KIRCHNER ABRIÓ UNA NUEVA ETAPA: REEMPLAZÓ A LAVAGNA POR FELISA MICELI
El presidente Néstor Kirchner le pidió la renuncia a Roberto Lavagna y decidió poner en el Ministerio de Economía a la hasta ayer titular del Banco Nación, Felisa Miceli.
Kirchner resolvió los cambios en las últimas 72 horas y se los dijo personalmente a Lavagna ayer, cerca de las 11 de la mañana, cuando lo convocó a su despacho en la Casa Rosada. Y los hizo oficiales Alberto Fernández cerca del mediodía.
El reemplazo de Lavagna precipitó los anuncios sobre los nuevos ministros del Gabinete: Nilda Garré en Defensa (en reemplazo de José Pampuro), Jorge Taiana en Cancillería (sucederá a Rafael Bielsa) y Juan Carlos Nadalich en Desarrollo Social (ocupará el lugar de Alicia Kirchner).
El argumento del Presidente, según relató Lavagna más tarde en una conferencia de prensa, fue que luego de las elecciones comenzaba “una nueva etapa” y en los días por venir el ahora ex ministro no tenía lugar.
Lavagna dijo que redactó rápidamente su renuncia, y en ella se permitió advertirle a su ex jefe que “no debemos dejar pasar” la oportunidad de alcanzar un futuro mejor para los argentinos.
El equipo económico también presentó sus renuncias, pero algunos, como el secretario de Hacienda, Carlos Mosse, el de Industria, Miguel Peirano, o el subsecretario de Pymes, Federico Poli, seguirían en sus cargos.
El pedido de renuncia fue la manera que eligió Kirchner para ponerle punto final a una relación con altibajos pero que empezaba a ponerse cada vez más áspera: el Presidente respaldó sin fisuras a Lavagna y su equipo en la negociación con los acreedores, pero se libró de él después de que el ministro retaceara apoyo en la campaña electoral y, días atrás, denunciara prácticas corruptas en el área del ministro Julio De Vido.
En el medio, se percibió otro punto de fuerte tensión: la relación con el FMI. Lavagna ya había dado muestras de querer sentarse a negociar, aunque sin fuertes condicionamientos, con el organismo de crédito. Kirchner parecería mantener una postura más intransigente, que se expresa en la intención de salirse directamente de la órbita del Fondo, eso sí, pagando hasta el último dólar que se le debe.
Kirchner eligió a Felisa Miceli, a pesar de que la designada ministra (la primera mujer en la historia argentina en ocupar ese cargo) llegó a este gobierno impulsada por el ex ministro. Lo cierto es que en el último tiempo era considerada una “funcionaria K”, tras haberse ganado la confianza presidencial.
La lectura de los analistas es que con el nombramiento de Miceli Kirchner se ahorra el problema de convivir con un “superministro”, como lo fue en su momento Domingo Cavallo y en cierto modo —con menos estridencia que el cordobés— lo era Lavagna. Desde el punto de vista de los mercados el ministro real será el propio Kirchner.
Y Kirchner, decían estos analistas, seguramente le dirá a Miceli que hay que conservar el principal sostén económico de este gobierno: el superávit fiscal y el tipo de cambio “competitivo”. Lógicamente, buscará la manera de enfriar la inflación sin afectar la marcha de la economía, aunque eso suene contradictorio para buena parte de los observadores.
Ocurre que el cambio en la cartera económica se produce en un momento muy particular: se mantiene el fuerte ritmo de crecimiento del PBI —que ya acumula tres años de fuerte expansión, a una tasa anual del 9%— pero ese crecimiento se está viendo opacado, al menos para el humor de buena parte de la sociedad, por la aceleración de la inflación, que les carcome el poder adquisitivo a los asalariados.
Se estima que este año podría cerrar con una inflación del 12%, que a su vez podría ser el piso, y no el techo, del índice de precios del 2006.
Para muchos analistas, se impone un giro ortodoxo para frenar la inflación, y esto es ni más ni menos que bajar el gasto público o, en menor medida, subir las tasas de interés para enfriar la actividad. Nada de eso parece interesarle hoy a Kirchner.
Además, los voceros gubernamentales se esmeraron en difundir ayer que “la nueva etapa” estaría signada por una mejor redistribución del ingreso, aunque la población no debía esperar un cambio de rumbo.
Ocurre que desde dentro del Gobierno se le venía reclamando a Kirchner que los frutos del crecimiento económico que siguió a la crisis no se están repartiendo equitativamente, y que a pesar de las mejoras en indicadores como la indigencia o el desempleo, los trabajadores y los sectores más necesitados de la población reciben menos beneficios que los empresarios.
Sobre este punto machacaron muy fuerte en los últimos meses gremialistas como Hugo Moyano, de buen diálogo con el Presidente, y el piquetero Luis D’Elía. Ambos, desde hace bastante tiempo, venían diciendo que Lavagna no era el ministro indicado para esta etapa del Gobierno.
De modo que, a manera de síntesis, a Miceli (o a Kirchner, en definitiva) le aguarda una agenda cargada de temas de difícil resolución simultánea.
Así, deberán ingeniárselas para frenar la inflación sin enfriar el crecimiento, y al mismo tiempo mejorar la distribución sin alterar lo que el establishment da en llamar el “clima de negocios”.
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