La cátedra del hollín
Te lo cuentan. No alcanza. Te lo muestran. No alcanza. Hay que sentirlo. Entrar a las entrañas de la mina. Oír el silencio. Amoldar los huesos a la humedad y el frío. Ver en la oscuridad. Hermanarse en los rostros de esos hombres rudos. Distinguir la turba o el carbón. Pedirle a Santa Bárbara. Transpirar hollín sobre un mameluco ennegrecido. Ser persona donde no debiera admitirse.
En la Escuela Minera, “la escuelita”, como la llaman con calidez todos los que la consideran propia, incluyendo a los que no son mineros, todo eso es posible. Juan Carlos Gaitán –que hará de guía a una aproximación al recorrido de 6 kilómetros que tiene la mina- es un típico obrero minero. Uno que llegó del norte a probar suerte, se enamoró de la mina de un modo que ni él puede explicar, se quedó para siempre.
El riojano, que no ha perdido la tonada, está ahora en la superficie pero añora el tiempo en los que era posible meterse todos los días en los intersticios de esa tierra dura. “la bajada será hasta 14 grados, aclara, y cuando se llega al fondo hay 200 metros de alto hacia el exterior”. Para dar magnitud real a lo que está explicando a interlocutores que no pueden creer que mucha gente pase buena parte de su vida allí, muestra un mapa de los subterráneos de Buenos Aires, que emulan los pasillos de la mina.
Estamos en un pasadizo lúgubre y relativamente alto, de hierros que los sostienen colocados a estilo colonial. Gaitán da un rodeo, muestra mapas y herramientas viejas y unos minutos después nos introduce en una habitación-museo que está mejor iluminada. Ya sus colaboradores nos han colocado los cascos reglamentarios. Estos son simbólicos, o sea, no tienen la lucecita pequeña que es la única luz debajo de la tierra.
“El manto de carbón tiene entre 1 metro con 80 centímetros y 2 metros –dice-. Ésta –ahora se pone ancho- es la mina más grande del país. Llegaron a trabajar 3.500 empleados pero –ahora se pone triste- han quedado unos 1200. Pero eso sí –ahora recupera algo de sonrisa- lo peor fue con la privatización, en la que llegaron a quedar 900 y ni cobraban”. Se refiere a las épocas en las que Sergio Taselli, el concesionario, mandaba por la zona.
Gaitán vuelve a girar y abre una puerta pesada. Ahora sí estamos más cerca del corazón negro de la mina. Todavía ingresa claridad desde el exterior. Es la única luz, tenue. El riojano monta las máquinas y da una clase práctica del trabajo cotidiano ante nuestros ojos impávidos. “Aquí los muchachos vienen todos los días en turnos de 7 horas con 45 minutos. Si quieren, los fines de semana trabajan en el mantenimiento y ganan extras. Por que la mina nunca para…”
Para semejante labor, la paga no es de las mejores. Un obrero que se inicia gana entre 900 y 1200 pesos que, para el sur argentino, donde todo cuesta un poco más, no es tanto. Aunque tras la privatización y la recuperación de la empresa, todo está algo mejor, o menos peor. Jubilarse allí implica cumplir 50 años y tener 25 de servicios. Igualmente, respirar ese aire enviciado a veces no les deja a los obreros esa suerte.
Aunque no hay estadísticas, es probable que antes ya hayan perdido su condición de útiles. Sin embargo, nadie quiere dejar de ser minero. El que probó y gustó del elixir curioso de vivir bajo tierra y salir cada tanto para contarlo, extrañamente suele terminar con tratamiento psicológico cuando ya no puede hacerlo. Es parte de la condición de “macho” que hay que tener para bancarse semejantes condiciones.
No ha pasado más que una hora. Si fuera por Gaitán, se lo ve gustoso y sin apuro. Uno tiene la contradicción de un cuerpo que pide salir y una cabeza que quiere saber más. Agustín del Castillo, el hombre que descubrió el carbón en la zona, es poster en la pared. Ya dice el riojano que ha llegado el momento de salir al exterior y uno no lo ve para nada mal a eso.
Los que quieran ser minero, antes deberán pasar por la Escuelita y preguntarle a Gaitán y sus muchachos de qué se trata. Una vez que conozcan todas las normas del trabajo y las medidas de seguridad –que no siempre están a la orden del día- podrán descender a la mina. Será el momento de que no te lo cuenten, que no te lo muestren, que te dejen con tus compañeros afuera y encerrado en tu alma para saber si estás dispuesto. Hay que sentirlo.
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