LA IGLESIA Y EL GOBIERNO BUSCAN CANALES DE DIÁLOGO TRAS LA PELEA
Cuando comienza a quedar atrás el ojo de la tormenta que se abatió en los últimos días sobre la relación entre Néstor Kirchner y la Iglesia por la dura réplica presidencial al reciente documento de los obispos, se va abriendo paso en los medios gubernamentales y eclesiásticos una necesaria reflexión sobre un vínculo difícil. Funcionarios y obispos empiezan a admitir que, más allá del estilo confrontativo del primer mandatario, fracasó hasta ahora el diálogo entre el Gobierno y el Episcopado.
Acaso lo más novedoso de la incipiente admisión de ese fracaso es que no sólo se lo considera atribuible a un Presidente que nunca le importó mucho la Iglesia y que siempre concentró en un puño toda decisión sobre los obispos, en desmedro del canciller Rafael Bielsa y el secretario de Culto, en teoría, sus delegados naturales. También comienza a reconocerse desde la propia Iglesia que se falló en el tejido de puentes de mediación política y la creación de un canal directo con Kirchner.
La ausencia de diálogo, se admite, siempre es un fracaso para ambas partes. En todo caso, si el Presidente desde el vamos desconfió de los obispos habrá que concluir que tampoco el Episcopado se mostró excesivamente interesado en tirar abajo esas barreras.
El primer desafío para ese diálogo ausente es el hecho palmario de que Kirchner no entiende a la Iglesia. Cree que sigue siendo la misma de 1976, fuertemente conservadora. Pero ya no quedan obispos en actividad de esa época. Unos pocos están retirados. La mayoría murió. Obispos duros como Aguer y Baseotto son minoría. Giaquinta —famoso por amenazar con la desobediencia civil por el reparto de preservativos— camina a su jubilación.
En su desconocimiento no solo de los religiosos, sino de los mecanismos de la Iglesia, Kirchner fue embarrando con singular esmero la relación. Haber echado al obispo castrense desconoce la tradición vaticana, siempre sigilosa, para sacar del medio a un prelado. Esquivar el Tedéum del 25 de Mayo, quebrando una tradición centenaria, para escapar de la homilía de Bergoglio, fue un error grosero de evaluación.
No cruzar la Plaza de Mayo para asistir a la misa por la muerte de Juan Pablo II fue otra actitud de Kirchner que golpeó muy duro en la Iglesia. ¿Acaso en un ambiente tan caldeado no hubiera sido conveniente que una delegación de obispos le hubiese explicado antes al Presidente el verdadero alcance de su declaración?
La falta de diálogo fue admitida por el nuevo titular de la Pastoral Social, Jorge Casaretto. Es cierto que Bergoglio y Casaretto dialogaron muchas veces con varios ministros, pero es claro que ello fue insuficiente. ¿A quienes más debe alcanzar? Seguro, a Kirchner. ¿También a ciertos asesores clave?
En este sentido, una punta se tuvo al finalizar la semana cuando dos obispos hablaron de que el Presidente, en su dura réplica, estuvo mal asesorado por algunos miembros de su entorno. Más allá de que algunos de ellos creen que es el propio Kirchner el protagonista de sus conductas destempladas, ¿a quiénes se refirieron? ¿A su esposa? ¿A ciertas figuras con influencia ideológica sobre él?
El flamante vicepresidente segundo del Episcopado, monseñor Agustín Radrizzani, encendió una lucecita de esperanza, como gustaba decir el cardenal Samoré. No descartó que —como ocurre cada vez que hay un cambio de autoridades en el Episcopado— la nueva cúpula eclesiástica le presente sus saludos al Presidente. Aunque dijo que antes “habrá pasos sucesivos”. Se acerca la hora de sentarse a hablar.
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