La cruz del sur
Hacia1891, cuando Laurita nació en Santiago de Chile, su papá, un militar de alto rango, no lo estaba pasando bien. El gobierno que él defendía fue derrocado y el hombre tuvo que huir 500 kilómetros al sur. Pero la calamidad no terminó allí para el oficial Vicuña, que acabó muerto y dejó una viuda joven y otra hija: Julia. Mercedes, sin su marido y sumida en la miseria, se vino a la Argentina.
Igualmente, su destino no cambiaría demasiado. Manuel Mora, el hombre que la enamoró para hacer olvidar al militar, era un ganadero golpeador que la trataba como a una esclava. Mientras, su hija Laurita fue internada en el Colegio de las Hermanas Salesianas, donde hoy se levanta la iglesia que es motivo de esta historia, que se cuenta debajo de una estructura edilicia pretendidamente gótica.
Dicen que Laurita Vicuña, al comenzar a recibir instrucción cristiana, no pudo soportar que su mamá viviera en pecado o “unión libre” con un hombre. Y que le prometió a Dios entregarle su vida si era preciso para acabar con esa situación. De hecho lo hizo. El 22 de enero de 1904, cuando apenas contaba con 13 años, se murió tras una penosa enfermedad, con el compromiso de su madre de abandonar al matón y sin saber que el 3 de setiembre de 1988 el Papa Juan Pablo II la iría a beatificar.
En la iglesia que la recuerda y que es motivo de culto de las comunidades mapuches y de los cristianos por igual hay algunas particularidades. Es la única que deja lugar para la convivencia de los dos credos. Un cristo tallado tiene rostro mapuche y la virgen –también con cara de estas tierras- está embarazada y abraza a una niña que no sería otra que Laurita Vicuña.
En púlpito está hecho de piedra y la cruz que luce al fondo tiene en el fondo un cuadrado cuyas cuatro puntas representan el aire, la tierra, el agua y el fuego, adorados por los mapuches. Además, en los vitrales laterales no hay santos sino que se representan distintas situaciones en las que aparecen Laurita Vicuña a un lado y Ceferino Namuncurá, un santo popular no consagrado por la iglesia, al otro.
A los costados de la parroquia, como si se tratase de un revestimiento, hay colocadas ruanas tejidas por manos mapuches con un camino bien marcado en el medio. Dicen que es el camino de Jesús. Y también cuentan que aún sin conocerse unos a otros antes de la llegada de los españoles, la religión mapuche guarda mucha similitud con la cristiana. Laurita Vicuña, la beata, es rubia de ojos azules para quien la esculpió, pero con ese apellido, ha de haber sido mapuche cristiana, como esta iglesia.
Aquí se le rinde culto permanente a la nenita que se entregó a Dios para salvar a su madre. Claro, Dios, trocador que siempre pide algo a cambio, se la llevó bien pronto y la hizo sufrir bastante. Pero al menos Mercedes tuvo su premio: perdió su hija, se cambió el apellido y huyó –no cuentan dónde- del hombre que la golpeaba con su Julia en brazos y su dolor en el alma. Eso sí, un dolor bien cristiano.
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