LA FALTA DE IDEAS TUVO UN FINAL CANTADO
“Hace una semana, en los mismísimos vestuarios del Monumental, Boca se quedaba sin técnico por la renuncia de Miguel Brindisi. ¿Qué cambió en Boca? Nada, absolutamente nada. El equipo juega igual que con el anterior entrenador: es decir, no juega a nada. Ni siquiera la clasificación para las semifinales de la Copa Sudamericana (San Abbondanzieri mediante) sirvió para enderezar el rumbo futbolístico. Quizás pudo haber retemplado el ánimo (un poquito, no mucho más). Y punto. Boca sigue envuelto en las tinieblas cuando existe una pelota de por medio… Y acá no hay técnico que valga. Si Tevez (¿habrá vuelto de sus vacaciones?), el as de espadas de otros tiempos mejores, muestra lo que muestra, si pasea por la cancha como una sombra, si parece un jugador como todos, ¿qué les queda a los demás? Ese es el reflejo de este Boca que no le mueve un pelo a nadie.
Hace una semana, en La Plata, Estudiantes se subía a la punta en soledad. Y la disfrutaba a garganta batiente, emulando sus viejas épocas de gloria. Tanto gozó que media ciudad se vio convulsionada y las cinco mil entradas (un despropósito de la dirigencia de Boca) que recibió para visitar la Bombonera volaron de las boleterías. Ese Estudiantes agrandado psicológicamente no se decidió a quebrar a Boca y resignó el liderazgo (quedó a un punto de Newell’s). Pero —a diferencia de su rival de ayer— sí sabe a qué juega. Merlo es consciente de que no puede tirar manteca al techo y entonces no se sale de su libreto. El orden, el despliegue, el coraje, la humildad, la convicción. Y la firmeza defensiva, claro está. Después, si les suena la flauta a los habilidosos Carrusca y Sosa, bienvenido sea el fútbol…
¿Qué dejaron, al fin de cuentas, el Boca desorientado y el Estudiantes disciplinado? Un espectáculo completamente enfrentado con la estética. Noventa minutos —especialmente los últimos cuarenta y cinco— aburridos, monótonos, toscos, peleados. Y en el cierre de una tarde sin emociones, quedó una sensación inequívoca: si Estudiantes se hubiese animado, la victoria le hubiera quedado al alcance de la mano. Fue su pecado, el mismo de unos días atrás en el Gasómetro. Volvió a hacer su negocio, es cierto. Volvió a sumar —en casa ajena y contra otro grande—, aunque sea de a uno. Volvió a La Plata con las ilusiones intactas. Pero, ¿no es momento de que se suelte un poco más? Porque son días de definiciones, entre otras cosas…
Los arcos siempre les quedaron muy lejos a los dos. Estudiantes salió a presionar bien arriba y redondeó una imagen más convincente en la primera mitad por aquello de tener perfectamente aprendido el abc de su plan. Pero Abbondanzieri no sufría, más allá de los disparos de larga y media distancia. Pavone quedaba muy solo arriba y Sosa, como media punta, amagaba más de lo que concretaba. ¿Y Boca? Las ganas y el esfuerzo se estrellaban contra la ausencia total de ideas. En el medio nadie manejaba la pelota con soltura (Cascini era el que más la tenía y al menos la pasaba redonda, pero él no está para esas cuestiones de la creación). Y adelante todo dependía de algún acierto de Palermo (le dio una notable asistencia a Guglielminpietro, quien le pegó mal y la dejó en las manos de Herrera). Tevez, ya fue dicho, se asemejaba a un fantasma… En Asunción, contra Cerro Porteño, jugó de enganche y no la tocó. Esta vez, se negó a cumplir nuevamente esa función —el técnico Benítez le consintió el capricho— y fue de punta, como desea. Tampoco pasó nada. ¿Sabrá Tevez realmente lo que quiere?
El segundo tiempo fue tan malo que la gente de Boca se dedicó a cantar por cualquier cosa (insultó a River, pidió a Guillermo) menos por el equipo. Merlo puso dos delanteros (Maceratesi y Lugüercio), pero la ineficacia fue la misma. Benítez incluyó a Barros Schelotto y así fueron tres los atacantes. ¿Resultado? Cero. Maceratesi despilfarró una chance inmejorable desde el borde del área chica. Enfrente, Schiavi chocó con Palermo y la tiró afuera debajo del arco… Por suerte, el árbitro Martín se apiadó de todos y lo terminó. Ya era hora…
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