LA ESTRATEGIA KIRCHNERISTA A LA HORA DE HACER POLÍTICA
¿Dónde están los prebendarios bombos del Tula en primera fila? ¿Y las pancartas de cuatro mástiles con eso de Unión Obrera Metalúrgica presente? ¿Qué se hizo de la marchita cantada sin importar que los dichos poco tengan que ver con los hechos? Cristina de Kirchner se encargó de responder estos interrogantes, en el final de su discurso, dirigiéndose al Presidente: “Usted sabe que hacer política es también construir un nuevo escenario”. Y vaya que lo construyeron. Al punto de que el de anoche ocupó toda una cabecera del estadio cubierto de Ñuls, como símbolo de la visión que, justamente, el kirchnerismo tiene a la hora de hacer política. Una visión que se extiende a los simbolismos, a las formas de organizar, de distribuir espacios, de dosificar los tiempos y las palabras.
Esa construcción política no abreva justamente en el más tradicional folclore justicialista, ese al que no se le cae de la boca, de las pancartas y de la música de fondo las palabras General y Evita. Nombres poco frecuentados anoche, al punto de que solamente Cristina nombró al viejo líder, recordando que “cuando teníamos 20 años trajimos a Perón a la Argentina”, en referencia a la determinación sin importar la edad de la generación del “Luche y Vuelve”.
Como era de prever, tampoco hubo Marcha, solo Himno Nacional, con algunos dedos en ve. Inútil y solitario fue el grito pidiendo la canción partidaria que lanzó el jefe comunal de Alvear, Oscar Montagni, frecuente besa‑anillos de Carlos Menem durante los `90.
El desarrollo del acto también prescindió del caos que suele caracterizar a ese tipo de encuentros. Bastó que a las 19.23 ingresara Néstor Kircher al estadio, para que de inmediato comenzara todo. En la primera escena, se corrió la gran bandera argentina que cubría una de las cabeceras, para mostrar a un centenar de candidatos a diputados nacionales de distintas provincias, prolijamente sentados.
Después, se proyectó en las pantallas gigantes un video donde la imagen de Carlos Menem y Fernando de la Rúa juntos fue subrayada con la palabra corrupción y las posteriores imágenes de Néstor Kirchner ilustradas con el slogan “un país en serio”.
Y para un país en serio, qué mejor que un lanzamiento de campaña serio, sin desbordes. Más cercano a un acto académico, de colación, que a los sudorosos apretujones de otra época. Valga la figura. Sobre el escenario, los graduados, es decir los candidatos. En el palco derecho, gobernadores y miembros del Ejecutivo nacional, es decir quienes en algún momento levantaron el pulgar, aprobaron, a aquellos candidatos. En el palco izquierdo, funcionarios provinciales, concejales locales, en definitiva los que todavía no tienen títulos suficientes como para llegar al escenario. Incluso, hubo un final tan típico de las graduaciones: todos los candidatos sacándose fotos entre ellos arriba del escenario, después del acto ‑principalmente junto a la mejor alumna, Cristina‑, recuerdo del momento irrepetible.
Más allá de los hombres de traje y corbata ‑toda la primera fila junto a Kirchner, menos De la Sota, con campera‑ o de elegante sport, el estadio estuvo colmado por un público de un arco muy diverso: desde un puñado de obreros de la construcción de la UOCRA, identificados con cascos amarillos, hasta un grupo de militantes llegado en cuatro colectivos y proveniente de los barrios santafesinos de Santa Rosa de Lima, San Agustín y Los Troncos, obeidistas ellos, como se preocuparon en destacar.
Todavía volaban los papelitos celestes y blancos lanzados tras el discurso de Cristina y atronaban las estrofas de la canción de campaña ‑cantada por Alejandro Lerner y León Gieco‑ cuando Daniel, vecino de Molino Blanca y militante de Barrios de Pie, se retiraba por la puerta principal. “Teníamos ganas de hacer un poco de kilombo, pero bueno… lo mismo la pasamos bien”, dice con una sonrisa y sabe que, la próxima vez, no será necesario cargar con los quince redoblantes y bombos que anoche tuvo que dejar afuera del estadio.
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