LA ENCRUCIJADA DE BROADWAY
Con todo su esplendor y excesos, La boheme culminó su temporada en Broadway. Concluyó antes, luego de todo el alboroto que rodeó a su llegada, el otoño boreal pasado. Y no va a haber por algún tiempo otra ópera armada como un musical de abultado presupuesto.
Sin embargo, lejos del candelero —esto es, en el off Broadway— hubo otro musical que también levantó sus funciones luego de poco más de tres meses. El espectáculo le costó a su productor, Jack Dalgleish, nada más que 1 millón de dólares (¡nada más!); cerca de un sexto de las pérdidas acumuladas por La boheme. De todos modos, su corta vida y reciente muerte dicen mucho sobre el futuro del teatro en los Estados Unidos.
De lo que tal vez no se haya oído hablar es de Zanna, don’t, una acaramelada y burbujeante obra, aunque sorprendentemente sustanciosa sobre una escuela secundaria de fantasía en la que ser gay es la norma y los heterosexuales son una cerrada minoría. Se trata de una obra totalmente original. Su partitura, libro y letra fueron escritos por un joven llamado Tim Acito. Un trabajo emblemático de una temporada lejos de Broadway que fue tal vez calamitosa desde el punto de vista financiero; desde el punto de vista artístico, la mejor que se vio en la última década.
Sus gastos semanales fueron de 60.000 dólares —cerca de una décima parte de lo que costó hacer La boheme—, y se exhibió en el teatro John Houseman de 287 butacas. “Estábamos perdiendo, y desde un comienzo, entre 10.000 y 40.000 dólares semanales. Nunca tuvimos una semana en la que quedáramos hechos. Ya no existe un público fuera del circuito de Broadway. Este circuito está roto y nadie sabe ya cómo arreglarlo”.
En realidad, hay que tomar con reservas el comentario del señor Dalgleish. En primer lugar, en la larga historia del teatro, ningún productor de ningún tipo —de Broadway, de off Broadway, regional, comercial o sin fines de lucro— admitió alguna vez que las condiciones económicas fueran favorables como para llevar a escena un espectáculo. En segundo lugar, el circuito off Broadway es el lugar en donde estuvieron esta temporada casi todas las obras promisorias de Nueva York.
En Broadway, la recaudación total superó por primera vez los 700 millones, gracias a algunos grandes éxitos como Mamma mia!, Hairspray y El rey León. De todos modos, los musicales nuevos fueron escasos y poco convincentes. Después de Hairspray —en agosto pasado—, la caída fue abrupta. Otros siete musicales nuevos se estrenaron en Broadway, que incluyeron a tres sin partituras originales.
El circuito off Broadway, mientras tanto, estuvo lleno de innovaciones. Esto tiene que ver en parte con la realidad económica. Simplemente cuesta menos llevar a escena un espectáculo en el circuito que no es el de Broadway. Los riesgos son menores y la recaudación menos onerosa. Pero tiene que ver también con la mera energía creadora.
Corresponde recordar que lo que conforma a Broadway es un universo de 39 teatros que cuentan con un total de por lo menos 500 butacas cada uno. El circuito off Broadway abarca teatros de 99 a 499 butacas (cualquier cantidad inferior es vista como “off off” Broadway).
La lista de las obras estrenadas desde el otoño boreal en el circuito off Broadway que merecen recomendarse llega a unos 26 títulos, incluídos Zanna, don’t!, cuatro musicales nuevos y 15 obras nuevas, así como 7 revivals de joyas como Los negros, de Jean Genet (producida por el Classical Theater of Harlem), The daughter-in-law de D. H. Lawerence y High priest of California, de Charles Willeford.
Y sin embargo, todo el mundo perdió dinero. Los subsidios disminuyeron en una economía caída por lo que los teatros sin fines de lucro tienen motivos para quejarse. La interpretación de todo esto al estilo “medio vaso vacío” se reduce a que las nuevas obras y musicales están condenados al fracaso, a que aún las obras buenas que se producen en los teatros con un factor de riesgo menor no reciben el apoyo del público.
Pero también se puede adherir a la interpretación del “vaso medio lleno”. ¿No es asombrosa la cantidad de buenas obras teatrales que se están produciendo en medio de tantas limitaciones económicas? Los artistas actúan de hecho de forma hermosa cuanto están bajo presión.
No sería una mala idea si los agentes turísticos de Nueva York, además de alentar a los visitantes a conocer Broadway, les recordaran a los mismos neoyorquinos sobre la existencia de otro teatro, más accesible, dentro de su propio vecindario. La gente de teatro, de todos modos, son como las cucarachas. Lo digo con toda mi admiración y afecto. Es que no mueren. Soportan todo y, felizmente, hasta prosperan.
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