LA EXPERIENCIA DE RIVER SE HIZO NOTAR EN EL JUEGO
A mirar el futuro. El presente ya está cerrado. La fiesta será de otros. En el haber y el deber, con los números puestos, es tiempo de empezar a sacar conclusiones. En ese plano entró River y, por supuesto, dicho sea de paso, también Central. Para River fue un año de ciclotímicas sensaciones. Campeón del Clausura, le sacó ventaja a Boca en los enfrentamientos oficiales (los otros son de consumo partidario puramente) y se quedó en las vísperas en las tenidas internacionales. Y, más allá de los análisis, exámenes rigurosos, posibilidades, obligaciones, presiones, etc, etc, etc, por lo visto y escuchado en su despedida del Monumental, el hincha de River en forma unánime quedó satisfecho, casi feliz, en etapa de éxtasis, por momentos. Algo así como para demostrar que el exitismo existe, pero que la gente a veces se olvida de lo que consume indirectamente y es capaz de ofrecer alegrías porque se siente alegre. Esa es una realidad. Astrada y sus jugadores harán el control de la situación pensando en lo que viene. Lo que pasó no tiene retorno.
Y en este torneo donde todos, desde el posible campeón hasta el último se quejaron de los puntos perdidos injustamente, ayer más o menos se dio la lógica. La experiencia de River, el oficio de River, algunos talentos suficientes para marcar el desequilibrio, el valor de la experiencia le alcanzaron para embolsar tres puntos sin discusiones. Enfrente toda la dignidad de este novato Central, con siete jóvenes jugando por primera vez en Primera como titulares en el Monumental (Ojeda, Fassi, Moreira, Andrés Díaz, Daniel Ledesma, Alemanno y Ruben) demostrando que siguen apareciendo buenos proyectos (lo que no saca Central son dirigentes inteligentes para sostenerlos, eso se sabe) para animársele en la porfía por el triunfo.
River tuvo la iniciativa por mandato histórico. Central se la discutió con orgullo. Y salió un partido bastante entretenido. Hasta intenso. Hubo más situaciones peligrosas frente a Ojeda, un arquero sobrio, interesante, que frente a Costanzo en el recuento final. Porque River siempre fue más punzante y elaboró una mayor cantidad de jugadas directas. Central intentó ser prolijo, a veces lo consiguió, pero todavía está transitando la categoría de equipo liviano, le falta rodaje.
La diferencia registró un cierto parentesco con el juego. Por ahí, por el esfuerzo, por esa valentía de querer jugar siempre, Central mereció llevarse un grito, pero eso no cambia el concepto global. Al toque, circulación, apariciones de los mediocampistas por los costados, al acompañamiento de los laterales que desplegó River, Central le respondió con los mismos argumentos. La clave estuvo en las individualidades. Las que desequilibran, al cabo. Ubicamos dos ejemplos: Mascherano y Daniel Ledesma. Mascherano se mueve como lo que es, un consagrado. Quita, distribuye y hasta mete un pase gol como el que le dio a Cuevas. Ledesma ofrece despliegue, perseverancia, buen traslado, pero muestra alguna inocencia producto de su escasos partidos en Primera, aunque tiene pasta. Y así fue en general.
River, seguramente, redoblará la apuesta a sus venideros desafíos. Puede que pierda alguna pieza clave, pero apelará a su tesorería para disponer de un plantel que vaya por la Copa, su permanente ilusión. El simpatizante de Central tendrá que rezar para que no le desmantelen el plantel, como ocurre año tras año. Perspectivas distintas, netamente opuestas, mientras la temporada futbolera espera el último acto, con Newell’s y Vélez como solitarios protagonistas.
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