cuantos kilos de volumen físico. “Éstas”, le dije, con sonrisa de haber hecho negocio. El tipo también se sonrió, casualmente también con sonrisa de haber hecho negocio.
Las llamé “mis zapatillas aimaras”, como un homenaje a los silenciosos y resistentes integrantes del pueblo masacrado por los españoles, que sobrevivió defendiendo una cultura que hoy sigue ostentando. Las Aimaras, negras, casi como botitas, de puntas redondeadas, tacones firmes, punteras reforzadas y suela gruesa, comenzaron a ser parte del derrotero.
Y como todo cabecita jactancioso de tener zapatillas nuevas me las llevé puestas. Las sentí levemente pesadas, pero el enamoramiento a primera vista podía más. Ya en La Quiaca nuevamente, vi que habían quedado algo marcadas, como si se les hubiese doblado parte de la contextura. Maldije entonces a las calles empinadas que llevan a uno a pisar mal.
Los días siguientes ellas se comportaron de igual modo. Pesadas. De cordones patinosos que se desataban a menudo. Entonces me ensañé con la altura. Allí la pelota no dobla, es sabido, así que supuse que después que empezara a bajar hacia el sur, con el ablandamiento natural del calzado y la benevolencia del clima, mis zapatillas aimaras darían sus esperados frutos.
Pero no sucedió. Pasaron las regiones y las provincias, los climas y los días, y las zapatillas aimaras, mis zapatillas aimaras, pese a que se fueron rompiendo cuidadosamente siempre en partes diferentes, jamás se ablandaron. Yo había alucinado alguna vez que podrían haber estado hechas de totora resistente, porque los bolivianos usan mucho la totora; pero parece que no.
En la Cuesta de Miranda, en La Rioja, las aimaras se me llenaron de tierra colorada. En las llanuras de San Luis me pesaron como un par de bolas de plomo. En la Cordillera mendocina se me mojaron los pies en la nieve como si ellas no pudieran ser aislantes. En Neuquén se les alisó la suela por los caminos pedregosos. En Chubut dijo basta la plantilla caminando la Península Valdés.
Ahora estoy en Santa Cruz. Para lo que queda del viaje, aprovechando que en esta provincia soplan aires “K”, me compré unas Topper que no serán las de las propagandas de la televisión pero por ahora resisten. En cuanto a las Aimaras, bueno, en realidad no se llaman así ni tienen totoras, sino que son de nylon y lona coreanas y se llaman “Sport”, las voy a tirar a la mierda en la Ruta 40 y que nadie me joda después con que estoy contaminando. Chau, me voy al médico a hacerme revisar la espalda.
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