"LA FELICIDAD NO ES INTERESANTE"
Cuenta Fernando Peña que nunca se sintió tan feliz. Nunca desde sus 16 años, cuando se escapó sin un peso de la casa de sus padres, en Montevideo, y se vino a Buenos Aires a actuar. Cuenta que a veces mira al cielo y se dice a sí mismo “pensar que esto es todo lo que soñaste”.
Suena tan cursi. Tanto como un final feliz. Pero Peña no cree en los finales felices, dice que nunca son lo que parecen. “La felicidad no es interesante, te deja en un estado de boludez”, dice. Y tal vez lo suyo sea un sofisticado rodeo para —como dice hacer en sus obras— embellecer el final.
El sueño realizado de Peña era hacer teatro en una sala céntrica porteña. Desde hace un mes, llena la sala de El Ateneo de miércoles a domingos. Miércoles y jueves con Mugre; viernes, sábados y domingos con Esquizopeña, el musical. Dos shows nuevos y diferentes. Los que prefieren al Peña ácido y provocador deberían elegir Mugre, una aventura circense con cierta amargura. Los que quieran reírse sin culpa, en cambio, El musical, una galería sorprendente de personajes que se despliegan con brillo y magnitud inusuales. Los que quieran ver a un actor descomunal no deberían perderse ninguno de los dos. Y acordarse, en algún momento, que detrás de esos personajes hay una misma persona.
De yapa, Peña debutó este año en TV como René, un ex internado del neuropsiquiátrico de Sol negro (América, lunes a las 23), que vive debajo del hospital, y a quien los protagonistas visitan como a un oráculo. Oráculo que, según las circunstancias, asume distintas voces —obvio— para señalarles el camino. El resto dice que no es trabajo, es puro placer. La vereda tropical es el programa que conduce la cubana Milagros López los sábados por Radio del Plata, de 20 a 22. Los fans no lean lo que sigue: sí, Milagros es Peña.
En su luminosa casa de Martínez con jardín de piedritas de plaza Peña muestra una libreta de hojas negras con dibujos y textos en tinta plateada. Allí está escribiendo su próxima obra, La burlona tragedia del corpiño, que estrenará en Mendoza en diciembre. “Es tremenda. Arranca con una chamana maldiciendo el acto de parir. Lo escribí porque tiene un final maravilloso, es un homenaje a las madres. El amor de la madre es como un corpiño que te ahoga, y del que uno nunca se libera. Te da todo, y también te priva de todo”.
¿Tu mamá llegó a verte arriba de un escenario?
No, se murió en el 97. Y no sabés lo feo que es, porque yo no creo que me esté mirando desde ningún lado.
¿Con qué idea creés que se quedó de vos?
Que era un puto triste, que no podía integrarme a la sociedad, que iba a sufrir mucho. Que iba a vivir sin trabajo, que me iban a excluir de todos lados y que iba a ser señalado como una oveja negra… Que no tenía futuro en este mundo. Se murió pensando eso. Cuando ella murió yo hacía Milagritos en el programa de Lalo Mir. Ella odiaba que usara el teléfono para eso. A veces la iba a visitar a su casa y me llamaban para salir al aire… ¡No sabés la cara que ponía! “¡Yo no puedo creer estas pelotudeces que hacés, Fernando!”, me decía. Me encantaría que me viera ahora.
¿Y si siguiera pensando que son “pelotudeces”?
“Por lo menos me conoce todo el mundo, mamá”, le diría. Y puedo mantenerme. Me da mucho orgullo darle de comer a 26 personas, desde María, mi empleada, hasta mis actores, la gente que trabaja conmigo. Me da bienestar, una cosa maternal, de nutrición.
A Peña le cuesta hablar como Peña. Asegura que, fuera de sus personajes, no tiene mucho que decir. En Mugre, uno de sus espectáculos, sin embargo, Peña irrumpe. Le dedica unas palabras incomprensibles al “Petiso”, a quien parece buscar entre el público. En el programa que entregan a la entrada, en letra minúscula, se lee: “Te odio, pero vos amame. No estés, te conviene. Olvidate de mi cumpleaños, llamame en Navidad petiso. Te lo escribí en toda la ciudad, ¿te diste cuenta?”.
¿Qué es esa historia del Petiso? ¿Qué es lo que escribiste en toda la ciudad?
Una historia de amor frustradísima… ¡Paredes! Escribí doce paredes: “Petiso, te extraño”; “Petiso, sabés que soy yo”. Adoro los graffiti. Me encanta saber que nadie supone que eso lo escribí yo. No sé si él sabe siquiera…
¿Es la persona que estuvo con vos durante tu enfermedad?
Sí. Mucha gente me pregunta “¿Qué, no se bancó el HIV?”. Al revés, no se bancó la salud. Yo le decía “Nico, ahora estoy bien, ¿la tragedia continúa para vos?”.
Para vos no continuó…
No, por eso pude escribir Mugre. Pero el leit motiv de la obra son las cosas inconclusas. Todos los personajes tienen cosas inconclu sas. Es mi elaboración artística sobre el pasaje de un ser humano por esta tierra, que es profundo y a la vez efímero.
A fines de 2001 Peña casi se muere de sida. Tuvo que suspender el teatro, y hacía su programa de radio El parquímetro (por La Metro) desde su casa o desde la clínica en la que le aplicaban la quimioterapia. Hoy no habla mucho de su enfermedad. Hace unas semanas tuvo que suspender una función de Mugre porque un herpes en la pierna le produjo una inflamación en los ganglios. Al día siguiente, decidió que iba a cantar y bailar en El musical. “Que me revienten los ganglios, no me importa”, dijo antes de salir del camarín.
¿Cómo fue darte cuenta de que habías sobrevivido?
Un shock. “¿Y ahora qué hago?”, me pregunté. No sabés qué cómodo era estar muriéndome. Tenía a todo el mundo a mis pies. ¡Da un poder! Por dentro tenía un cagazo padre, pero tenés ese bienestar de todos diciéndote “¿qué necesitás? ¿Qué te alcanzo?”. Morirse es maravilloso. Por lo menos a mí me encantó. Y después sí, cuesta estar bien, porque estás solo de vuelta, te sacaron el andador, y si llegás tarde no tenés la excusa de la quimio.
¿Pensaste cómo hubiera sido tu vida si no te hubieras dedicado a actuar?
Triste. Un Barreda (el dentista que mató a su mujer y a sus hijas). Yo la locura la despliego en el escenario. No sé a esa gente contenida qué le puede pasar, le tengo pánico. Toda esa gente tan compuesta, que vive la vida tan como hay que vivirla, los miro y digo “¡Ay Dios, el día que te brotes!”.
¿En tu historia personal, en tu familia, estuvo presente la locura?
Todos los días. He vivido rodeado de locos, pero locos que se reían de la locura. “Che”, decía mi padre (el periodista Pepe Peña), “viene el tipo a instalar la televisión, cortenlá que se va a ir a la mierda”. Y de golpe se ponía una panera en la cabeza, y comía así. Mi mamá bajaba vestida de fiesta para desayunar, y no era que había seguido de largo del día anterior… Ella estaba feliz, un viernes, y se vestía de largo.
¿Tuviste alguna vez miedo de volverte loco en serio?
Yo a los 15 años empecé a ver a un psiquiatra, Norman Pikholz, con el que me sigo viendo hasta hoy. Me llevaron porque yo siempre estaba solo, no jugaba con los chicos, estaba todo el día encerrado en mi cuarto. Mi mamá no soportaba mi antisociabilidad. “No puede ser, todo el día solo… ¿Qué hacés?”, me decía. Yo no le podía contar qué hacía. Me disfrazaba con pelucas, hacía playback, lloraba, vivía en un teatro. Hasta que Norman le dio la llave de mi cuarto a mi madre y le dijo “déjelo, que cierre con llave”.
En una entrevista dijiste que te imaginabas muriendo joven…
Porque me hago mucha mala sangre… (se ríe de la metáfora). La gente que vive apasionada muere joven. Yo imagino así mi suicidio: voy a ir en el auto, a 80 km por hora, feliz y distraído, y me voy a llevar una columna por delante. La gente no entiende cuando digo estas cosas. A mí me encantaría pararme en el Obelisco y decirles “déjenme terminar, y escuchen bien lo que quiero decir”.
¿Y qué es lo que querés decir?
Que soy un romántico, que no provoco al pedo, que toda mi provocación tiene un sentido y un rumbo… que la necesito para poder embellecer el final.
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