LA CORRUPCIÓN LLEGÓ AL CEMENTERIO MUNICIPAL
Todos tenemos un rasgo de inmortalidad o de finitud según la creencia. Lo cierto es que esa palabra que indica el fin absoluto o el principio inconmensurable, también según la creencia, trae aparejada en nuestra cultura un sinfín de miedos, teorías, suposiciones y supersticiones.
Y no se puede dejar de hablar de la muerte si esta nota trata de lo que ocurre en el lugar donde los muertos moran. El espacio destinado al eterno descanso de los santafesinos provoca, como irónica contrapartida, la conmoción de los que habitan del otro lado de esas gigantescas paredes emplazadas en Blas Parera y Fray Cayetano Rodríguez.
El Cementerio Municipal es la ciudad donde los otros reposan. Una ciudad amurallada con pasadizos y cruces, placas y epitafios, mármoles y nichos amontonados. Miles de historias se han contado sobre las realidades, imaginarias o no, que ocurren en su interior. Pero los dichos se hacen experiencia y los cuentos ya son vivencia de un presente que vislumbra que, si existe un antónimo a la palabra paz, sería la que pudiera adjetivizar al cementerio municipal.
VENTA DE CADÁVERES
Es vox populi que, con fines académicos, muchos estudiantes de medicina y odontología compran restos humanos en el cementerio. Un periodista de El Litoral pudo comprobar que la historia que circula por lo bajo en diferentes ámbitos sociales, es verídica.
Uno. La intriga por revelar este enigma condujo al periodista al Cementerio Municipal. Un día de semana, por la mañana, ingresó a las instalaciones y comenzó a recorrerlas esperando encontrarse con algún empleado que le diera una pista.
La puerta lateral lo condujo a la capilla que se emplaza en el centro del edificio y hace las veces de rotonda. Un poco más allá, se encontró con uno de los hombres que trabaja en esta dependencia y, aduciendo tener una hermana que estudia medicina, le preguntó si allí se podía conseguir un cráneo.
La respuesta se hizo esperar unos segundos: “Sí, dejá que te averigüe. Tendría que hablar con los muchachos del Crematorio. ¿Cuándo podés volver”.
Acordaron que regresaría a los dos días. Y así fue.
Dos. Nuevamente fue la puerta lateral la que guió al periodista hacia el hombre que se había comprometido a hacer de intermediario. Lo vio venir en bicicleta y le hizo señas. “Que tal, yo hablé con Ud. porque necesitaba un cráneo. ¿Me pudo averiguar?”. Lo miró desencajado, no parecía que estuviera fogueado en este tipo de empresas. “Ah, sí… Andá a esperarme en la puerta al lado de la oficina que yo ya voy”.
Se dirigió hacia la entrada principal, donde se ubica una capilla a la derecha y las oficinas del frente.
Se sienta y lee en una de las paredes exteriores, impreso en mármol gris:
Tu ciego en placer
Cierras el alma a los ojos
Contempla en estos despojos
Lo que eres, lo que has de ser
En este sitio has de aprender
Del hombre la duración
Que en esta triste mansión
De desengaño y consejo
Cada sepulcro es espejo
Cada epitafio lección
Francisco Acuña de Figueroa
1790- 1862
Un cabeceo de la persona conocida indicándole que lo siga hacia la izquierda. Unos pasos más allá los esperan dos hombres. El mayor, más experimentado en estas cuestiones que el que había arreglado la cita, espera y pregunta qué es lo que quiere. Escucha su descripción y vuelve a indagar sobre cuándo lo quiere.
-“¿Para cuándo puede ser?…”, interrogó el supuesto comprador.
-“Si lo querés te lo doy ahora mismo, pero nos tenemos que poner de acuerdo con la…” y junta y frota tres dedos de la mano.
“¿Y cuánto es?”. Era mucho: 100 pesos.
Finalmente se pusieron de acuerdo y luego de que el periodista se viera obligado a esconderse porque llegó uno de los superiores jerárquicos, se dirigieron entre los panteones hacia una ochava. Allí le dijo que esperara. Espió, extrajo el cráneo de una lápida. La última de una serie verticales, todas iguales. La puso en una bolsa negra y se la entregó.
-“¿Estos son de ésos que nadie reclama?”. Una sonrisa irónica resignificó un -“Sí… claro…”.
Luego le preguntó si se vendía mucho: “Ya no tanto porque nos pueden echar por esto”.
-“Y ¿se puede comprar un cuerpo entero?”.
-“Claro, por 400 pesos”, dijo y se retiró.
Ya estaba hecho. Dejó de ser sólo una sospecha.
Tierra de nadie
El ritual de las visitas a los familiares del ayer ya no es tan usual como unas décadas atrás. Sin embargo, y los desaparecidos de la dictadura son una prueba fehaciente de ello, la ausencia de tumbas señalan cuán importante es para esta civilización identificar el lugar de nuestros muertos.
Por eso, por lo menos, asombran los hechos que de un tiempo a esta parte se suscitan en el cementerio. La situación se desborda por robos a visitantes, desaparición de placas, poca luz y falta de medidas para evitar estas contrariedades.
Lo que dice la ley
Si bien el Código Penal no tipifica de manera directa la “venta” de cadáveres, sí establece en el artículo 171 que “sufrirá de prisión de 2 a 6 años el que sustrajere un cadáver para hacerse pagar su devolución”.
En tanto, el artículo 184 penaliza “de 3 meses a 4 años de prisión” a aquellos que irrumpan “en archivos, registros, bibliotecas, museos o en puentes, caminos, paseos u otros bienes de uso público; o en tumbas, signos conmemorativos, monumentos, estatuas, cuadros u otros objetos de arte colocados en edificios o lugares públicos”.
Por otra parte, el artículo primero de la ordenanza N° 8653 del 24 de junio de 1987 sustituye uno de su par N° 8478. En él determina que “la Dirección de Cementerios, al vencimiento de los arrendamientos de nichos o sepulturas que no hubieran sido renovadas, publicará el aviso en un diario local de información general y boletín municipal por una sola vez, acordando un plazo de 30 días para comparecer ante la misma a efectos de regularizar la situación. Vencido el plazo citado, la Dirección del Cementerio podrá disponer la ocupación, trasladando los restos no reclamados al horno crematorio, donde serán incinerados”.
Robos y profanaciones
En el tiempo que duró esta investigación de El Litoral, muchos testimonios llegaron a nuestra redacción. Han sido conocidos, además, hechos de robo e incluso ataques a visitantes.
También son varios y variados los llamados registrados en la Línea Directa de esta redacción para reclamar, sobre todo, que se limpie el lugar. Y es moneda corriente la sustracción de placas de bronce y de otros metales.
Uno de ellos fue lo sucedido a la familia B. cuando, en una visita a unos de los panteones centrales, se encontraron con los vidrios rotos y candelabros ausentes. “Intentaron abrir la puerta del panteón que es enrejado. Rompieron el vidrio y atrajeron con un elemento de gran alcance los candelabros de bronce del interior”, éste no es un hecho aislado.
Claro que los afectados hicieron la denuncia, pero “no sólo lo vimos como un robo, también como una profanación”.
La sospecha es clara, “si para atraer los candelabros utilizaron un elemento largo con dimensiones considerables en un panteón de una de las calles principales, tiene que haber sido alguien de adentro”.
Los largos brazos de la corrupción también alcanzan a la tierra de los muertos y hasta allí llega además, la falta de crédito que tiene la sociedad de los vivos en la Justicia. Ante la inevitable pregunta de por qué no se denuncian estos hechos, las respuestas son concurrentes “Para qué, si total nada cambia”.
El fuego tiene precio
T. murió muy tarde una noche, después de atravesar meses de sufrimientos tan crueles como su enfermedad.
En uno de sus pocos momentos de lucidez, hizo dos pedidos a sus hijos: no quería que la velaran y sí que cremaran sus restos. Para cumplir con lo prometido, la familia hizo los trámites correspondientes y el pequeño cortejo partió a la mañana siguiente del deceso, con rumbo al crematorio.
Después de varias solicitudes, consiguieron un turno para incinerar los despojos veinte días después, razón por la cual el féretro debía quedar en el depósito durante ese lapso.
El olor en las cercanías al crematorio es insoportable y, por esa razón, sólo los hijos decidieron acompañar a su madre, mientras el resto de los afectos esperaba afuera.
Una amiga de la familia, probablemente más alejada del dolor directo y molesta por la situación, se acercó a uno de los empleados de guardapolvo azul que se encargan del lugar y lo increpó:
-¿Cómo puede ser que haya que volver a pasar por esto el mes que viene?
-Es que ustedes no hablaron con la persona indicada…
-¿Cómo es eso?
-Y, si hay “algo”, hablamos con “el Jefe” y la fecha se arregla.
-¿Y cuánto es “algo”?
-No sé, usted diga… A lo mejor, un cien está bien para “el Jefe”.
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