KILÓMETRO CERO
Y como no gusto demasiado de que me contradigan
-casi como usted- me inclino por esta última opción.
Estaré muchas horas en la ruta y muchas veces en
lugares que de tan olvidados ni se parecen lugares.
Pretenderé ser un periodista ambulante capaz de
meterse en los insterticios de la patria sublevada que
citaba Scalabrini aunque luego las circunstancias me
lleven a concreciones menores. Buscaré otras vueltas
de la vida más lejos pero igual de optimistas que las
vueltas que ofrece la pelota. Intentaré que entablen
romance la pasión de viajar y la de narrar.
¿Y a qué la confesión? ¿Por qué y para quién? ¿Qué
quiero de usted? No demasiado. No, ningún plan
asistencial. Tampoco un subsidio. Nada de eso. Vayamos
al grano, Senador. Sabe, he dejado en la casa de mis
padres, con la idea de que estén a buen resguardo,
algunas cosas que un hombre puede tener. No muchas.
Libros. No tantos libros, pero sí muy queridos libros.
Mire, ahí tengo uno con la correspondencia entre Perón
y Cooke, otro de Baschetti, con documentos de la
Resistencia Peronista y hasta -vea que antigüedad- uno
de un tal Jauretche que se llama “Manual de Zonceras
Argentinas”. Después, nada de otro mundo. Marechal y
Borges, Manzi y el primer Lugones, alguna poesía de
Darío con otras menos conocidas pero no menos sentidas
como las de mi amigo Yayo. Unas historias de Verne que
me enseñaron a andar y unas de Dostoievski que me
invitaron a pensar.
Sabe, Senador, ante un emprendimiento, por madura que
sea la edad de uno, suele venir a visitarnos el miedo.
Es un instante nada más; a usted le habrá pasado en
Monza o en Silverstone, pero viene. Y es de hombres
simplones quizás, pero, por estos días, he tenido
temor de que, como en “Fahrenheit 451” -la novela de
Bradbury- usted envíe a -por ejemplo- Carlos Carranza
y Roxana Latorre, a incendiar todos los libros de la
ciudad, incluidos los míos.
Claro que luego, cuando recupero el raciocinio siento,
Senador, que no sería capaz de llegar tan lejos. (¿O
sí lo sería?)
También dejo en la morada donde crecí algunos
recuerdos. Una pipa de agua, una foto vestido de
jugador de fútbol, un poster de Maradona cuando se
parecía a esos chicos que usted solía mirar desde sus
ojos de perro siberiano bien adentro de su campera
roja. Algunas figuritas de álbumes inconclusos y un
reloj de arena que me regaló otro amigo querido. Unos
discos compactos coleccionables y un payaso de adorno
que supo obsequiarme mi prima.
Habrá visto, casi nada, por eso, lo que le quería
pedir es que tenga a bien no volver a inundar a mis
padres y sus vecinos. No al menos en mi ausencia,
porque los sé lo suficientemente mayores como para no
poder defenderse de usted.
Quizás en este sitio del origen donde le estoy
escribiendo esta carta, en el mismo lugar donde hace
30 años intenté los primeros palotes, muchos piensen
que es una flojedad intentar con las letras.
Puede que sea cierto, pero tampoco usted ofrece la
chance que los hombres de bien suelen ofrecer, esa de
mirarse a los ojos y agarrarse a las trompadas cuando
es imprescindible. Así ha quedado claro aquel día en
el Magic, ¿verdad, Senador?
Tampoco me resultaría factible acusarlo ante la
justicia que dirime su primo. Y no soy creyente,
porque si lo fuera, podría pedirle que interceda Dios
ante usted, aún cuando todo parece indicar que no
tienen una comunicación muy fluida, porque el día en
que usted dejó entrar el agua a torrentes él ni se
enteró.
Eso nomás quería pedirle, Senador, que no vuelva a
inundar a los viejos nunca más. Pero ojo, que no le
digo inundar con agua solamente. No, yo le digo
inundar con la mierda menemista enquistada, con la
lacra procesista resucitada, con la corte adicta
legitimada, con la política feudal legalizada y con
los legisladores genuflexos asociados. ¿Es mucho
pedir?
Fíjese que no. Otros podrían mangarle una diputación
provincial, una asesoría, un registro de patente, una
jerarquía en el Enress, una concesión vial, una
licitación para asfaltar, una noche en Espartaco o
todas estas cosas juntas. Y yo, nadita, esta tontería.
Y algo a cambio, porque no me gusta que nada venga de
arriba. Si me promete, mi senador, mi inundador, que
no lo va a volver a hacer, me comprometo yo -si algo
malo llegara a pasarle a usted- a visitarlo cada
domingo en Las Flores o en Coronda y llevarle
cigarrillos o chocolates, a gusto, porque verá que no
tendrá tantos amigos ante la contingencia y notará que
Mimicha no vive más por acá.
Sin otro particular, lo salud con atención
distinguida.
Un servidor.
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