La huella más profunda
Macacha le decían a la hermana de Martín Miguel de Güemes que vivía en La Caldera. Quizás por la relación que el caudillo tenía con Macacha es que La Caldera se ufana de haber sido por un día la capital de Salta. Fue cuando los realistas le dieron un empellón al líder que lo hizo retroceder hacia los cerros. Él se refugió en el pueblito que quedó a un costado cuando pasó por allí la Ruta 9 y –como era el gobernador- la sede del gobierno se escondió con él.
Y también cuentan en La Caldera que a Güemes lo mataron yendo para la casa de Macacha. O sea, yendo para La Caldera. Cuando asesinaron a Güemes todavía no se sabía bien qué era la patria, pero los que habían nacido traidores sí que ya sabían lo que era traicionar. Por eso lo asesinaron, por traición pura, a la patria incipiente y a las luchas populares, casi como una premonición de lo que iba a suceder hasta nuestros días, aunque ahora utilicen otros métodos más sutiles de matar.
Güemes vive en Salta a la altura de San Martín o Belgrano. Y tienen justa razón los que los tienen en los altares. Como buen hijo de familia noble hubiera podido ser un estanciero adinerado. Pero eligió otro camino. Muchos no saben que cuando todavía no tenía la barba que luce en los monumentos combatió contra los ingleses en las invasiones de 1806 y 1807. Es que, el héroe de Suipacha ha quedado bien escondido por la intencionalidad de siempre de la historia oficial.
Guía de Pueyrredón en la selva de Orán, custodio del norte por encargo de San Martín y gobernador elegido por el pueblo cuando todavía no se usaban las elecciones, Martín Miguel de Güemes está en los bustos de los parques, en los nombres de las calles y el pensamiento de los gauchos de La Caldera, que en su homenaje se siguen vistiendo como él.
El combate de los Sauces, clave en la lucha independentista, también fue en jurisdicción de La Caldera. Y lo bueno es que en ese pago de paisajes paradisíacos lo cuentan orondos. Los gauchos “del Palenque” dicen que Martín Miguel, el mejor de todos ellos, salió a pelear en inferioridad de condiciones, pero que eso no hizo mella en su ánimo ni en el de su tropa.
Todo lo contrario. Güemes ordenó a sus gauchos que arrastraran atados a la cola de sus caballos cueros de vaca para que estos, al rebotar en las piedras, hicieran ruido de muchedumbre. También hizo prender antorchas para dar la idea de malón. Y “los salió a topar”, como dice la zamba. Y les ganó de guapo, porque dicen que su lanza era tan glotona que se paraba a pelear casi cuerpo a cuerpo con sus enemigos.
Algunos libros, los que se acuerdan de esta historia que ahora se cuenta en un ignoto pueblito salteño, lo sindican como un héroe provincial. Pero Martín Miguel de Güemes fue bastante más que eso. Baste con decir que lo mataron algunos cipayos locales para lamerle las botas a los españoles. O recordar en una tarde cualquiera en La Caldera, cerca de la casa donde vivía Macacha, la frase del caudillo popular que resucitó Felipe Pigna en su libro “Los Mitos Argentino II”: “Yo no tengo más que gauchos honrados y valientes. No son asesinos sino de los tiranos que quieren esclavizarnos”. Casi como pasa ahora en Salta. Sólo que ya no hay ningún Güemes.
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