LA CIUDAD DE LAS RAZAS CÓSMICAS
Adivina, adivinador: Sólo mira hacia arriba, buscando torres y monumentos muertos. Conoce más a través del lente de la cámara que de sus propios ojos. Lleva puesto un gorro, porque el sol es inclemente y puede arruinar la excursión de mañana. Correcto, es un turista. Y un turista que nunca va a conocer Caracas. Porque sólo mirando a la altura de nuestros ojos, se puede descubrir el mayor tesoro de esta tierra, esa gente llena de orgullo, música, respeto y desesperanza. Sólo sintiendo el fuego del clima tropical y un sol que nunca falla, se puede empezar a caminar por la ciudad bolivariana de las razas cósmicas.
JARDÍN DE GENTE
Caracas tiene algo de ciudad inconexa y caótica, donde parece que cada uno plantó su bandera y regó las paredes de su casa. De la raza cósmica bolivariana nacieron muchas más razas. Se habla bajito en el metro y fuerte entre los “buhoneros” (puestos callejeros). Aún sabiendo que corren la misma maldita suerte que el resto de los latinos, nadie les quita a los caraqueños la sonrisa que muchas horas de la mejor música del mundo les dibujó en la cara.
Tropezarse en la vereda generaría un problema irreversible en los enormes embotellamientos humanos que imitan los del asfalto. Pasan negros gigantes con su música en un hombro, embarazadas fuertes y valientes, cabecitas que quieren pasar desapercibidas y ese aroma que fusiona la arepa frita con la imitación de la última fragancia de Tommy. Y todas esas razas caminan sabiendo que la vida les va a tirar algo sobre sobre la cabeza en cualquier momento. Puede ser una oportunidad, escombros o pedazos de piedra del cerro.
Eso sí: hay tres cosas que no pueden faltar a ningún carqueño: celular último modelo, aire acondicionado y cable satelital. Esa primera necesidad vital, afortunadamente, no genera una contaminación sonora de ringtones como en nuestras calles. Su uso es tan caro y las líneas están tan saturadas, que es mejor llevarlo en la cintura mientras se hacen largas filas en los centros de conexiones. En el año 1909, cuando la ciudad de Caracas tenía 1750 teléfonos y las telefonistas fueron las primeras mujeres que salieron a trabajar a la calle, nadie imaginaba que hoy habría más teléfonos celulares que caraqueños.
La segunda gran necesidad del mortal, es decir, el aire acondicionado, genera paisajes altamente contrastantes. Grandes aparatos insertados en un cubículo a la calle de 2 m2 donde fritan arepas. Las casas más humildes tienen en sus paredes la antena de una cadena de tv satelital y un gigante aparato de refrigeración.
Cuando uno empieza a enamorarse de esta ciudad, todo este panorama te espanta, porque recuerda la época en la que un maquiavélico riojano engañó a los argentinos con los mismos dulces.
LA CASA DE LAS PALABRAS
Un mismo accidente geográfico, es designado de diferentes maneras en función de quienes vivan en él. Si son ricos, es una “colina”. Si son pobres, es “cerro”. Lo mismo ocurre con los nombres que reciben las agrupaciones de “casas” (para los ricos) o “ranchos” (para los pobres). Si viven ricos, son “urbanizaciones”. Si viven pobres, son “barrios”. En los barrios, las millones de casas se alzan unas sobre otras en un equilibrio parecido al de los naipes con que tratamos de hacer pirámides.
Pero a la noche, ya no se puede distinguir un cerro de una colina. Tanto los unos como las otras maravillan con un espectáculo único. Las negras alturas se iluminan con ojos blancos titilantes que forman figuras, se amontonan, se separan, dejan ver historias y esconden otras. Entre todas ellas, serpentea un cordón de luces inquietas pero obedientes, una detrás de otra. Para algunos es una carretera insomne. Pero en realidad, es un gusano de luces creando un show gratuito y popular, para todos, porque según el gobierno, Venezuela “ahora es de todos”.
EL NIDO DEL LIBERTADOR
Siempre amanece con bocinas en una típica mañana caraqueña. Centro, gente, “camioneticas” y de golpe, un intempestivo silencio. Entramos a la casa del libertador. A pocos metros de la plaza que lleva su nombre, se puede visitar la casa-museo donde vivió Bolívar los primeros años de su vida. Es un palacete colonial hermoso. Lo habitan ahora panfletarios camaleónicos que se esconden y hablan en voz baja y se acercan a cada persona con papeles y cartas, pretendiendo convencer sobre los beneficios de la última misión chavista unos, o de los grandes perjuicios que ha causado al país Don Chávez, otros. En seguida, el personal de guía de la casa-museo los espanta. Chavistas, antichavistas, todos bolivarianos, todos caraqueños y todos, con miedo a hablar y a esos ojos inesperados y misteriosos que se esconden en las paredes y pueden delatarlos la próxima vez que intenten buscar trabajo, o simplemente, cuando den la vuelta en la esquina.
QUE LA NATURALEZA NOS OBEDEZCA: PLAZA BOLÍVAR
La ciudad ha sufrido de varios terremotos a lo largo de su historia. El 12 de marzo de 1812, fue destruida casi en su totalidad y murieron más de 10.000 personas. A raíz de esto que -por una mística complicidad entre naturaleza e historia-, sucedió en plena Guerra de Independencia de Venezuela, las autoridades religiosas trataron de persuadir a los rebeldes argumentando que el terremoto era un castigo divino, a lo que Bolívar respondió: “Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”. Esa frase está inmortalizada con letras gigantes en uno de los muros de la Plaza Bolívar. Junto a él, pasan numerosas manifestaciones. Norberto, mulato de 2 metros, va en esa manifestación. Es chavista y con sus banderas rojas -que fusionan la ch del Ché y la de Chavez-, corea una canción al presidente. Un chavista feliz con su presidente, alabándolo. Y he aquí la paradoja: luego de un pequeño diálogo-discurso, va y golpea eufórico las puertas de una oficina del estado insultando al gobierno por no dejarlo trabajar. Así funcionan las cosas. De todas maneras, Chávez no lo va a escuchar, está a pocas cuadras, conversando sobre béisbol con Tabaré que anda de visita.
CHÁVEZ FOR SALE
Dar vuelta el escudo patrio, agregar una estrella a la bandera nacional, condenar a los opositores a la exclusión y el espionaje y montar un show mediático que invada irremediablemente todos los canales de televisión y radio, son tareas en la agenda diaria presidencial. Para quienes no lo escuchamos todos los días, basta con recordar su discurso en la contracumbre de las Américas y reproducirlo en la cotidianeidad. Varias veces por día, todo el día. En el centro se venden sus muñecos y llevan en la espalda una tecla que permite a los más chicos escuchar las frases del presidente. Marina, una nena de 8 años, le pide a su papá que le compre uno para que sea novio de su Barbie California. Tal vez se forme una “pareja por conveniencia”, porque el muñeco con boina y chaleco blindado no olvida que Barbie tiene petróleo en casa. Escenas emblemáticas de esta lógica político-comercial que ya rebasó los límites de lo que consideramos ideología.
PAISAJE URBANO
La Universidad Central de Venezuela, es “patrimonio de la humanidad” según la UNESCO y “el único lugar donde pueden dialogar y hasta estudiar juntos chavistas y antichavistas”, según los alumnos. Y es verdad. Uno puede caminar entre sus enormes parques, obras de arte y edificios y sentirse en una ciudad universitaria envidiable y libre.
Al momento de su apertura, en 1983, el sistema de metro fue considerado como uno de los sistemas más modernos de América y el mundo, actualmente cuenta con tres líneas y se están construyendo expansiones.
Algunos le dicen “sucursal del cielo” a Caracas. Es un hermoso concepto para venderla turísticamente, porque describe la mezcla de imponentes estructuras modernas, torres infinitas y patrimonios culturales y arquitectónicos de la humanidad con reservas naturales, y esa mancha verde y maravillosa que pinta El Ávila, a cuyos pies se alza Caracas y sus más de dos millones de habitantes. Si, es un hermoso concepto para describir el abrazo entre selvas de concreto y selvas de verdad.
Ateos abstenerse: si ésta es una sucursal del cielo, no hace falta que lo diga Santo Tomás…Dios existe y debe estar sobreviviendo entre banderas rojas. Seguramente, fue una de las firmas del referéndum.
DE SUEÑO BOLIVARIANO A LÓGICA IMPERIALISTA
La plaza Bolívar, a principios del Siglo XX, era mercado y centro de reunión social. Los aficionados de la música discutían sobre la revolución instrumental, los escritores sobre la revolución de las letras y casi todos, de la revolución política y social que se acrecentaba en el mundo. “La palpitación espiritual de la ciudad estaba cada noche en la Plaza Bolívar”, escribe Alfredo Cortina en “Caracas, la ciudad que se nos fue”. Desde alli también salieron las numerosas líneas del tranvía eléctrico y allí se conversó sobre todo, absolutamente todo, lo que hoy se encuentra en un libro de historia venezolana. Eran los tiempos de coches tipo “Victoria”, las serenatas, el lenguaje de abanicos y las pulperías.
En los países latinoamericanos, la tarea de rescatar ese pasado que nos hizo únicos resulta complicada en un mundo que nos quiere cada vez más iguales. Y Venezuela no es la excepción. Aunque la figura de Bolívar y el Che ocupen muchos espacios de la ciudad, cada vez más paredes se llenan con las mismas imágenes de marcas que invaden las otras capitales del mundo. Y aunque se baile mucho merengue y tambores, también se escucha música rave.
Hermosa, palpitante, histriónica y multifacética. Pero cómo cuesta conocer la verdadera Caracas. Cada vez le resulta más difícil conservar su mágica autenticidad. Y no por el sueño bolivariano de unirse e identificarse junto a otros países en una patria grande, sino por la ambición imperial de que todos comamos hamburguesas, escuchemos reggeaton y dependamos de la palabra “send” para poder hablar.
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