KIRCHNER Y BERGOGLIO, SIN RELACIÓN: HACE DOS AÑOS QIE NO HAY DIÁLOGO
Néstor Kirchner y Jorge Bergoglio están cumpliendo este mes dos años sin dialogar. Suena a demasiado tiempo en un país donde seis meses parecen una eternidad. Y, sobre todo, dibuja sombras sobre las repetidas afirmaciones en el sentido de que la relación entre el Gobierno y la Iglesia son normales. Es cierto —como remarcan tanto desde la Casa Rosada como desde el Episcopado— que ministros y obispos mantienen un fluido diálogo —casi siempre reservado—, pero el desencuentro entre las cabezas revela en el vínculo limitaciones evidentes.
Algo es seguro: Kirchner sigue sin tener la intención de hacerle un convite a Bergoglio ni éste a él. Eso sí: la Casa Rosada —en un intento por descargar su responsabilidad— suele dejar trascender que al Presidente le tomará un segundo concederle una audiencia al máximo referente de la Iglesia. Igualmente, en el Episcopado destacan la disposición al diálogo y a acudir velozmente a un eventual llamado de Kirchner. ¿Por qué nadie da el primer paso? La respuesta se repite: silencio sepulcral.
Los homenajes al obispo Enrique Angelelli, por cumplirse 30 años de su muerte, patentizaron el desencuentro. Ni Bergoglio asistió al acto que organizó Kirchner en la Rosada ni Kirchner concurrió al oficio religioso que Bergoglio encabezó en la Catedral de La Rioja. Esto fue así pese a que este año la Iglesia, en un giro histórico, aceptó institucionalmente la posibilidad de que Angelelli haya sido asesinado, resolvió poner en marcha su propia investigación sobre las circunstancias en que murió y analiza presentarse como querellante.
Funcionarios y obispos aseguran que no hay intención de arrojar piedras. Desde el Gobierno, con el típico pragmatismo peronista, señalan que un presidente que puede encaminarse más temprano o más tarde a la reelección no cometerá la torpeza de pelearse con la Iglesia. Destacan, en ese sentido, que hace tiempo que no hay críticas. Un ejemplo: en el homenaje a Angelelli no se atacó a los obispos por su actuación durante la dictadura. “Fue una señal muy bien tomada por la Iglesia”, dicen.
También aseguran —mientras el tema resurge en la escena nacional— que Kirchner no impulsa la despenalización del aborto. Cuando trascendió que en la órbita del Ministerio de Justicia se cocinaba un borrador de reforma del Código Penal que, entre otras cosas, proponía eliminar su punibilidad, el titular de esa cartera, Alberto Iribarne, se ocupó personalmente de aclararles a las principales figuras de la Iglesia que tal propuesta no contaba con el aval del Ejecutivo.
Desde la Iglesia, a su vez, se envió un claro mensaje al Gobierno: su prescindencia ante el proceso electoral. La precisión no fue antojadiza. Todo indica que no faltaron quienes —conscientes de que la relación entre la Rosada y el Episcopado es una empresa ardua— procuraron entusiasmar a los obispos con la eventual candidatura presidencial de Roberto Lavagna. “Que el Presidente se quede tranquilo porque la Iglesia no compra ninguna candidatura, ni oficialista, ni opositora. Por definición, la Iglesia es prescindente”, fue el mensaje.
En verdad, hubo en los últimos tiempos discretos esfuerzos de uno y otro lado por tender puentes entre el Gobierno y la Iglesia. El jefe de la Pastoral Social, el obispo Jorge Casaretto, no se cansa de establecer canales de diálogo. El ministro de Planificación, Julio De Vido —que militó activamente en su juventud en la Iglesia—, suele hacer aportes en favor de la concordia.
Pero un gesto que la Casa Rosada ansía es la salida total de Antonio Baseotto del Obispado castrense. Y se ilusiona con que tras la asunción del cardenal Tarcisio Bertone en la Secretaría de Estado del Vaticano, prevista para el 15 de setiembre, ese anhelo puede concretarse rápido.
Este contenido no está abierto a comentarios

