La Bala
“Cuando se lee poco, se dispara mucho.Hay quienes asesinan y no dan la cara. El rico da la orden y el pobre la dispara. No se necesitan balas para probar un punto. Es lógico, no se puede hablar con un difunto. El diálogo destruye cualquier situación macabra. Antes de usar balas, disparo con palabras” (La Bala – Calle 13)
La bala que cruzó la Setúbal entró de lleno en nuestro ánimo. No sólo hirió a una niña de 6 años que tiene pocas chances de sobrevivir, sino que espantó a una sociedad que no alcanza a entender las razones por las que terminamos viviendo estas cosas.
No es la pobreza, no. No es el hambre que la dispara. Es el retroceso al estado de animal que han sufrido y sufren dos o tres generaciones de argentinos. Que no creen en nada, ni en nadie. Que no reconocen ni en sus propias vidas razones para amanecer al día siguiente. No son víctimas, no. Pero son la resultante de un enorme pozo al que condenamos a millones de argentinos.
La bala salió de un criminal que aguardaba en venganza a un “compañero” que se atrevió a aceptar un trabajo. Es la interna de la interna de la interna de un gremio que desde hace años, con la mirada distraída del Estado, viene resolviendo sus asuntos a balazos. Si no hubiera balas ni pistolas, lo harían a palazos o con piedras, nunca lo resolverían de palabra. Para ellos la palabra, el lenguaje oral, no tiene demasiado sentido. Ellos la usan para insultar, para dar órdenes, para amenazar, cuando el otro no hace lo que les piden.
Pero tienen balas. Y las balas cruzan la carne y la Setúbal. Y las balas matan a terceros inocentes, que no saben de que se trata esa primitiva diferencia que resuelven a balazos. Nosotros somos ajenos a eso, pero ya no estamos a salvo.
¿Y entonces que hacemos? ¿Abandonamos?
No. Es lo único que no podemos permitirnos. Abandonar la pelea por vivir en paz. Aceptar como natural que no podemos dejar a nuestros hijos en un Club. Dejar de ir a las plazas. Abandonar la calle. Dejárselas a su merced, para que la gobiernen a balazos. No. Es lo único que no podemos hacer. Dejarnos vencer por el terror, aceptar esas reglas animales, y desistir de ser una sociedad. Renunciar al pacto que nunca firmamos, pero que la mayoría de nosotros, la inmensa mayoría, acepta como regla. De ninguna manera. No. No podemos aceptar que la bala mate también a la palabra. NO.
Hay que exigir que se desarme a los criminales. Hay que ir con la Ley en la mano, y con la única fuerza que aceptamos, la del Estado, y vaciar de armas los barrios. Y separar a los cómplices que las venden y las alquilan. No dejar una sola en manos de particulares. Ahí tiene que estar el Estado. Y cuando digo el Estado, digo jueces que ordenen allanar preventivamente, ante cualquier duda, y policías que cumplan esas órdenes.
Hay que detener, apresar, procesar y condenar a los que matan. Y exigir que ninguno de ellos salga a la calle por ningún motivo, antes de cumplir su condena. Aplicar las leyes que sobran. Cumplir con las funciones que les dictan los códigos. Salir de los despachos, porque ahí afuera se está muriendo la gente.
Y juntarnos, y dejar de pelear por jurisdicciones, basta de obligaciones nacionales, provinciales o municipales. La muerte no pregunta por jurisdicciones, las balas no preguntan por el fuero antes de entrar en el cráneo del inocente. Es obligación de los funcionarios juntarse. Y si unos piden ayuda, los otros deben darla, sin fijarse en los beneficios o perjuicios políticos electorales. La miserabilidad política de quienes se tiran con cadáveres, es tan atroz y criminal como las balas que cruzan la Setúbal. No es Santa Fe, es todo el país. Las balas cruzan la Setúbal, pero también las calles del Gran Buenos Aires, el centro de Salta, la noche de Santiago de Estero. Las balas cruzan cada día la carne de miles y miles de argentinos, sin preguntarse si son peronistas, kirchneristas, socialistas o radicales. Si son progresistas o no. Las balas no preguntan. Las balas matan a la gente. Y terminan con la palabra.
El narcotráfico y la violencia como modo sistemático de resolver los asuntos han calado profundo en nuestros huesos, y en el ánimo de una población que parece cansada y prefiere esconderse a dar pelea. Con razones. Ellos, la inmensa mayoría de ellos, nosotros, creemos que mañana tiene sentido amanecer. Y valoramos la vida del otro, fundamentalmente porque valoramos las nuestras. Y no soportamos que nuestros hijos mueran mientras juegan. No lo soportamos, porque no lo merecemos. Porque cumplimos con nuestra parte del pacto. Porque entendemos que hay un Estado que debe defender ese pacto. Que no es otra cosa que la convivencia en paz.
Estamos a tiempo. Hay una sociedad dispuesta a dar pelea desde la paz. Necesitamos de los gobiernos, de la iglesia, de la policía, de la gendarmería, de todo aquello que tengamos a mano, en el marco del pacto, que es, además, la Ley.
No abandonemos, es lo único que no podemos hacer.
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