LA CAÍDA AGUDIZÓ EL LIMBO DE RIVER
Sólo faltaba la rúbrica de un resultado ruidoso como el de ayer, pero nadie puede hacerse el distraído y negar que River lo venía anunciando. Bastaba con abrir los ojos y parar la oreja para tomar nota de los recurrentes quejidos que llegaban desde la cancha: que me caigo, que no aguanto, que no puedo, que no doy más… Todo eso que transmitía River hizo eclosión en la víspera, para beneplácito de Almagro, que hizo historia con un triunfo que además recordará como muy merecido y cómodo. Y no necesitó nada del otro mundo para ganarse la eternidad en la memoria de su gente. Le bastó con aplicar los capítulos básicos del manual futbolístico: orden, serenidad, un par de individualidades desequilibrantes del medio hacia adelante y el sentido de la oportunidad para aprovechar las ocasiones.
De tan confundido que está, River parece haberse creído que la vuelta al campeonato fue en el partido del centenario de Atlanta y que el amistoso intrascendente era con Almagro. Así de aturdido e inerte está River. Se suponía que iba a utilizar el receso de dos semanas como un correctivo para su crujiente funcionamiento, pero la inactividad agudizó su limbo y sus debilidades.
Sin el criticado Nasuti ni el indolente Barzola, nada mejoró en la defensa: siguió siendo su talón de Aquiles. Los zagueros centrales, especialmente Crosa, no pudieron disimular una lentitud de carreta cuando la jugada los exigía a campo abierto o ante un rival que los encaraba con la pelota dominada. Por si faltaba algo más para completar las flaquezas, el primer gol de Almagro llegó gracias a una repetida concesión de la casa: las ventajas en el juego aéreo; para aprovecharlas no hace falta tener estatura de basquetbolista. Basta con ser avispado, como Castano, para ganarle a su marcador más alto -Lucho González- en el primer palo y cruzar el cabezazo tras el córner de Ríos.
Antes de ese gol hubo un primer tiempo que River dejó pasar, como lo haría con el encuentro completo. Falto de presión, con sus líneas desconectadas, este River parece ahogado, desgastado; llega tarde a las jugadas y comete muchos fouls. Y eso que Almagro no salió a robarle la iniciativa, sino que lo esperó replegado, con sus líneas cerca del área grande. Eso sí: no renunció al ataque, para lo cual contó con las gambetas y el atrevimiento de Sparapani, la asociación de Castano y la movilidad del larguirucho Miranda.
Del incendio local sólo se salvaba Gallardo, lúcido y profundo en la primera etapa para dar tres asistencias de gol, desperdiciadas por Maxi López y Lucho González. Otro problema de River: los dos atacantes, Sand y López, fueron un frontón; les rebotaba la pelota y se los vio muy incómodos en los reducidos espacios que les dejaba la atenta defensa visitante.
Se imponían cambios y Astrada hizo ingresar a Cuevas y Patiño por Sand y el nervioso Pereyra. El panorama de River se agravó con el gol de Castano. Entró en crisis y Almagro estuvo cerca de aumentar con un cabezazo de Miranda. Astrada hizo una variante sumamente riesgosa; no tanto por cambiar un defensor (Mareque) por un volante ofensivo (Ludueña, a la postre, intrascendente), sino porque dejaba una línea de tres zagueros pesados como el roble. Por eso no sorprendió lo que ocurrió: bastó que Ríos tirara una pelota profunda, a correr, para que Miranda se le escapara a Crosa y definiera sobre la salida de Costanzo con la tranquilidad del que juega su enésimo partido en el Monumental.
El cotejo terminaba por transformarse en un calvario para River. Ya sin tanta claridad, Gallardo era el único al que la pelota no le quemaba. Lucho González era la otra individualidad de la que podía esperarse algo de mediana jerarquía. El resto, incluido un Mascherano sin brújula, deambuló por el desierto de la frustración y la falta de reacción. Entregado inexorablemente a ese destino de derrota que en las últimas fechas había esquivado por el canto de una uña, pero que ayer le cayó encima con peso de plomo.
Este contenido no está abierto a comentarios

