LA HOGUERA DE LAS VANIDADES
Nadie que esté considerando seriamente la posibilidad de hacerse una cirugía plástica debería perderse el primer episodio de Nip/Tuck, la nueva serie de Warner que se estrena hoy a las 22 por la señal de cable Fox. Impactante, original, divertida, durísima y de una calidad narrativa poco frecuente, combina sátira, drama social, conflictos familiares y suspenso policial en un rompecabezas sofisticado pero sin fisuras, con un ritmo que no da respiro y, como si hiciera falta, una música que, por momentos, construye su propia versión de los hechos.
Sean McNamara (Dylan Walsh) y Christian Troy (Julian McMahon) son dos cirujanos, amigos desde la universidad, que en los últimos diez años dedicaron sus vidas a un negocio que nunca hubieran imaginado tan floreciente y fuera de control: el de las cirugías estéticas (pos botox, para ser más exactos). Juntos se instalaron en South Beach, Miami (el imperio de la vanidad, según se lo retrata), y armaron una exitosa empresa: la clínica McNamara/Troy. Sean es el “talento”, el artista de la sociedad. Supo ser en su juventud un médico bienintencionado y preocupado por “cambiar el mundo”, pero llega a la crisis de la mediana edad atrapado por la comodidad del dinero fácil y su falta de carácter, con un matrimonio en crisis y dos hijos de los que no sabe demasiado. Quiere darle un giro a su vida, pero descubre que el monstruo que él creó vive en su propia casa: su mujer sólo espera que le aumente el tamaño de su busto y su hijo adolescente que le haga una circuncisión… para mejorar la apariencia de su pene.
Christian es el “hombre de negocios”, ambicioso y amoral. Seductor compulsivo, consumidor ocasional de cocaína, se dedica a enamorar chicas para luego someterlas a infinitas intervenciones: “Cuando dejes de preocuparte por alcanzar la perfección, estarás muerta”, le advierte a su última conquista, luego de dibujar con lápiz labial en su cuerpo desnudo cada una de las imperfecciones que él podría corregir.
La historia comienza con la consulta de un potencial cliente/paciente hispanoparlante (¡que se hace pasar por argentino!) que quiere cambiar completamente su rostro. Sean tiene reparos a la hora de aceptar el caso, pero Christian no duda cuando escucha la oferta: 10 veces superior al costo presupuestado de la operación, y en efectivo. Christian sospecha que se trata de lavado de dinero, y, por supuesto, acepta. Lo que no sabe, además, es que está ayudando a escapar de la mafia del narcotráfico a un violador de menores. Y tampoco que esa cirugía tendrá derivaciones que cambiarán para siempre el curso de sus vidas.
Mientras tanto, Sean quiere empezar a trabajar “pro-bono” (como voluntario) e implementar ciertos controles en su clínica, como contratar a un psicólogo full-time y exigir a los pacientes un examen psíquico previo a la cirugía. “Sólo ayudamos a las personas a que se sientan mejor”, trata de disuadirlo su socio. “Lo único que hacemos es permitirles externalizar el odio que se tienen a sí mismos”, se sincera él.
Así, la trama avanza entre imágenes de un realismo sin filtros a la hora de mostrar cómo funciona la “carnicería de la belleza” (se puede ver, por ejemplo, en primer plano, un implante de prótesis en los glúteos, una repugnante lipoaspiración y una reconstrucción facial completa), presentadas con un cinismo y un humor negro que no le quitan dramatismo, y sin perder de vista las contradicciones y la profundidad de los personajes (sobresale la actriz Joely Richardson como la infeliz esposa de Sean), que aún con sus bajezas y su falta de escrúpulos, siempre guardan una reserva de humanidad y una posibilidad de ser redimidos.
Nip/Tuck (de los mismos realizadores de la serie sobre adolescentes Popular, donde ya se adivinaba cierto sarcasmo para dar cuenta de las perversiones de la “cultura de la imagen”) va por su segunda temporada en la TV estadounidense y es un éxito: la siguen alrededor de 3,2 millones de espectadores y ganó dos premios Globo de Oro.
Su estreno provocó una gran polémica con la American Society of Plastic Surgeons (la mayor organización que nuclea a la comunidad médica de cirujanos plásticos de EE.UU.), que pidió su levantamiento y la acusó de ser “una representación inapropiada y sensacionalista de la práctica de la medicina”.
Es alentador que sea una ficción, esta vez (y una tan ácida e inteligente), la que devuelva, como una imagen en el espejo, el verdadero rostro de las cirugías, ese que reality shows como Extreme Makeover, por ejemplo, se empeñan en disfrazar.
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