La Caldera
¿Puede un pueblo que no sabe bien por qué se llama como se llama y que no conoce con precisión cuándo fue fundado, ser un pedazo trascendente de la historia Argentina?
Quienes piensen que no, que visiten La Caldera, 24 kilómetros al norte de la capital salteña, en comarcas en los que el tiempo ha cesado tanto su marcha que uno camina por allí imaginando que en alguna esquina podrá cruzarse con Güemes y sus lanceros.
Por la calle donde ahora está parado un periodista ambulante circuló el mayor tráfico posible cuando los españoles se habían repartido la América del Sur en un par de virreinatos. Este es, señores, el camino al Alto Perú. Y su virtud mayor es que, francamente, no ha cambiado demasiado de entonces. Un pueblo más arrogante ya hubiera reclamado que lo declaren Patrimonio de la Humanidad. Para La Caldera sería un acto de estricta justicia.
Las edificaciones datan del 1700, cuando empezaba a dirimirse gracias a quién el sitio se llama como se llama. Las opiniones están divididas. Hay quienes sostienen que un cacique de la zona llevaba ese apellido y están los que piensan que en realidad, Caldera era un sacerdote jesuita que andaba evangelizando por la zona. Por último, están los que atribuyen el nombramiento a una máquina que calentaba los metales de las varias minas que hay en la zona.
A propósito de riquezas, aunque la austeridad manda por la comarca, Don Máximo, vecino de “cerca de 80”, tal su confesión, se apasiona contando que su tierra es tierra de “tapaos”. Los “tapaos” eran los tesoros que los vecinos o los viajeros dejaban escondidos debajo de la tierra, en las casas de paredes adobadas, o al costado de algún algarrobo poco preguntón, rodeado de piedras disuasivas. Algunos vecinos de antaño fueron descubridores de “tapaos” y han dejado bien acomodadas a varias generaciones.
Tanto se parece La Caldera a lo que antes fue, que los italianos fueron allí a filmar “Garibaldi” y Alfredo Alcón supo hacer de Güemes en la recordada “Tierra sin armas”, con Rodolfo Bebán, Norma Aleandro y Gabriela Gili entre sus co protagonistas. Es que, La Caldera semeja a una película permanente, con su calle única, espigada, adoquinada, de construcciones coloniales.
César Sumbay, antes un jovencito que trabajó de extra en el filme, ahora un hombre que está al frente del área de turismo del municipio, ofrece otras alternativas. “Aquí se hace la fiesta de la chicha” –cuenta- y rememora por la tradición oral combates librados por la independencia y gauchos que todavía perduran recorriendo la calle principal, camino del rincón tradicional “Palenque de los Gauchos”, ahora lejos de querer llegar al Alto Perú.
La partida, al devenir del atardecer, es con la imagen recostándose en el cerro de un Cristo de 26 metros de altura que construyeron para atraer a los turistas. Pero como allí no hay precisiones de las fechas históricas, puede que con el tiempo se diga que fue para resucitar al pueblo al tercer día. No hará falta. Será una vara injusta de medir. Es que La Caldera vive, pero a su ritmo sabio.
Este contenido no está abierto a comentarios

