LA DESESPERACIÓN POR CONSEGUIR UNA ENTRADA
Las entradas por estos lados se cotizan en bolsa. Basta salir a la calle y toparse, a cualquier hora, con un argentino desesperado, casi suplicando por un dato que le permita tener su ansiado cartón verde y amarillo. La gran mayoría, los que pueden pagar cualquier precio y los otros, decidieron arrimarse temprano al estadio. Y ver qué pasa, en esa cacería del regateo. Todo sea por la celeste y blanca, se consuelan entre sí.
Hay que ir a la boca del lobo, saben. O a la reventa, que es lo mismo. Ahí cualquier mortal, sin distinción de nacionalidad, va derecho al sufrimiento. El tema es así, ante la desesperación, los oportunistas tratan de hacer un buen negocio. Y faltando ocho o nueve horas para el comienzo, se podía llegar a pagar cualquier cosa. “A mí me pidieron 400 euros por una, pero necesito dos porque estoy con una amiga”, dijo Laura, de Mar del Plata. “Si no, de útlima, nos vamos a tomar una cerveza en el centro y lo vemos por televisión”, se resigna.
Mario es de Santiago del Estero. Vive al día contando las monedas y no tiene entradas en el bolsillo. Se las rebusca vendiendo camisetas truchas de Riquelme. Las pagó 25 pesitos allá y acá no las entrega por menos de 30, pero euros. Su esperanza es que se repita lo que pasó en el Mundial de Francia, donde Julio Grondona se apiadó de él y lo hizo entrar. “Claro, el tema es buscarlo y decirle: ‘Cómo anda, Don Julio’ ¿Se acuerda la mano que me dio en el 98? Ando tirado, igual que aquella vez” Pero no va a ser fácil, lo sé”.
En Hamburgo, vivos aparecen a cada rato en este esperado día del debut argentino. Un alemán que asegura haber estado en Córdoba, se estaciona con sus mochilas en la puerta del hotel y muestra un talonario sin tocar. Brilla para los ojos de quienes tiene enfrente. Pide 200 euros por cabeza y el más incrédulo ve gato encerrado. “No puede ser. Nos están pidiendo mucho más’ ¿Y si son falsas?” Nadie responde. Luis, de Campana, reclama a sus amigos paciencia: “Acá no hay que desesperarse porque perdés seguro. Es necesario jugársela y esperar hasta último momento: ahí van a aflojar porque si no se las van a tener que comer”.
La teoría de Luis se desvanece ante la realidad. Cada vez falta menos y no hay rebaja que valga. “Vamos a ver a las autoridades de la AFA. Ellos se tiene que hacer cargo de la situación”, brama Clara, de Ramos. Y a su lado, Juan Manuel grita enojado que “hagan algo por nosotros. Somos argentinos y queremos ver a la Selección. La Cancillería, el Consulado o no sé quién”.
Los periodistas tienen que esconder sus credenciales porque, invariablemente, se acerca un necesitado a pedir una ayuda que no se les puede dar. “No tickets, no tickets, no tickets'”, repiten los controles. Enrique, nacido en Luján pero ahora mudado a Pilar, asegura tener el pase para todos los partidos de Argentina: “Si la Selección llega a la final, ahí estaré. Pero sé lo que se siente sufrir del otro lado del mostrador. Es una aventura. Te mandan de un lado al otro, te dicen que fulano tiene una y la vende a valor oficial. Mentira, pero vos vas igual detrás de la ilusión. Ya pasé esa, y la verdad que la pasé mal. Por eso ahora si no viajo con el paquete armado desde Buenos Aires, mejor me quedo en casa”. Allí, aclara, lo espera su mujer embarazada de ocho meses. “Que no se adelante'”, suplica.
Ya es tarde, pese a que el sol sigue arriba. Resignados, un nutrido puñado de compatriotas agarran un taxi en busca de un barcito cercano. Arrancaron el Mundial con el pie izquierdo, pero prometen ir por la revancha ante Serbia y Montenegro. Allá estarán ellos. Con o sin entradas.
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