LA DECISIÓN DE NO ENVIAR TROPAS AL LÍBANO FUE ACORDADA CON BRASIL
En conversaciones diplomáticas muy discretas y reservas, entre el martes y ayer, Argentina y Brasil convinieron en no enviar tropas al Líbano en la misión de paz que preparan las Naciones Unidas.
Desde Beirut, donde estuvo hasta ayer, el canciller Celso Amorim confirmó el martes a la prensa que su país no integrará las fuerzas de la ONU. Unas horas después, en Buenos Aires, el vicecanciller argentino Roberto García Moritán resumía la misma postura que su colega brasileño al señalar a Clarín que el gobierno de Néstor Kirchner no estará entre los que envíen soldados para la fuerza internacional.
En medios diplomáticos trascendió que ambos gobiernos habían sufrido fuertes presiones de Estados Unidos para “integrar” tropas que deberán emplazarse en el sur del Líbano, en una acción mancomunada con el Ejército de ese país.
Pero tanto en Brasilia como en la capital argentina evaluaron que las desventajas políticas de una eventual participación en las fuerzas pacificadoras eran mayores que los beneficios de estar presentes.
En el caso argentino, parece haber estado muy claro que de cualquier intervención en ese conflicto podría generar nuevas incertidumbres: con dos atentados en la historia reciente del país, el de la embajada de Israel y el de la AMIA, una presencia activa en el conflicto del Medio Oriente así sea con fines altruistas sería capaz de generar nuevos riesgos y poner en juego la calma nacional.
En Brasil no es muy distinto y el canciller Amorim lo entendió así. En sus cálculos talló el hecho de que su país cobija 10 millones de descendientes de libaneses y de sirios, pero también alberga una comunidad judía económicamente poderosa.
Por esa razón, Amorim abrió el paraguas en Beirut, donde se reunió con los principales líderes libaneses, entre ellos el premier sunita Fuad Siniora. Dijo que el gobierno de Lula da Silva “no tiene ninguna expectativa de ser mediador en una crisis de esta naturaleza”. Si se lo pidieran en un contexto de clara disposición a la paz “estaremos presentes”. Pero ese deseo no es tan evidente y entonces “no tenemos nada que hacer por allí”. El ministro no fue al Líbano con la manos vacías: llevó 9 toneladas de medicamentos, abrigos y comida, en parte recaudados por la comunidad libanesa brasileña.
Al llegar a Beirut, Amorim fue recibido por su colega libanés, Fawzi Salloukh, de origen shiíta y uno de los dos ministros que representan a Hezbollah en el gabinete libanés. Este político condujo al canciller brasileño a barrios de la capital libanesa destruidos por los bombardeos israelíes. El colaborador de Lula da Silva quedó muy conmovido al ver banderas brasileñas junto a camisetas de la selección verde amarilla en medio de los escombros. Es que en esa ciudad residían miles de libaneses—brasileños que fueron rescatados por aviones de la Fuerza Aérea Brasileña en medio de la guerra.
El ministro de Lula tuvo claro sobre la precariedad de la paz alcanzadas estos días. “Una cosa es el cese del fuego. Es importante, pero también es indispensable que se reestablezca el diálogo” sostuvo.
Amorim admitió además que el gobierno de Lula no tiene intenciones de debilitar sus relaciones con Israel. “Queremos mantener las buenas relaciones con este país. Y deseamos también persuadirlos a que retornen al diálogo porque en esto reside la esperanza”.
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