La dignidad
Llueve. Tres meses después, llueve sobre el espejo de agua del Iberá. Colonia Pellegrini se empapa sin inmutarse, un poco porque hacía falta la lluvia, otro porque jamás se inmuta. Gelman diría que están lavando el mundo, se le ocurre a mi compañera. Y parece que lo harán con intensidad. No hay una sola posibilidad de salir por los caminos que ahora son pantanos. Roque, dueño de un hospedaje, guía de excursiones, sabedor de todas las cosas, sonríe. Escucha que un par de forasteros tiene ansiedad por partir. Se vuelve para resolver la situación. “Acá, si llueve está bien, y si no llueve es lo mismo, porque agua siempre hay”. Pero salir no se puede, eso está claro. Roque echa la vista a la laguna. Le gusta contar y tiene, porque siempre allí se tiene, mucho tiempo para hacerlo. Convida mate, se sienta y se bebe de a sorbitos la ventolina que ha dejado la lluvia. Será que Roque es un hombre sin tiempo o será que contagia serenidad, pero a uno le vienen ganas de quedarse y aleja la mente del barro del camino.
Roque sabe mucho. Vive allí desde antes del ’72, cuando no existía el puente de hierro y maderas que hicieron para que los autos pudieran cruzar la Laguna del Iberá sin recurrir a una balsa vieja. La balsa en desuso, corroyéndose, es testigo de la conversación, a un costado de los juncales. Antes, cuando la ruta provincial 40 se llamaba ruta nacional 14, todos los camiones cruzaban por allí y solían esperar hasta tres días un turno. Pero hicieron el puente. Y la ruta 14 se mudó con asfalto incluido hasta la costa del río Uruguay. Entonces desapareció la playa donde Roque aprendió a nadar y a vivir, llenaron la zona de ‘pedraplenes’ y el sistema se modificó, tanto que la parte de agua de la Laguna que se marchaba hacia el Uruguay quedó encerrada para siempre.
Roque sabe que las muchas tierras -y el mucha agua- han sido compradas por unos pocos extranjeros. Roque tiene ideología. Dice que no vendería por nada su pedacito de identidad. También sabe que nadie le escucha lo que pronuncia, más que como una queja, como una obligación de decirlo. Su primo, el ‘Gringo’ le dijo que no le daría su pertenencia a un lacayo de vaya a saber que corporación que le ofreció 2 millones de dólares.
A Colonia Pellegrini vinieron muchos hoteleros pomposos que sacaron créditos baratos como favor de algún amigo enquistado en el poder. Ellos también son competencia de los lugareños. Quieren ganarles el mercado, el pan, la lucha diaria.
Hay otros Roques y otros Gringos que no se venden. Además del suelo, conocen el subsuelo. Saben que el acuífero guaraní está ahí abajo, protegido por el origen y desprotegido del estado.
Ha escampado definitivamente. Es factible que mañana el camino recuepere la polvareda y que los tractores y los camiones no hayan dejado huellas tan profundas como la que nos ha dejado Roque con su posición política.
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