LA HISTORIA SECRETA DE LA BANDERA QUE FLAMEÓ EN VILCAPUGIO Y AYOHUMA
Tiene las heridas propias de quien ha pasado por la guerra. Es que —dicen los que saben— atravesó el denso aire de la derrota que Manuel Belgrano —pensador y abogado, metido a militar sólo por necesidad de la Historia— sufrió en las batallas de Vilcapugio y Ayohuma, a fines de 1813. Dicen, también, que alguien salvó de manos españolas ésta y otra bandera secundaria, escondiéndolas en una pequeña capilla, el curato de Macha, en la actual Bolivia. Que el cura y el campanero fueron fusilados, por ocultarlas. Que allí fueron descubiertas recién en 1890. Y que, luego de una pequeña batalla diplomática iniciada por el gobierno de Mitre, sólo una de ellas fue devuelta a Buenos Aires en 1895.
Si esta historia es cierta, aquella misma bandera recuperada es la que hoy duerme en una silenciosa vitrina del Museo Histórico Nacional y una de las más antiguas conservadas. Otros, en cambio, sostienen que la bandera enviada desde Sucre era color roja y azul (en www.angelfire.com/ realm/jolle/argentina-ind2.htm).
De colores desvaídos, poco menos que inexistente, de la bandera que sobrevive en el Museo Nacional ha quedado lo esencial, casi: su significado. “Para Belgrano, la bandera nunca fue un fin en sí mismo, sino un instrumento para lograr la libertad”, dice el historiador José Ignacio García Hamilton (ver “Fue el primer…”).
Celeste y blanca, Belgrano buscó con ella expresar —con imágenes muy concretas— la independencia de España que buscaba, más decididamente que algunos de sus contemporáneos. De hecho, enarboló una primera bandera en las barrancas de Rosario, en febrero de 1812. “La mandé hacer blanca y celeste conforme los colores de la Escarapela nacional, espero que sea aprobada por usted”, le escribió a Bernardino Rivadavia, entonces secretario del Primer Triunvirato. “Pero no todos buscaban la independencia, como Belgrano —relata el doctor Juan José Cresto, director del Museo Histórico Nacional—. Así que Rivadavia ordenó que ‘ocultara disimuladamente’ esa insignia e izara, nuevamente, la roja y amarilla de la armada española. Nadie sabe qué hizo Belgrano, pero yo imagino que la guardó. Y que en Tucumán volvió a desplegar la misma bandera, contra las tropas españolas, a quienes venció junto a Martín Miguel de Güemes”, pondera Cresto.
Existen por entonces varias banderas y versiones de las mismas: de dos y tres franjas, celestes o azules. Pero es la idea de bandera la que siguió avanzando empujada por jóvenes como San Martín y Holmberg, decididos como Belgrano a la emancipación. Y que presionaron a la Asamblea del año XIII a elegir símbolos patrios para visibilizar la idea de independencia: escudo, himno y bandera. “Pasos graduales pero definitivos hacia la independencia”, agrega Cresto.
El resto es historia conocida. El Congreso de Tucumán declaró la independencia el 9 de julio de 1816 y once días más tarde reconoció legalmente la bandera celeste y blanca.
Pero fue recién en 1938, a ciento dieciocho años de aquel 20 de junio de 1820 en que murió Belgrano, que nació el “Día de la Bandera”: de todas las banderas. Las rotas, las flamantes. Las de generaciones enteras a las que, por años, se arrulló con una historia pasteurizada, lavada de aquellas ideas de emancipación económica, respeto por la ley y unidad en la diferencia, por las que vio la luz esta Bandera.
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